El truco de las 5C para los padres desesperados: soluciona las rabietas en segundos
Un experto en crianza nos da las claves para evitar rabietas y enfados aplicando 5 principios que comienzan con C
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Cuando se producen rabietas o los niños se enfadan sin motivo, a muchos padres les pasa lo mismo, y es que sienten que han probado de todo y aun así las rabietas siguen ahí, cada día con un matiz distinto y esa sensación de que nada funciona igual dos veces. Cuando un niño grita, se tira al suelo o reacciona sin control, el adulto suele quedarse sin herramientas y sin paciencia. Y no es porque no se quiera educar bien, sino porque la mayoría crecimos con modelos muy distintos a los que se necesitan hoy y repetimos frases que no ayudan, como «ya», «compórtate bien» o «si sigues así, vas a ver». Sin embargo, todo apunta a que aplicar el truco de las 5c podría ser la mejor opción.
Se trata de una propuesta que ha ganado mucha atención entre las familias y que ha sido explicada por el especialista Vidal Schmill en su canal de YouTube Escuela para Padres. No es una fórmula mágica ni una técnica de castigo. Es un sistema muy concreto para marcar límites sin gritos, sin etiquetas y sin caer en esa espiral de amenazas que no se cumplen. Y funciona precisamente porque baja el ruido, reduce las luchas de poder y actúa de forma efectiva y clara donde normalmente hay confusión. El planteamiento de Schmill parte de una idea clave: educar no es controlar, sino influir. Y para influir, los niños necesitan claridad y coherencia, no sermones interminables. De ahí salen las 5C, un truco nemotécnico pensado para que cualquier padre las recuerde incluso en el peor momento del día.
El truco de las 5C para los padres desesperados
La primera C es más sencilla de entender que de aplicar y tiene que ver con ser claro. Pero no significa levantar la voz ni repetir veinte veces el nombre del niño. Significa describir la conducta que debe parar y expresar de forma directa qué debe hacer en su lugar. No basta con un «pórtate bien”, porque esa frase no dice nada concreto. Un límite efectivo se formula así: «Aquí no se corre. Quédate a mi lado» o «La pelota me la das ahora». Son acciones sin rodeos. Schmill insiste en que la falta de claridad es una de las razones por las que los límites fallan. El adulto cree que el niño entiende, pero en realidad interpreta otra cosa. Si la instrucción no es clara, el conflicto está garantizado.
Concreción: explicar qué va a pasar si se cumple o si no se cumple
La segunda C pide bajar aún más al detalle. Ser concreto significa anticipar consecuencias reales, posibles y proporcionadas. Si el niño sigue tirando juguetes, puede retirarse el juguete. Si continúa pegando en una fiesta, debe quedarse al lado del adulto. No se trata de castigos, sino de consecuencias lógicas y aplicables. La clave es que el niño tenga dos puertas: una que abre si coopera y otra que se cierra si no lo hace. Elegir forma parte del aprendizaje.
Corto: nada de discursos eternos
Aquí aparece la tercera C. El mensaje debe ser breve. Nada de explicaciones larguísimas sobre la vida, el futuro o la importancia de los valores. Cuando un niño está alterado, no procesa nada de eso. Solo necesita una instrucción clara y una consecuencia concreta. Un límite corto evita entrar en discusiones donde el niño se engancha y el adulto se desespera.
Cumplir: hacer lo que dijiste que ibas a hacer
La cuarta C es una de las más difíciles para muchos padres. No sirve de nada advertir si después no se cumple. Retirar una pelota, acompañar al niño, apagar la pantalla o parar la actividad requiere firmeza, incluso cuando el niño protesta. Según explica Schmill, cumplir una sola vez un límite bien puesto tiene más efecto que repetir diez amenazas vacías. El niño entiende que hay coherencia y que lo que dices va en serio.
Consistencia: no depende del humor del día
La quinta C es la que sostiene todo el método. Ser consistente implica que las reglas no cambian porque el adulto esté cansado, tenga prisa o simplemente no quiera más conflictos. Si un día está prohibido correr en la tienda y al siguiente se tolera, el límite pierde sentido. La educación deja de basarse en valores y pasa a depender del estado anímico del padre o la madre.
Schmill advierte que la inconsistencia genera niños confusos, que buscan testear constantemente hasta dónde pueden llegar porque nadie se los ha definido de manera estable.
Por qué este método funciona en las rabietas
El sistema de las 5C no es un castigo disfrazado. De hecho, desmonta uno de los problemas más habituales: confundir límites con etiquetas. Schmill insiste en que el límite se aplica sobre la conducta, nunca sobre la personalidad. No es lo mismo decir «eres malo» que «lo que hiciste no está bien». El primer mensaje daña la dignidad del niño. El segundo le ayuda a corregirla. Eso es importante porque muchas rabietas nacen de la frustración, no de la rebeldía. Cuando el adulto entra en una lucha de poder o usa descalificativos, la reacción del niño se intensifica. El método de las 5C corta ese círculo vicioso: aporta orden, da opciones y reduce el desgaste emocional.
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