Primero, los de casa
Primero, los de casa. Así, sin matices, sin rodeos, sin pedir perdón. La frase incomoda porque suena a frontera emocional, a línea dibujada con tiza gruesa en un suelo que creíamos compartido. Pero en Mallorca, donde el mar parece prometer que todo cabe, empieza a escucharse cada vez menos en voz baja.
La conversación sobre las ayudas públicas ya no es técnica, ni siquiera política en el sentido clásico. Es doméstica. Se cuela en la mesa del domingo, en la cola del ambulatorio, en el portal donde alguien comenta que el alquiler ha vuelto a subir. Y también en esas colas kilométricas, recientes, frente a oficinas administrativas tras la regularización de inmigrantes en situación ilegal, donde el tiempo parece estirarse y la paciencia encogerse. Y ahí, en ese murmullo cotidiano, prende una idea que Vox ha sabido recoger con claridad: si no hay para todos, alguien tiene que ir primero.
Suena duro, casi antipático. Pero conviene rascar un poco. La prioridad nacional no es tanto un portazo como una pregunta incómoda: ¿quién sostiene el sistema y quién debería beneficiarse antes? En una isla como esta, ese «nosotros» tiene nombres y apellidos muy concretos. La camarera que no llega a fin de mes en Palma, el joven que encadena contratos de temporada, el jubilado que ya no reconoce su barrio.
El problema no es ayudar. El problema es a quién se deja atrás cuando se ayuda sin orden. Y ahí es donde el discurso de Vox encuentra terreno fértil, porque conecta con una sensación que no necesita estadísticas para existir. Basta con mirar alrededor.
En Mallorca, el malestar no hace ruido de manifestación, pero pesa. Se nota en la forma en que se bajan las persianas, en los negocios que ya no vuelven a abrir, en las familias que hacen números con un lápiz corto. No se trata de rechazar a quien llega buscando una vida mejor. Se trata de entender si el sistema puede absorberlo todo sin romperse por dentro.
No es xenofobia, es supervivencia. Esa frase, repetida como un mantra en ciertos círculos, condensa un clima. Puede discutirse, matizarse, incluso desmontarse, pero ignorarla sería un error. Porque cuando una familia mallorquina ve que no accede a una vivienda pública mientras otras sí lo hacen, el debate deja de ser ideológico y se vuelve visceral.
Vox ha puesto palabras a ese malestar y lo ha hecho sin demasiados rodeos. Quizá por eso molesta más. No porque sea nuevo, sino porque se dice en alto. Y cuando algo se dice en alto, obliga a posicionarse.
Ahora bien, conviene no engañarse. Priorizar no crea recursos. No construye viviendas ni sube salarios. No alivia, por sí solo, la presión turística que encarece cada rincón de la isla. Es un criterio, no una solución. Pero los criterios importan, porque marcan a quién se protege primero cuando el sistema cruje.
En el fondo, Mallorca está enfrentándose a una pregunta sencilla y brutal: cuánto puede dar sin dejar de reconocerse. Y en esa respuesta, Vox vuelve a aparecer como altavoz de una parte de la sociedad que siente que ha estado demasiado tiempo esperando su turno.
Al final, todo se reduce a eso. A turnos. A orden. A la sensación de justicia o de abandono. Porque cuando la ayuda llega tarde o no llega, da igual el discurso que la envuelva.
Si no se prioriza, se abandona.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.
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