Curiosidades
Reflexión filosófica

Sócrates, filósofo, desmonta la idea del amor perfecto: «Siempre es pobre, y nada justo, como muchos imaginan; es áspero y descalzo…»

  • Laura Mesonero
  • Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.

Durante siglos se ha repetido que es el amor el que mueve el mundo. Tanto es así que, durante décadas y siglos, pensadores, filósofos e incluso científicos han tratado de desentrañar qué es exactamente ese sentimiento que parece gobernar buena parte de la vida humana. El amor es, al mismo tiempo, una experiencia universal y un concepto difícil de definir. Abstracto, intangible y tan cambiante que resulta complicado poner en palabras qué significa realmente amar. 

La cultura popular suele asociarlo con la belleza, la ternura, la felicidad o la abundancia. Sin embargo, hace más de dos milenios, Sócrates planteó una imagen muy distinta. En El Banquete, de Platón, el filósofo griego pronuncia una de las descripciones más sorprendentes sobre el amor: «El amor es siempre pobre, y nada tierno ni bello, como muchos lo imaginan; es áspero y miserable, y no tiene zapatos ni casa donde vivir».

La frase, lejos de presentar el amor como algo indeseable, encierra una reflexión mucho más profunda: el amor no sería aquello que ya poseemos, sino el deseo constante de alcanzar aquello que nos falta. 

Un amor muy diferente al que solemos imaginar

La reflexión de Sócrates aparece en El Banquete, una obra de Platón en la que varios personajes se reúnen para hablar sobre el Amor, o Eros. Cada uno de los participantes ofrece su propia visión sobre la naturaleza y las cualidades del amor.

Cuando llega el turno de Sócrates, el filósofo cuestiona las ideas expuestas anteriormente. En lugar de presentar al ‘amor’ como una figura perfecta, bella y llena de virtudes, cuenta una enseñanza que, según explica, recibió de Diotima, una mujer sabia que le habría instruido sobre la verdadera naturaleza de Eros.

La imagen que surge es desconcertante. El amor no aparece como un ser hermoso, cómodo o satisfecho, sino como alguien pobre, descalzo y sin hogar. Una figura permanentemente necesitada.

¿Por qué Sócrates llama «pobre» al amor?

La explicación se encuentra en el relato sobre el origen de Eros. Según Sócrates, el amor es un daimón, un ser intermediario entre los dioses y los seres humanos. Su particular naturaleza procede precisamente de sus padres: Poros, relacionado con la abundancia y los recursos, y Penia, asociada con la pobreza y la carencia.

Eros hereda, por tanto, características de ambos.

De su padre recibe la capacidad de buscar recursos y encontrar caminos para conseguir aquello que desea. De su madre hereda la pobreza, la necesidad y la sensación de no tener nunca suficiente.

Ahí se encuentra la clave de la descripción socrática.

El amor es «pobre» porque desea aquello que no posee. No es completo ni permanece satisfecho. Vive en una búsqueda constante de aquello que considera bello, bueno o deseable.

El amor como deseo y no como posesión

La reflexión de Sócrates rompe con una idea muy extendida: la de que amar significa encontrar algo que nos completa y alcanzar, finalmente, un estado de plenitud.

Para el filósofo, ocurre prácticamente lo contrario. El amor nace precisamente de la falta.

Quien desea algo es consciente, de alguna manera, de que todavía no lo tiene. Por eso Eros aparece como una figura incómoda, inquieta y en permanente movimiento. No tiene zapatos ni casa porque no está instalado en la seguridad de lo que posee: está siempre buscando.

Esta interpretación convierte la frase de Sócrates en algo más que una crítica a la concepción romántica del amor. Se trata de una reflexión sobre el propio deseo humano.

Amamos aquello que consideramos bello o bueno porque queremos acercarnos a ello, poseerlo, conocerlo o participar de alguna manera de aquello que valoramos.

Y precisamente porque el deseo nace de una carencia, el amor nunca termina de ser completamente satisfecho.