Julio Iglesias les va a dar ‘pal’ pelo
Julio Iglesias, a sus 82 años, sigue siendo uno de los españoles más universales y, por tanto, uno de los más envidiados. Millonario, propietario de mansiones en el Caribe y las Bahamas, con una vida construida a base de talento, trabajo y de un magnetismo que ha seducido a generaciones de mujeres, el cantante se ha convertido ahora en el blanco perfecto para la maquinaria de la indignación selectiva.
En enero de 2026, dos exempleadas domésticas presentaron una denuncia ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional acusándole de abusos sexuales, «esclavitud» y una supuesta «estructura de poder basada en la agresión permanente». La Fiscalía archivó el caso de inmediato por falta de competencia ya que los hechos alegados ocurrieron en el extranjero. No hubo investigación, no hubo imputado, no hubo pruebas valoradas por un juez español. Pero eso no importó. La prensa de izquierdas y el feminismo oficial se lanzaron con entusiasmo. ElDiario.es y Univisión publicaron todos esos «escalofriantes testimonios» que hemos conocido. Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, no dudó ni un segundo en entrar al trapo. El 13 de enero publicó en Bluesky (esa plataforma donde los «ofendiditos» se jalean mutuamente) que lo de Iglesias se trataba de «abusos sexuales y una situación de esclavitud», y lo repitió en TVE. Toda una autoridad pública juzgando y condenando sin juicio, sin pruebas y sin jurisdicción. Exactamente el «juicio paralelo» que ahora Iglesias le exige reconocer. Porque el pasado 24 de febrero de 2026 el artista presentó una demanda de conciliación civil contra Yolanda Díaz ante el Juzgado de Primera Instancia de Madrid. En ella le exige que se retracte públicamente, que reconozca el daño causado a su honor, imagen y reputación, y que le indemnice por los perjuicios. Si no lo hace, irá a una querella penal por injurias y calumnias. Y, según, su entorno, esta podría ser sólo la primera de varias acciones.
Las fotos del 2022 de Iglesias en la playa, ayudado por atractivas jóvenes en biquini, generaron incomodidad. ¡Y antes del caso Epstein, tan distinto! Y es que a Julio Iglesias le gustan las mujeres, y ellas le han correspondido desde siempre. Un hombre poderoso y atractivo es, a pesar de lo que nos quiere vender el feminismo actual, puritano y vengativo, un imán natural, con lo bueno y con lo malo de los imanes humanos. Ahora, ya mayor, con las secuelas de un antiguo accidente, semi-retirado en esas islas paradisíacas, desea, seguramente, seguir viviendo a su manera. Y eso, para cierta izquierda, es intolerable. La envidia es un fuerte sentimiento que nos llega de nuestro pasado de cazadores-recolectores. En una época de «suma cero», lo que alguien tenía en abundancia a otro le faltaba. Y esa pelusilla seguirá estando con nosotros mientras seamos homo sapiens.
Julio Iglesias vendió más de 300 millones de discos, llenó estadios en cinco continentes, construyó un imperio desde cero ¡no puede tener tantas chicas alrededor! Mejor convertirlo en un monstruo. Mejor acusarlo de «trata» y de «agresión permanente» aunque la denuncia se archive en unos pocos días. Mejor que Yolanda Díaz, desde su cargo público, dicte sentencia mediática antes de que un juez pueda pronunciarse. El guion es conocido: rico igual a sospechoso; exitoso igual a depredador; mayor pero aún vital igual a pervertido.
Hoy Iglesias reclama lo que cualquier ciudadano decente debería exigir: justicia de verdad, no linchamiento. Reparación por el daño que han causado a su nombre. Presunción de inocencia, esa que para muchos hombres parece un lujo. El «truhan» que nunca necesitó forzar nada porque siempre tuvo tanto, no se deja pisotear. Y, en un país donde la envidia se disfraza de moral, reclama su honor. Que se preparen.
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