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Vivir enfermo en la oscuridad: los apagones en Cuba amenazan a pacientes y hospitales

Los hospitales figuran entre las instalaciones prioritarias durante los cortes, y las autoridades tratan de garantizar su funcionamiento

Cuba atraviesa una de las crisis energéticas más graves de las últimas décadas, y los apagones se han convertido en parte de la vida cotidiana de millones de ciudadanos. Sin embargo, su impacto es especialmente dramático en el ámbito sanitario. Para los enfermos crónicos y los pacientes hospitalizados, la electricidad no es un lujo ni una comodidad, sino un recurso esencial que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.  

En medio de la grave crisis económica y energética que atraviesa la isla, sobre todo desde que el presidente venezolano Nicolás Maduro fue arrestado el 3 de enero de 2026 en una operación militar liderada por Estados Unidos y trasladado a Nueva York, han surgido indicios de contactos y conversaciones indirectas entre el gobierno cubano y la administración del presidente estadounidense Donald Trump.

Según diversas informaciones de prensa internacional, Washington habría condicionado cualquier alivio de sanciones o del bloqueo energético a reformas políticas y económicas en Cuba, mientras que La Habana ha reiterado que está dispuesta a dialogar, pero únicamente bajo principios de respeto a su soberanía y sin aceptar cambios impuestos en su sistema político.

Desde 2024, la isla ha sufrido repetidos colapsos del sistema eléctrico nacional, con cortes que han dejado sin suministro a amplias zonas del país durante horas e incluso días. El deterioro de las centrales térmicas, la falta de mantenimiento y la escasez de combustible han debilitado la red eléctrica hasta el punto de que el Estado se ve obligado a aplicar apagones programados y a enfrentar interrupciones repentinas que afectan tanto a hogares como a servicios básicos.

Los hospitales figuran entre las instalaciones prioritarias durante los cortes, y las autoridades aseguran que se intenta garantizar su funcionamiento incluso en situaciones de emergencia. No obstante, la realidad es más compleja. En varios apagones recientes, algunos centros de salud han sufrido interrupciones internas de energía o han tenido que reducir servicios, suspender cirugías no urgentes o trabajar únicamente con iluminación de emergencia y equipos imprescindibles.

La mayoría de los hospitales cubanos dispone de generadores diésel para emergencias, pero su funcionamiento depende de la disponibilidad de combustible, que también escasea en el país. Además, muchos de estos equipos son antiguos y presentan fallos mecánicos o dificultades para su mantenimiento por falta de piezas de repuesto. En la práctica, esto obliga al personal sanitario a tomar decisiones difíciles sobre qué áreas deben mantenerse operativas en caso de limitaciones energéticas, priorizando unidades de cuidados intensivos, respiradores y salas de neonatología.

Los apagones afectan directamente a procedimientos médicos esenciales. Las cirugías programadas pueden retrasarse o cancelarse, los tratamientos de diálisis corren el riesgo de interrupciones y las incubadoras o equipos de monitorización dependen de una electricidad constante. Cuando un generador falla o se queda sin combustible, los médicos y enfermeros se ven obligados a trabajar en condiciones extremas, con recursos limitados y bajo una presión constante.

La crisis energética también golpea con fuerza a los enfermos que permanecen en sus hogares. Muchos pacientes dependen de equipos eléctricos para su tratamiento, como dispensadores de oxígeno, y otros necesitan refrigerar medicamentos como la insulina. Sin electricidad, estas personas se enfrentan a riesgos inmediatos para su salud, además de dificultades para conservar alimentos, mantener condiciones higiénicas adecuadas o acceder a agua potable.

Aunque Cuba mantiene un sistema de salud universal y una extensa red hospitalaria, la combinación de apagones, escasez de combustible y falta de recursos materiales está poniendo a prueba su resiliencia. La crisis no sólo genera problemas puntuales, sino que provoca un desgaste continuo del sistema sanitario, acelera el deterioro de los equipos médicos y aumenta el riesgo de errores y complicaciones en la atención a los pacientes.