Carmena se salta la valla
Intuyo que alguno de los apolíneos subsaharianos que logró saltar la valla de Melilla, con un esfuerzo titánico ciertamente conmovedor, alcanzó también otro hito y pudo llegar pocas horas después a Madrid para entregarle en persona a la alcaldesa Manuela Carmena cierto artículo bien frecuente en toda la cornisa marroquí. Sólo así se explica que, en el enésimo alarde de autocomplacencia irresponsable, la exjueza se haya permitido defender en público la entrada masiva de inmigrantes y, en el mismo viaje fumeta, la concesión de carnés de ciudadanía –un tocomocho político tan inútil para el receptor como publicitario para el expendedor- a los pobres manteros madrileños.
Se desconoce cuál sería la reacción de doña Manuela en el caso poco probable, pero no imposible, de que alguno de los ‘emprendedores sociales’ alcanzara el coqueto muro de su preciosa casa en el barrio más aristocrático de Madrid, ampliada con la compra en metálico -¿en metálico?- de un trozo de la anexa a Cristina Almeida, pero no es descartable que en ese caso acudiera rauda a la Policía para que se encargara del asunto, por mucho que minutos antes el asaltante abstracto fuera presentado como una mezcla de Nelson Mandela y Tarzán. Que la enésima carmenada tenga una explicación interna en las luchas de facciones que componen el Gobierno de Madrid —tan anárquico, liviano y desorganizado como para que a su lado el ejército de Pancho Villa parezca la maquinaria perfectamente engrasada de Leónidas frente a los persas— no explica del todo la cantada de la alcaldesa, emanada del mismo córtex cerebral que le llevó a meter en un saco parecido el dolor causado por el terrorismo de ETA y en nombre del Estado o a afirmar que la mayoría de los presos deberían salir de la cárcel.
Cuando Carmena dice en público algo que todos querríamos que fuera cierto, pero casi todos sabemos que es imposible, se concede a sí misma, a costa del martirio de esos inmigrantes, una medalla al mérito moral; se regala una campaña de promoción personal inane y se permite exhibir unos principios y un corazón que le niega a todos aquellos ajenos a su cabaña ideológica: más que servir a causas nobles, políticos como ella se sirven sin nobleza de ellas para edificar una imagen de cartón piedra perfectamente absurda pero fácilmente vendible en estos tiempos de laxitud intelectual. Pero hace algo más, tan preocupante como sus brindis al sol con vino de garrafón servido en vaso de plástico: se salta la ley, que regula la venta ambulante en el caso de Madrid; y anima a hacerlo en Melilla, en este caso pisoteando con infinita demagogia todas las barreras legales europeas. Y animando, en los dos, a los explotadores de los vendedores ambulantes y a los popes de las mafias de inmigrantes, que estarán contentos con el apoyo recibido a su actividad desde tan noble responsabilidad política.
Mientras Madrid se ahoga en mierda y tiene más paro que el resto de la región, un hecho tan inusual como ver a Falete en el endocrino, la eterna veraneante y la infantil tropa que gobierna la capital se concentran en pisotear sus propias ordenanzas municipales y en tapar la basura real de las calles con perfume barato ideológico que ya no esconde el hedor: la inmigración es una oportunidad y también un problema; el inmenso drama de los refugiados y las pateras exige una respuesta decente y global de la Unión Europea; las soluciones son complejas y corales y lo último que hace falta y que todos estos seres humanos necesitan es a una señora frívola diciendo tonterías peligrosas que sólo le sirven a ella para poner un cartel en la fachada del Ayuntamiento –’Welcome refugees’- mientras le da otra calada de satisfacción al porro cargado de demagogia en el coqueto jardín de su casoplón perfectamente vallado.
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