Exposición ‘Geodesia’ de Olimpia Velasco en las salas anejas al aljibe de La Misericordia
Una muy interesante exposición de la artista madrileña afincada en Mallorca, que combina distintas disciplinas
El intervencionismo humano en la naturaleza como tema de base de este canto por un planeta perdido ya bajo la bota que todo lo holla
En las cuatro salas anexas al aljibe recientemente abierto al público del edificio de La Misericordia de Palma se puede visitar, hasta el 21 de marzo, la exposición Geodesia, de la artista madrileña afincada en Mallorca Olimpia Velasco (Madrid, 1970). El espacio, regentado por el Consell Insular, es espléndido para la exposición de obras de arte, con un recorrido claro que permite al artista invitado desarrollar una muestra con una perfecta concatenación de efectos y sentidos, sean éstos cercanos a lo narrativo o lo sean a lo puramente plástico.
En el caso que hoy nos ocupa, la exposición Geodesia de Olimpia Velasco, una tesis de partida gobierna cada una de las intervenciones y digo intervenciones porque, incluso cuando lo que se muestra es una obra enmarcada, su disposición en la sala, el manejo del espacio y su visualización tienen mucho que ver con el concepto amplio de lo que es una intervención, antes que una mera exhibición de una pieza acabada que se dispone para su entrega al público espectador.
Claro, el concepto que marca el mismo título de la muestra, Geodesia, habla ya de por sí de espacio, geografía, ordenamiento de lo visual, etc. Todo ello bajo la marca de la intervención humana, que es una de las cuestiones que se plantea la artista, y que propone al espectador: la Naturaleza trastocada por la mano del hombre, una Naturaleza que ya no es virgen, que se halla toda ella medida y sectorizada, no sólo a través de medios virtuales como pueden ser la confección de mapas, planos y demás entelequias surgidas de la geometrización artificiosa del espacio, sino también porque lo ha sido de manera física y real, como ocurre en el caso de la colocación de los hitos geodésicos de referencia, o en el de las líneas de infraestructuras de toda calaña que atraviesan de manera innatural el paisaje.
El afán del ser humano por desvirgar hasta el último rincón del planeta, que puede palparse en la exhaustiva cubrición de la superficie de la Tierra mediante las herramientas de Google Maps (¡quién no se ha sorprendido de hasta qué recóndito lugar alcanza ese ojo de Gran Hermano cuando ha consultado una dirección en un recodo inhóspito con el propósito secreto de pillarlo en falta!), y que ahora ha iniciado el proceso consecutivo de mapear a todos los seres humanos a través de la incautación de sus identidades por medio de sus iris (nadie quedará ya fuera del alcance del Gran Ojo, nadie mantendrá cualidad virginal alguna), tiene unas consecuencias enormes, no sólo a nivel físico, como voy diciendo, sino también, y básicamente, metafísico. La sensación de vivir en un mundo totalmente hollado, intervenido, descerrajado, carente de secretos y de misterios (esto afecta, por cierto, al antiguo hábito del hombre hacia la religión y lo sagrado) es el tema principal de la exposición de Olimpia Velasco.
En Geodesia se pueden ver tanto dibujos como pinturas y fotografías, e incluso elementos esculturales, todo ello, como vengo diciendo, dispuesto a la manera de diferentes intervenciones en el espacio de las salas de La Misericordia. Las líneas rectilíneas con las que presenta varias piezas, sea con lápiz a la manera de la geometría descriptiva, con hilo de color que simula la visual de un teodolito, sea con franjas cromáticas tanto en tela como en fotografía, transmiten la tesis de ese intervencionismo sin freno que alcanza hasta el último y más apartado rincón del planeta. Y el arte, claro está, no puede ignorarlo.
Ante esa constatación, ante esa sensación de estar inmerso en un mundo totalmente marcado y desventrado, el único refugio que le queda a quien no sea capaz de soportar semejante situación es la que construirse un oasis desvinculado, un oasis de arte, impermeable a las oscuras conjeturas que nos rodean y que ansían devorarnos. Y esperar ahí, pacientemente, el momento en que incluso ese intento de salvación se mostrará vano, un puro sueño inalcanzable.
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