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Los expertos coinciden: los colchones de muelles tienen los días contados y su alternativa es mucho más práctica y cómoda

Elegir una cama parece algo sencillo, pero en cuanto comenzamos ver modelos y estilos, comienzan las dudas sobre la firmeza, los materiales, la altura o ese sobrecolchón que hasta hace poco apenas se veía fuera de los hoteles. Y es que no es una compra menor ya que si lo piensas pasamos cerca de un tercio de nuestra vida durmiendo y la superficie sobre la que descansamos puede influir en cómo nos levantamos al día siguiente. Un colchón de muelles suele ser la opción tradicional pero lo cierto es que no es la única. De hecho hay a una alternativa que ya está de moda y que no nos va a dejar esa sensación de que aunque hayamos dormido muchas horas, notamos que no hemos descansado.

Durante mucho tiempo, la fórmula más repetida fue elegir somier de láminas y colchón de muelles. Sigue presente en muchos dormitorios, aunque poco a poco está cediendo espacio ante camas que reúnen varias piezas en una única estructura. La alternativa que se ha hecho especialmente popular en los países escandinavos es la cama continental, también conocida como box spring. Su aspecto recuerda al de las camas de hotel, bastante más altas y con varias capas superpuestas. Eso no quiere decir que los muelles vayan a desaparecer de un día para otro. De hecho, algunos modelos continentales también los incorporan, pero la diferencia está en que ya no se deja todo el trabajo en manos de un solo colchón. La base, la zona central y la parte superior intervienen en el descanso y se reparten la presión ejercida por el cuerpo. Además, si la capa que más se desgasta pierde comodidad, puede cambiarse sin tener que comprar de nuevo la cama completa.

La alternativa al colchón de muelles de toda la vida

Para conocer el origen de esta cama hay que remontarse al siglo XIX. El estadounidense Tyler Howe ideó en 1853 una estructura que introducía los resortes en el interior de una caja sólida. Dos años más tarde patentó su invento, pensado para dejar atrás las superficies rígidas y poco cómodas que todavía se utilizaban en aquella época. Aquel primer modelo fue evolucionando hasta convertirse en la cama continental actual.

El sistema terminó asentándose con fuerza en Escandinavia y Gran Bretaña antes de llegar a otros países europeos. En Dinamarca, Suecia o Noruega es habitual encontrarlo en los dormitorios particulares, mientras que en España se reconoce sobre todo por su presencia en los hoteles. Su tamaño y su altura le dan una apariencia contundente, pero esta última característica no responde únicamente a una cuestión estética. Una cama tradicional suele dejar la superficie de descanso a unos 40 o 45 centímetros del suelo. En una continental, esa distancia puede situarse entre los 55 y los 70 centímetros. Es una diferencia que se nota al sentarse en el borde y, sobre todo, al levantarse y con ello, no hace falta agacharse tanto ni realizar un esfuerzo excesivo para ponerse en pie, algo que puede resultar práctico para las personas mayores, quienes tienen problemas de movilidad o, sencillamente, quienes prefieren una cama elevada.