Recetas de cocina
Recetas con chocolate

El día en que el chocolate caliente estuvo prohibido en los conventos españoles por considerarse un peligroso estimulante pecaminoso

Entre las curiosidades sorprendetes de la historia de España, encontramos esta: el chocolate estuvo prohibido en conventos españoles.

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  • Francisco María
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Poner un pie en la rutina de cualquier convento español del siglo XVII sin el amparo reconfortante de una taza de chocolate humeante equivale a despojar aquellos muros de su pulso más humano y cotidiano. Aquel brebaje espeso, de un marrón oscuro casi negro y cargado de especias ultramarinas que llegaban en los galeones de Indias, se había convertido en el auténtico centro de gravedad de la vida monástica. No había visita de cortesía, diálogo animado con parientes o larga vigilia de maitines que no estuviera presidida por las ricas jícaras de porcelana y los delicados molinillos de plata.

Empieza la desconfianza por el chocolate

Sin embargo, tanta devoción terrenal por el cacao desató una tormenta teológica de proporciones colosales. Los sectores más rigurosos de la Iglesia empezaron a mirar el fondo de aquellas tazas con desconfianza, viendo en la infusión no un simple alimento líquido, sino una peligrosa puerta abierta a la vanidad, a una gula muy disimulada y a un estímulo físico que, según los censores de hábito más austero, rozaba peligrosamente los límites del pecado.

Las crónicas de la época recogen con asombro cómo los conventos femeninos se habían vuelto completamente dependientes de aquel ritual. Las monjas recibían a sus benefactores y familiares ofreciendo tazas bien calientes incluso en plenos días de ayuno estricto, amparándose en interminables discusiones bizantinas sobre si el cacao rompía o no rompía la abstinencia marcada por el calendario eclesiástico.

El problema era el calor y la energía obtenidos

Para los prelados más conservadores, el verdadero problema no residía en la planta en sí, sino en el calor y la energía casi salvaje que despertaba en el cuerpo. Temían que semejante fogosidad interior alterara la paz espiritual de las religiosas, distrayéndolas de sus obligaciones celestiales con pensamientos mundanos y una agilidad mental sospechosa. El chocolate despabilaba los sentidos con demasiada eficiencia; y una monja despierta, lúcida y animada era algo que incomodaba profundamente a directores espirituales acostumbrados a un perfil de sumisión más gris y apagado.

Toda esa tensión soterrada terminó por estallar cuando el Vaticano y las altas jerarquías eclesiásticas locales decidieron intervenir con mano de hierro para cortar el problema de raíz, emitiendo edictos severos que prohibían tajantemente preparar, almacenar o consumir chocolate dentro de los recintos sagrados, con especial inquina durante los largos periodos cuaresmales.

La noticia fue un revuelo total en conventos y monasterios

Aquella prohibición supuso un verdadero seísmo doméstico entre pasillos de piedra y celdas silenciosas. Imaginar el revuelo que se armaría al confiscar las reservas escondidas, los botes de especias y las preciadas jícaras decoradas nos dibuja una estampa tan pintoresca como tensa. Las comunidades religiosas se partieron literalmente en dos: de un lado, las partidarias de la obediencia ciega a los mandatos de Roma; del otro, la resistencia pasiva de quienes consideraban la medida un castigo tan injusto como desproporcionado para mitigar el frío y la monotonía del encierro.

El ingenio sirve para burlar las medidas estrictas

Lejos de extinguir la costumbre, el veto episcopal desató una auténtica guerra fría conventual repleta de ingeniosas triquiñuelas para burlar a los visitadores eclesiásticos. Las religiosas, dueñas de una paciencia infinita y de una habilidad proverbial para sortear las normas dictadas desde los despachos episcopales, buscaron resquicios legales en los manuales de teología moral.

Si beber el cacao caliente rompía el ayuno, argumentaban algunas con astucia, tal vez consumirlo en estado frío, o preparado de forma tan espesa que pareciera una pasta sólida, perdiera su condición de bebida y pudiera colarse como medicina o alimento tolerado.

Las cocinas ocultaban los aperos de preparación mientras los olores inconfundibles a canela, vainilla y achiote continuaban filtrándose por las rendijas de las puertas en las mañanas más heladas del invierno castellano. La tentación era sencillamente demasiado poderosa para doblegarse ante un decreto firmado por hombres que apenas pisaban la clausura.

La medida se fue diluyendo con el paso del tiempo

El pulso tenso entre la jerarquía y las comunidades monásticas dejó al descubierto todas las contradicciones de una sociedad obsesionada con vigilar y castigar los pequeños placeres corporales. Con el paso de los años, la prohibición acabó perdiendo fuelle ante la evidencia inapelable de que el comercio americano resultaba imparable y de que el chocolate ya formaba parte indisoluble de la cultura barroca peninsular.

Los obispos terminaron haciendo la vista gorda, permitiendo que el cacao regresara a las mesas conventuales bajo una supuesta y fingida moderación que rara vez se cumplía.

Aquel episodio, a caballo entre lo cómico y lo doctrinal, nos recuerda que pocas fuerzas humanas hay tan inquebrantables como el antojo colectivo de un buen capricho dulce cuando el rigor del mundo exterior se empeña en cerrar las puertas a cal y canto.