Curiosidades
Oficios olvidados

Es uno de los oficios más antiguos de Madrid: hubo más de 400 pero ya quedan pocas personas que lo desempeñen

  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Algunos de los oficios más antiguos de Madrid han logrado sobrevivir intactos hasta el presente. Pocos, sin embargo, lo han hecho con la discreción del que estamos por desvelar. Su presencia en determinados actos no pasa desapercibida, aunque muy pocos saben explicar exactamente qué hace ni por qué está ahí.

Este protocolar oficio tiene raíces en los garrotes de combate medievales y una presencia documentada en el Ayuntamiento de Madrid desde 1605. Durante siglos fue un elemento habitual en plenos, procesiones y actos oficiales. Hoy su existencia pende de un hilo: en la actualidad, solo cuatro funcionarios del consistorio mantienen viva esta tradición.

¿Cuál es uno de los oficios más antiguos de Madrid que sobrevive por pocas personas?

Los maceros del Ayuntamiento de Madrid son funcionarios municipales cuya función principal es encabezar las comitivas en actos oficiales especialmente solemnes: investiduras, funerales de Estado, recepciones de jefes de gobierno y procesiones protocolarias.

Visten un tabardo (una especie de dalmática bordada con los símbolos de la ciudad) y portan una maza de plata que les da nombre.

Ese objeto, hoy meramente ornamental, fue en sus orígenes un arma real. La maza tiene su antecedente directo en los garrotes de combate medievales y su función original era proteger físicamente a los representantes públicos (intendentes, regidores, corregidores) cuando eran increpados por la ciudadanía.

Con el tiempo, el símbolo se impuso sobre el arma: la maza pasó a representar la fuerza y la justicia de la autoridad, y los maceros pasaron a ser una figura del ceremonial.

El historiador Mariano Hormigos, especializado en costumbres madrileñas, fija en 1605 la fecha en la que esta figura quedó instaurada formalmente en el consistorio madrileño.

No es casualidad: cuando Felipe II estableció la corte en Madrid en 1561, los actos del Ayuntamiento ganaron peso político y el protocolo tuvo que crecer a la par. Fue entonces cuando los maceros encontraron su lugar en la vida institucional de la ciudad.

De 400 empleados a cuatro: el declive de uno de los oficios más antiguos de Madrid

En su época de mayor esplendor, este personal ceremonial llegó a reunir en torno a 400 empleados en Madrid.

Estuvieron presentes en los plenos ordinarios del consistorio durante décadas, y su figura fue reivindicada incluso por alcaldes de perfil progresista como Enrique Tierno Galván, quien apostó por ellos en los años ochenta como parte de la recuperación de la identidad municipal madrileña.

El punto de inflexión llegó en 2003, con la llegada de Alberto Ruiz-Gallardón a la alcaldía. El entonces regidor prescindió de los maceros ya en su propia investidura (junto al collar de oro y el bastón de mando) como parte de una imagen de modernidad que quería proyectar.

Manuela Carmena tampoco los recuperó para su toma de posesión. Fue José Luis Martínez-Almeida quien los reincorporó a las ceremonias de investidura, aunque su presencia en los plenos municipales ordinarios no ha vuelto.

Hoy, los cuatro funcionarios que mantienen este oficio (tres hombres y una mujer) dependen de la Coordinación General de la Alcaldía. Su actividad se limita a los actos más solemnes del calendario institucional madrileño.

Los maceros, un oficio que trasciende el Ayuntamiento de Madrid

Los maceros no son exclusivos de Madrid. Ligados en sus orígenes a las cortes monárquicas, esta figura terminó extendiéndose a otras instituciones a lo largo de los siglos: el Congreso de los Diputados, muchos otros ayuntamientos españoles y algunas universidades conservan maceros propios.

Su presencia tiene precedentes que algunos historiadores rastrean hasta los lictores romanos, que portaban fasces como símbolo de autoridad.

En el terreno académico y parlamentario, la maza ceremonial todavía forma parte de los actos de apertura y clausura más formales. La tradición persiste porque cumple una función que va más allá del simbolismo puro: recuerda públicamente la legitimidad y la continuidad de las instituciones que representan.

Así, lo que en Madrid fue en algún momento un oficio extendido por toda la burocracia municipal hoy sobrevive, casi en silencio, en las manos de cuatro personas. Suficiente para que la historia siga presente en cada acto solemne del Ayuntamiento.