Cría cuervos y te sacarán los ojos
Para Pedro Sánchez, la traición es la única verdad que vale la pena. Este narcisista patológico siente tal admiración por sí mismo que no ve obstáculo alguno en admitir que sólo él puede traicionar impunemente a quien sea. Ha traicionado a tanta gente, a tantas instituciones y al Rey, incluso, que apenas le queda por traicionar a sus socios separatistas que odian España, a los que prometió el oro y el moro a cambio de investirle, cuando será él quien los embista dejándolos tirados en el ruedo, pues tal farsante recuerda a esos tocaflautas de romería que prometen muchas cosas y nunca, jamás, cumplen con sus huecas palabras de charlatanes.
Aún cabe la esperanza de que en el próximo Gobierno Alien (2.0 Frankenstein, aunque más diabólico) salga alguien dispuesto a devolverle las traiciones al tirano. Hay muchísima gente que no le soporta y se la tiene jurada por tanto abuso y desplantes. El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, está furioso porque «la gobernabilidad de la nación pueda depender de un prófugo» (Puigdemont). Los barones históricos, sin contar al rastrero ZP, braman porque ha reducido el PSOE a un zoco con rumor de comisiones.
Como uno solo se la devuelva, y habrá más de uno, el psicópata va a tener que engrasar el Falcon, metérselo por la retambufa y, propulsado, por tan lindo juguete, desaparecer. Ojalá sea pronto, porque nadie hizo tanto daño a España como éste inculto y fatuo desquiciado.
Sánchez sigue en Babia, disfrutando unas vacaciones regias, de palacio en palacio, y aún no se ha enterado, o no quiere admitir, que Feijóo ganó las elecciones del 23J. Pues se va a llevar una mala y apoteósica sorpresa. Yo que él iría empacando bultos, despidiendo a todo el personal y dejando listo el equipaje, porque habiendo traicionado a tantísima gente, sin duda, más de uno le va a traicionar a última hora. Que es cuando más hiere.
Un traidor no puede tener peor destino que el de estar rodeado de traidores, y viendo la gentuza de la que se rodea, que volviera a gobernar, incluyendo cuantas trampas y locuras active, se quedará en un espejismo, en los efectos de una borrachera de anís del mono.
Si Sánchez quería cambiar España y a los españoles, mucho antes debió cambiarse a sí mismo, aunque eso, tratándose de un ridículo ególatra, es imposible.
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