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Adaptación

Hay animales que reducen su cerebro para sobrevivir y los humanos podrían beneficiarse de ello, según un estudio

Reducir el cerebro para sobrevivir puede sonar extremo, pero es exactamente lo que hacen algunos animales cuando llega el invierno. Un estudio científico ha analizado este fenómeno —conocido como fenómeno de Dehnel— y sugiere que entenderlo podría aportar pistas valiosas para la medicina humana.

En plena naturaleza, adaptarse no es una opción, es una necesidad. Así lo detalla una investigación publicada en la revista Royal Society Open Science, que analiza cómo ciertas especies transforman su propio cuerpo cuando el frío aprieta y el alimento escasea. Y lo más llamativo es que, meses después, revierten el proceso.

El fenómeno de Dehnel: cuando el cuerpo se encoge para resistir el invierno

La naturaleza está llena de estrategias poco convencionales. Las ratas topo desnudas, por ejemplo, son los únicos mamíferos de sangre fría y viven mucho más de lo que se esperaría. Las larvas del escarabajo del aceite negro europeo han aprendido incluso a imitar el olor de las flores para atraer a las abejas. Pero hay otro caso que resulta especialmente llamativo: el del topo europeo y la musaraña.

Estos pequeños mamíferos pueden reducir hasta un 20% el tamaño de su cerebro y de algunos huesos durante los meses más fríos del año. No se trata de adelgazar ni de perder masa por falta de alimento. Es una disminución activa del volumen del cerebro, del cráneo y de otros órganos internos. Cuando pasa el invierno, recuperan su tamaño original.

El estudio explica que esta estrategia les permite afrontar mejor un periodo en el que encontrar comida es más difícil. Tiene lógica si se piensa en términos energéticos: el cerebro es el órgano que más energía consume. Si se reduce, el gasto también baja.

Lo que para estos animales es una adaptación estacional, en la mayoría de los mamíferos sería irreversible. Los humanos, por ejemplo, no tenemos esa capacidad de regenerar tejido cerebral una vez que se pierde, al menos no de la misma forma.

Frío extremo, evolución y una posible clave para la medicina

Para entender qué activa este mecanismo, los investigadores compararon al topo europeo (Talpa europaea) con el topo ibérico (Talpa occidentalis). El primero redujo la altura de su cráneo en un 11%, alcanzando su punto mínimo en noviembre de su primer año. El segundo, en cambio, no mostró ningún cambio en sus estructuras óseas ni cerebrales.

La diferencia apunta a un factor claro: el clima. El fenómeno no parece deberse solo a la falta de alimento, sino a la necesidad de adaptarse a inviernos especialmente fríos. Es, por tanto, una respuesta evolutiva ligada al entorno.

Las implicaciones van más allá de la biología animal. La posibilidad de encoger y regenerar partes del esqueleto y del sistema nervioso central abre preguntas relevantes para la medicina humana.

Dina Dechmann, responsable principal del estudio, lo resumió así: «Que tres grupos de mamíferos con parentesco lejano puedan encoger y luego regenerar el tejido óseo y cerebral tiene enormes implicaciones para la investigación de enfermedades como el Alzhéimer y la osteoporosis».

Aun así, el conocimiento sobre la plasticidad neuronal y ósea de estos animales sigue siendo limitado. Comprender con detalle cómo lo hacen podría, en el futuro, ayudar a abordar problemas como la pérdida de densidad ósea o el deterioro cognitivo, dos retos cada vez más presentes a medida que aumenta la esperanza de vida.