La desconocida costumbre navideña de la posguerra que llenó de vida la Plaza Mayor: pocos madrileños lo recuerdan ya
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El refrán que se oía en todas las casas durante la posguerra española
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Durante los años de la posguerra española, la Navidad siguió presente aunque el país estuviera en plena crisis. Las reuniones familiares continuaban, pero la comida era escasa y había que estirarla como fuera, con recetas de aprovechamiento que ayudaban a salir del paso.
Aun así, como señala Ángel Peña Martín en La Navidad en Madrid durante la posguerra. 1939-1945, hubo costumbres que no se perdieron. Una de ellas, hoy casi olvidada, devolvió vida a la ciudad.
La costumbre de la posguerra española que devolvió vida a la Plaza Mayor
En 1939, los puestos navideños regresaron a la plaza de Santa Cruz. Un año después crecieron tanto que varios dieron el salto a la Plaza Mayor. En 1944, todo el mercado se instaló allí de forma definitiva.
Según apunta Peña, esta costumbre recuperó fuerza en plena posguerra y convirtió la plaza en un punto de encuentro. La ciudad recuperó así un pulso navideño que chocaba con la realidad dura que se vivía a diario.
La llegada de estos puestos transformó la plaza en un espacio más cálido, algo que en aquellos años parecía casi un lujo. Familias enteras recorrían los tenderetes buscando figuras de barro, portales, montañas de corcho o ese detalle que completara el belén de casa.
Según Peña, el público acudía con una mezcla de necesidad y alivio, porque aquel pequeño mercado ofrecía un respiro simbólico en medio de un clima social marcado por la escasez y la incertidumbre. La feria se convirtió en una cita anual que muchos esperaban con ansias. Los vendedores repetían año tras año, y algunos mantenían su oficio gracias a los ingresos de diciembre.
Cómo eran los belenes y los puestos de la Plaza Mayor en la posguerra española
Los puestos de la Plaza Mayor mostraban belenes muy distintos a los domésticos. Había figuras de todos los tamaños y estilos, desde pastores y animales hasta casas, palacios y puentes que se vendían. Peña señala que varios artesanos pasaban 11 meses trabajando figuras y estructuras para poder venderlas en esas semanas clave.
Es por ello que muchos madrileños buscaban ampliar su belén cada año, y el mercado respondía con más variedad y mejor acabado. Al final, la plaza se convertía en un espacio lleno de movimiento y de pequeñas escenas que cambiaban el ánimo del visitante. Daba un punto de alegría en medio de la tensión diaria, justo cuando la ciudad más lo necesitaba.
Cómo llegó el belén a formar parte de la Navidad española
San Francisco de Asís montó la primera representación en 1223 en Greccio, un pequeño pueblo de Italia, y los franciscanos difundieron la idea por Europa hasta llevarla también a nuestro país.
Ya en el siglo XVIII, Carlos III dio el impulso definitivo al traer desde Nápoles su afición por los belenes monumentales. La nobleza siguió el ejemplo y, con el tiempo, la costumbre pasó a las casas de todo el país.
Durante la posguerra española, el belén mantuvo su fuerza. Escuelas y asociaciones animaban a las familias a montarlo, incluso con belenes recortables para quienes no podían permitirse figuras.
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