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Paleontología

Los paleontólogos, en shock: el ADN de las heces de ardillas de hace 700.000 años reescribe la historia de la prehistoria en Canadá

  • Alejo Lucarás
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Los coprolitos, término científico para las heces fosilizadas, lejos estaban de ser el primer material en el que un paleontólogo buscaba ADN antiguo. Los restos óseos, los dientes y el sedimento del permafrost concentraban la mayor parte de la atención. Las heces de ardillas del Yukón estaban esperando para demostrar que ese orden de prioridades merecía, aunque sea, ser revisado.

La ardilla terrestre ártica (Urocitellus parryii) lleva milenios construyendo madrigueras subterráneas muy compactas donde almacena alimento e hiberna. Lo que nadie calculó es que esos espacios sellados en el permafrost actuarían como cápsulas de conservación para todo lo que el animal dejaba en su interior, incluidas sus pequeñas bolitas de excremento.

Heces de ardillas con 700.000 años: el hallazgo canadiense que nadie esperaba

El estudio fue publicado el 9 de junio de 2026 en la revista Nature Communications. Lo lideró Tyler Murchie, del Instituto Hakai de Columbia Británica, junto con Hendrik Poinar, genetista evolutivo y director del Centro de ADN Antiguo de la Universidad McMaster.

El equipo analizó trece coprolitos de Urocitellus parryii con antigüedades de entre 30.000 y 700.000 años, recuperados de madrigueras selladas en el permafrost del Yukón. Son algunos de los materiales biológicos más antiguos de los que se ha logrado extraer y secuenciar ADN con éxito en la historia de la ciencia.

Mediante shotgun metagenomics (secuenciación masiva de todo el material genético presente en una muestra), el equipo reconstruyó más de dieciocho genomas mitocondriales completos de distintas especies: ardillas terrestres, liebres canadienses de nieve, bisontes de la estepa, caballos prehistóricos y mamuts lanudos.

Las heces de ardillas resultaron además contener ADN de más de 200 grupos vegetales, además de hongos e insectos del período. El cuadro que se dibuja es el de un ecosistema glaciar denso y diversificado que existió en Beringia mucho antes de que los primeros humanos cruzaran el corredor que unía Asia con América del Norte.

Mamuts, caballos y guepardos americanos: la megafauna que habitaba el Yukón prehistórico

Entre los hallazgos más llamativos que guardaban las heces de ardillas se encuentran los genomas de varios grandes mamíferos extintos. El ADN de mamuts lanudos (Mammuthus primigenius) aparece en coprolitos de distintas fechas, lo que permite rastrear la presencia de estos animales en el Yukón durante decenas de miles de años.

Lo mismo ocurre con los caballos de las estepas y los bisontes de estepa, dos especies que marcaron el paisaje de Beringia durante el Pleistoceno Medio. Su presencia genética en múltiples muestras confirma que habitaron la región de forma continuada durante ese período.

El hallazgo más inesperado fue la detección de ADN compatible con grandes felinos: pumas y, posiblemente, guepardos americanos (Miracinonyx trumani), una especie extinta que en otro tiempo cazaba en las praderas del noroeste del continente.

La explicación más probable es que las ardillas ingirieran pelos u otros restos de estos animales al explorar su entorno, actuando sin saberlo como muestreadores biológicos del ecosistema que las rodeaba.

La investigación se realizó con permiso de la nación Tr’ondëk Hwëch’in, el pueblo indígena cuyo territorio tradicional abarca esta región del Yukón.

Un giro de 360º para la paleontología: ¿Por qué las heces de ardilla conservan el ADN mejor que los huesos?

La razón por la que los coprolitos de ardilla preservaron tan bien el material genético tiene una explicación relativamente directa. Las madrigueras de Urocitellus parryii son estructuras subterráneas selladas que el permafrost congela con rapidez. En esas condiciones, la temperatura, la humedad y la actividad microbiana se detienen casi por completo.

Las heces de ardillas presentan además una ventaja que los restos óseos no pueden ofrecer: concentran ADN ambiental de múltiples organismos. Al comer plantas, insectos y pequeños restos del entorno, el animal deposita en su excremento material genético de todo lo que lo rodea. El coprolito actúa así como una trampa biológica pasiva, un registro continuo del ecosistema.

Los investigadores señalaron con sorpresa que las muestras de 700.000 años conservaban su olor original cuando fueron abiertas, señal del grado de preservación alcanzado por el permafrost.

Si el Yukón guarda más madrigueras de esta clase en zonas aún sin explorar, la prehistoria de Beringia podría estar a punto de reescribirse de manera mucho más profunda de lo que nadie había anticipado.