Volkswagen tiene un problema… ¿o el problema es Europa?
Se acercan los Sanfermines y Pamplona se prepara, una vez más, para ese milagro colectivo que consiste en que cientos de miles de personas decidan vestirse de blanco, anudarse un pañuelo rojo al cuello y demostrar al mundo que la fiesta también puede practicarse como deporte de riesgo. Durante unos días, la capital navarra volverá a ser el ombligo del planeta. Habrá vino, cánticos, procesiones, encierros, turistas haciendo selfies delante de toros de seiscientos kilos y algún australiano descubriendo, demasiado tarde, que la bravura no es una aplicación móvil.
Sin embargo, lejos del bullicio festivo, existe otra preocupación mucho menos folclórica y bastante más seria. En la factoría de Volkswagen, uno de los grandes motores económicos de Navarra, el ambiente no invita precisamente a bailar jotas. La multinacional alemana ha anunciado recortes que afectarán a cerca de 100.000 trabajadores en toda Europa y, como siempre ocurre cuando una gran corporación estornuda, miles de familias contienen la respiración.
En Pamplona suele decirse, con ese pragmatismo tan navarro, que hay tres pilares que sostienen la economía regional: los Sanfermines, la Clínica Universidad de Navarra y Volkswagen. Los dos primeros parecen razonablemente estables. El tercero empieza a emitir ruidos extraños, como un diésel de los noventa intentando arrancar una mañana de enero.
La pregunta resulta inevitable: ¿tiene un problema Volkswagen o quién realmente está enferma es Europa?
Porque competir hoy en el mercado mundial no es precisamente un paseo por la Plaza del Castillo. Europa produce coches extraordinarios, dispone de tecnología puntera, universidades de primer nivel y trabajadores altamente cualificados. Pero también soporta unos costes laborales elevados, una regulación exhaustiva, exigencias medioambientales crecientes, una burocracia digna de Kafka y un modelo social que, aunque constituye uno de nuestros mayores logros civilizatorios, tiene un precio.
Mientras tanto, otras economías juegan una partida diferente. China subvenciona, protege, impulsa y planifica estratégicamente sectores enteros. India produce ingenieros a un ritmo que haría sonrojar a más de un ministerio europeo dedicado a redactar reglamentos sobre el diámetro homologado del pepino ecológico. Y Asia, en general, ya no se limita a fabricar barato. También investiga, desarrolla, innova y patenta.
Durante décadas, Europa creyó que siempre conservaría la ventaja tecnológica y el liderazgo industrial. Era una especie de derecho divino continental: nosotros diseñábamos, los demás ensamblaban. Pues bien, alguien olvidó avisar al resto del planeta de semejante acuerdo.
El riesgo es evidente. Europa corre el peligro de convertirse en el parque temático más bello del mundo. Un inmenso museo al aire libre donde millones de turistas paseen entre París, Roma, Sevilla o Praga, admiren nuestras catedrales, disfruten de nuestra gastronomía y regresen después a países donde realmente se fabrican los productos, se desarrolla la tecnología y se crea la riqueza.
Y conviene recordar un pequeño detalle: los cerca de 450 millones de europeos no pueden vivir exclusivamente sirviendo cañas en terrazas con vistas a monumentos Patrimonio de la Humanidad.
Quizá el verdadero debate no sea cuántos empleos recortará Volkswagen. Tal vez la cuestión de fondo sea otra, mucho más incómoda: si Europa sigue confundiendo prosperidad con nostalgia, acabaremos organizando magníficas recreaciones históricas sobre cómo fue nuestra antigua potencia industrial.
Con guía turística incluida, naturalmente.
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