Victoria en el césped, chirigota en los despachos
Después de soportar por la mañana la guasa de los gaditanos con la canción convertida en trending topic «Benítez, gordito, te hartas a phoskitos», el técnico madridista daba la alternativa a un once plagado de suplentes. Sí, suplentes, pero entre ellos ocho internacionales absolutos, que se dice pronto. No sólo cambió de jugadores El Ratificado, sino también de sistema: un 4-2-3-1, con dos pivotes en el centro, tres mediapuntas y un sólo delantero puro.
Actuaba bajo palos un ex cadista como Casilla, con una defensa de nuevo cuño formada por dos veteranos, Arbeloa y Pepe, y otros dos noveles, Nacho y Lucas Vázquez. El canterano, mediapunta de sangre, actuaba de lateral diestro de urgencias. El centro del campo era para Casemiro y el chaval Marcos Llorente, de familia de futbolistas, un jugador del que hablan como si fuera Inés Arrimadas: la gran esperanza blanca.
Por delante, una línea de tres mediapuntas con James, Isco y Cheryshev. El colombiano, en plena fase de desamor con su técnico por un quítame allá ese michelín, era el único titular indiscutible en el once de Benítez. Arriba, Jesé se colocaba como único delantero.
Un suspiro tardó el Madrid en encarrilar el partido. James dibujó una diagonal como si su zurda fuera un pincel de Dalí y Cheryshev encontró la espalda de Cristian. El ruso pinchó la pelota y no perdonó delante de Ballesté. Fue un gol de delantero. El abrazo de todos los jugadores del Madrid primero con Chery, pero sobre todo con James era un editorial de lo que ocurre en el vestuario, un «James somos todos», porque nada une más a los jugadores que tener como enemigo común al entrenador.
Pudo igualar el Cádiz en el minuto 8, pero Casilla salió raudo a tapar el mano a mano ante Cuero, que tiró al muñeco. James estaba con ganas y rondó el segundo después de una buena maniobra dentro del área. Igual que Bertín Osborne, que lo mismo te presenta un programa que te canta el Buenas noches, señora, el colombiano enseñaba todos los registros de su amplio repertorio en el Carranza.
El partido tenía el vértigo de una persecución al Halcón Milenario y, lo más importante, se le podía definir con un adjetivo inédito para el Madrid de Benítez: ENTRETENIDO. Contribuía un Cádiz echao palante, valiente, con ganas de enseñarle al personal sus mejores galas. Los blancos tocaban rápido y se ofrecían al compañero, algo que les había costado hacer en los últimos partidos y que pasa por ser el abecé del fútbol desde los tiempos de Miguel Muñoz.
Carnaval en el Carranza
Lucas Vázquez tuvo el segundo al filo de la media hora, pero su disparo se estrelló contra el lateral de la red. Pero en ese momento las caras del banquillo del Madrid se quedaban pálidas, como si todos fueran primos de Iniesta. Los teléfonos empezaban a vibrar y saltaba la noticia: Cheryshev estaba jugando sancionado. Alineación indebida y posible adiós a la Copa para el Real Madrid.
Un ridículo histórico, un bochorno intolerable, una cagada monumental que se recordará eternamente. Una vergüenza. Una grandísima vergüenza. Una chirigota impropia de un club con más de 600 millones de euros de presupuesto. El partido pasaba a un segundo o a un tercer plano, con el Carranza cantando sus mejores chuflas carnavaleras contra un equipo que se convertía en el hazmerreír del fútbol español.
El segundo tiempo empezó con el cambio del susodicho Cheryshev por Kovacic. Seguía el carnaval en Cádiz. Hubo poco fútbol sobre el césped del Carranza, con las cámaras más pendientes del banquillo blanco que del juego. Aun así, Isco hizo el segundo después de un pase largo de Casemiro. Nunca un gol del Madrid se había celebrado tan poco.
Al filo de la media hora, Isco repetiría y marcaría el tercero. Fue un gol propio de Butragueño, que también honró con sus pies el césped del Carranza. Un gol plástico pero inútil. Los jugadores del Madrid felicitaban al malagueño con los brazos bajados, sabiendo que era un gol que no servía de nada.
Minutos después, Rafa Benítez quitaba a James. El colombiano se marchaba cabizbajo, resoplando, hasta que el técnico se interpuso en su camino para darle un golpe en el pecho, así para hacerse el colega. La mirada de James lo decía todo. No le hacía gracia al 10 del Madrid el contacto físico con su entrenador. El gesto, en medio del bochorno de la Cherygota, pasó inadvertido para suerte del técnico madridista.
Le dio tiempo al Cádiz a marcar el gol del honor tras una jugada por banda derecha que remató dentro del área Kike Márquez. El Carranza, que se había pasado todo el segundo tiempo de chirigota en chirigota, celebraba el gol de su equipo con la sonrisa puesta, sabedores que seguirán adelante en la Copa merced a una cagada en los despachos que se recordará de por vida en el fútbol español.
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