Santos Cerdán y su vida de ‘marajá’ en Soto del Real: «Yo no soy la Pantoja»
Santos Cerdán, ex secretario de Organización del PSOE, ingresó en Soto del Real el pasado mes de junio
Cerdán combina dificultades de adaptación con privilegios poco habituales allí
Su situación ha sido comparada con la de Isabel Pantoja, símbolo de los 'VIP' en prisión
La entrada de Santos Cerdán en la prisión de Soto del Real ha dado lugar a un auténtico fenómeno mediático. El ex secretario de Organización del PSOE, acostumbrado a despachos en Ferraz y a moverse por los pasillos del Congreso con autoridad y desparpajo, se ha visto de repente obligado a adaptarse a la rutina de un centro penitenciario, enfrentándose a una vida que nada tiene que ver con la que conocía. Tras su ingreso el pasado mes de junio, ordenado por el juez Leopoldo Puente, acusado de cohecho, pertenencia a organización criminal y tráfico de influencias, Cerdán ha tenido que pasar de la solemnidad del poder a la austeridad de la prisión… aunque no del todo igual que el resto de los internos.
Un compañero de celda ha relatado a El Tiempo Justo cómo vivió Cerdán sus primeras semanas en Soto del Real: «Al principio no hablaba, era frío y estaba asustado. Viene de una vida muy alta y pasa directamente a los infiernos», asegura. Adaptarse a la vida en prisión no ha sido fácil: se mostraba perezoso para levantarse en los recuentos, incapaz de acostumbrarse a la comida, y evitaba informativos y tertulias porque le generaban ansiedad. Sin embargo, al mismo tiempo, se percibía un trato privilegiado que lo separaba claramente del resto de los internos.
Y aquí es donde surge inevitable la comparación con Isabel Pantoja. Cerdán, consciente de la atención mediática, llegó incluso a bromear consigo mismo: «Yo no soy la Pantoja», recordando cómo la tonadillera se convirtió en símbolo de los reclusos VIP tras la operación Malaya. Y sin embargo, la realidad dentro de Soto del Real lo acerca peligrosamente a esa comparación: celda individual, acceso a duchas antes que otros, teléfono móvil, posibilidad de ver televisión en cualquier momento y un trato considerado «de marajá» por ex internos. La diferencia está en que, mientras Isabel Pantoja venía del mundo del espectáculo, Cerdán se adentra en los barrotes desde la política.
El contraste con su vida anterior es absoluto. De traje, coche oficial y reuniones en Ferraz, a chándal y playeras; de almuerzos sofisticados a latas de atún si algo no le gusta del menú; de la solemnidad del poder a los recuentos y filas del comedor. Aun así, los privilegios no han pasado desapercibidos: rapidez para conseguir trabajo en la cárcel, celda con aislamiento, acceso a actividades culturales y deportivas en horarios exclusivos, y una flexibilidad para recibir visitas que genera envidia entre los demás internos. «Los políticos siempre viven bien, es injusto. Y encima en aislamiento, con tele y todo. Es un marajá», confiesa un ex interno.
Pero, pese a los lujos, Cerdán también habría mostrado un lado humano y vulnerable. En momentos de soledad se le ha visto preocupado, con la cabeza agachada, o hablando solo con la foto de su mujer, repitiéndole: «Todo va a salir bien». Santos Cerdán está casado con Francisca Muñoz, conocida como Paqui, una sevillana que también ha pasado por el mundo político en pequeña escala, pues formó parte de las litas del PSOE en las elecciones locales de 2015, ocupando el décimo puesto de la candidatura socialista en el municipio de Noáin. El matrimonio tiene una hija en común que cursa estudios universitarios en Madrid.
Fue el 30 de junio de 2025 cuando el que fuera hombre fuerte del PSOE y mano derecha de Pedro Sánchez, Santos Cerdán, se convirtió en protagonista de un derrumbe político sin precedentes: de ocupar un escaño en el Congreso a dormir entre barrotes en Soto del Real. Tras declarar ante el juez Leopoldo Puente en el Tribunal Supremo por el caso Koldo, el magistrado antes citado decretó su ingreso en prisión comunicada y sin fianza al ver indicios de organización criminal, cohecho y tráfico de influencias. El juez subrayó además el riesgo de que Cerdán pudiera «ocultar, alterar o destruir pruebas clave», lo que terminó de sellar su destino inmediato: la cárcel.
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