El último superviviente que queda del Titanic cuenta cómo logró sobrevivir tras ser engullido por el agua: «Me aferré con todas mis fuerzas»
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Cuando finalizó la construcción del RMS Titanic, se convirtió en el mayor transatlántico del mundo. Tan impresionante como su tamaño, lujo y belleza fue la tragedia que protagonizó al hundirse en la noche del 14 de abril de 1912, durante su viaje inaugural entre Southampton y Nueva York. Cuatro días después de zarpar, chocó contra un iceberg y de las 2.223 personas a bordo, murieron 1.514. Entre los supervivientes destaca un caso especialmente llamativo: el del jefe de panaderos, Charles Joughin.
La noche del desastre, al conocer la gravedad de la colisión, Joughin se refugió en su camarote con una botella de whisky, pero pronto subió a cubierta para ayudar. Fue uno de los últimos en abandonar el barco y, cuando finalmente lo hizo, pasó cerca de dos horas en las aguas heladas hasta ser rescatado por un bote salvavidas. Al ser rescatado, apenas podía caminar y tuvo que avanzar de rodillas, pero había sobrevivido. Contra todo pronóstico, no sufrió secuelas graves. Lejos de abandonar el mar, continuó trabajando en barcos durante décadas y falleció a los 78 años.
El último superviviente del Titanic
El testimonio de Charles Joughin es probablemente uno de los más desconcertantes del naufragio. Mientras el barco se partía en dos, él permanecía en la popa, observando cómo el oscuro Atlántico Norte se acercaba inexorablemente.
«Estaba profundamente dormido cuando un estruendoso chirrido y una sacudida me despertaron de un sobresalto, poco antes de medianoche. Después de vestirme subí a cubierta. La noche era fría y estrellada. Una pareja paseaba del brazo, despreocupada. Nadie parecía inquieto, pero no se oía el funcionamiento de ninguna maquinaria, lo que indicaba que algo andaba mal. Al principio todavía pensábamos que el barco no se hundiría y que tan solo deberíamos esperar a las embarcaciones que sin duda acudirían a nuestra señal de socorro.
Pero poco después de la medianoche, el agua comenzó a llenar los depósitos de proa haciendo que esta se venciera lenta e inexorablemente hacia el abismo marino. Cuando fue evidente que el trasatlántico acabaría hundiéndose, todos llevábamos ya nuestro chaleco salvavidas y el capitán Smith, un hombre experimentado con décadas al servicio de la Star Line, dio la orden de arriar botes y abandonar el barco», explica, según recoge National Geographic.
Lo que hizo a continuación sigue sorprendiendo incluso hoy: antes del impacto final, Charles Joughin decidió beber whisky en una cantidad considerable. A simple vista, parece una decisión fatal, ya que el alcohol suele acelerar la pérdida de calor corporal. Sin embargo, en este caso pudo tener un efecto inesperado al relajar su sistema nervioso.
Cuando el barco desapareció bajo el agua, Joughin fue arrastrado bajo el agua, pero logró salir a la superficie. Después, permaneció flotando en aguas cercanas a los -2 °C durante dos horas. En condiciones normales, la supervivencia en ese entorno es extremadamente limitada. Sin embargo, Joughin logró mantenerse a flote, moviéndose constantemente para no sucumbir. La clave pudo estar en una combinación de factores: su complexión física, el movimiento constante, la ausencia de pánico extremo y, en parte, el efecto desinhibidor del alcohol.Cuando finalmente fue rescatado por un bote salvavidas horas después, estaba consciente. Exhausto, pero vivo.
«El barco se partió y la proa se hundió arrastrando la popa a un ángulo casi perpendicular con el agua. Yo salté con la ola y me agarré a un peldaño de la escalera que daba al techo del comedor de oficiales. La ola arrastró a todos los que estaban conmigo, incluido Clinch, que desaparecieron bajo el agua. Desesperado por arañar unos segundos más de vida, aunque fuera en esas patéticas circunstancias, me aferré con todas mis fuerzas a la barandilla hasta que el barco se hundió definitivamente, creando un remolino que me arrastró en círculos con él durante un tiempo que me pareció interminable.
Agarrado a una caja de madera flotante, he logrado alcanzar el bote salvavidas plegable B, volcado, al que un alma caritativa me ha ayudado a subir. No sé cuánto tiempo llevamos aquí, mi reloj de bolsillo se ha parado a las 2’22 horas de la madrugada. Somos treinta en esta balsa, entumecidos y medio muertos, con el agua helada hasta las rodillas y con miedo de movernos para no provocar el vuelco de nuestra frágil embarcación. Los gritos de la gente aferrada a los restos flotantes del barco se van apagando a medida que mueren congelados en el mar», recuerda.
Los restos del Titanic se encuentran en el norte del océano Atlántico, unos 600 kilómetros al sureste de la costa de Newfoundland, en Canadá, y a unos 3.800 metros de profundidad. Sin embargo, una bacteria conocida como la Halomomas Titanic, está devorando las estructuras metálicas y adheriéndose a las superficies de acero, acelerando la corrosión. Por tanto, dependiendo de las condiciones climáticas y reproductivas de la bacteria, entre otros factores, se calcula que en 2050 el Titanic desaparecerá para siempre.
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