El peaje en la sombra de Sánchez ya sale a la luz
El lehendakari Iñigo Urkullu tenía un oscuro objeto del deseo y Pedro Sánchez lo va a hacer realidad. El político del PNV quería el acercamiento de los terroristas presos al País Vasco, especialmente tras su alianza con los proetarras de Bildu. Pedro Sánchez pagará con su cesión el apoyo de ambas formaciones a la moción de censura contra Mariano Rajoy. El problema de presidir un Gobierno con 84 diputados y contar con el apoyo Frankenstein de una amalgama de partidos radicales es que la traición a España y sus ciudadanos viene antes que después. Acercar a los etarras supone una deslealtad a la gran mayoría de los españoles. Más, si cabe, cuando no existe el más mínimo atisbo de arrepentimiento o condena por lo que hicieron.
Basta recordar el testimonio de David Pla —uno de los líderes etarras encarcelados en Francia— el pasado mes de enero: «No lamentamos lo que hicimos». No lamentan, por tanto, las casi 900 víctimas mortales de ETA, las 16.000 personas heridas, quemadas o mutiladas y los 42.000 seres humanos que han tenido que padecer una insoportable angustia física y psicológica debido a las constantes extorsiones y amenazas que, además, provocaron una auténtica diáspora en el País Vasco. Tras esta decisión de Pedro Sánchez, camuflada a través del PSE-EE de Idoia Mendia, habría que preguntarse qué dirán las familias de socialistas como Fernando Múgica, Ernest Lluch, Fernando Buesa o Isaías Carrasco. Políticos valientes y constitucionalistas que dieron su vida por luchar contra la lacra de esos mismos violentos que, lejos de arrepentirse, ahora cuentan con el favor de esta prebenda injustificable más allá del mero interés político.
El propio Mariano Rajoy advirtió al Partido Nacionalista Vasco que la dura negociación de los Presupuestos Generales del Estado no contemplaría en ningún caso el acercamiento de los terroristas, ya que «ETA no encontrará resquicio para la impunidad, se aplicará la ley». Ahora, amén del resquicio, han encontrado una autopista para lograr lo que no merecen. Por mucho que ETA quiera presentarse como una banda desarticulada, su maldad y apego por la violencia siguen latentes en las calles del País Vasco y Navarra. Ahí están los homenajes de recibimiento a los etarras que terminan sus condenas, las agresiones de Alsasua o el blanqueamiento a la figura de asesinos como Txabi Etxebarrieta. La concesión de Sánchez hace que, lejos de desaparecer, ETA y sus acólitos se fortalezcan y sigan presentes entre los ciudadanos como la mafia que han sido siempre.
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