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Los recuerdos de Rocío Jurado que sí se llevó Ortega Cano

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El 23 de diciembre de 2006, José Ortega Cano cruzaba por última vez la puerta de Montealto, la casa que había compartido con Rocío Jurado desde que comenzó su relación. «Son momentos muy emocionantes. Han sido quince años en esta casa viviendo con Rocío». Hacía solo seis meses que había fallecido la artista y el diestro se marchaba para siempre de su hogar. «Con el abandono de esta casa se va parte de mi vida», decía a la prensa que le veía poner rumbo a su finca ‘Yerbabuena’ con los ojos llenos de lágrimas. Le precedía la furgoneta de su cuadrilla, en la que viajaba su hija Gloria Camila con el matrimonio interno que trabajaba en la casa, y todos los bultos que en ella cabían. Tampoco eran muchos para tratarse de toda una vida, pero la premura por salir de ‘Montealto’ pudo entonces más que el apego por los recuerdos y pertenencias que dejaba atrás.  Quince años después, gran parte de lo todo lo que allí abandonó ha vuelto a su poder por cortesía de Rocío Carrasco. Otro tanto, siempre estuvo con él y permanece desde entonces a buen recaudo.

Ortega Cano y Rocío Jurado en una imagen de archivo. / Gtres

Ortega Cano guardaba como oro en paño muchos de los recuerdos que fueron formando parte de su vida con Rocío Jurado. Muchos de ellos, habían ido encontrando su sitio en la finca en la que ambos soñaban retirarse, la Yerbabuena, en la localidad sevillana de Castilblanco de los Arroyos. Allí, segunda residencia del matrimonio, ambos tenían pertenencias y recuerdos de sus respectivas trayectorias profesionales, de su vida en común y de la de sus hijos. Pero el diestro también se ocupó de buscar un guardamuebles, al igual que hizo Rocío Carrasco, para guardar durante años otros tantos recuerdos que no tenían un lugar definitivo en su nueva vida de viudo. Y ahí permanecieron durante años hasta que, en 2014, Ortega Cano encontró un buen destino para ellos.

Rocío Carrasco / Mediaset

Rocío Carrasco  ante los contenedores con las pertenencias de su madre. / Mediaset

En este caso, no se trataba de un programa de televisión, como ha hecho la primogénita de la desaparecida cantante, sino del Museo que por iniciativa del pueblo de Chipiona se estaba planteando en homenaje a la artista. Un museo que contó desde el primer momento con el visto bueno de su heredera universal, Rocío Carrasco, y en el que también Ortega Cano quiso poner su granito de arena enviando recuerdos de su vida con su mujer que guardaba con especial cariño en unas naves destinadas a tal función a las afueras de Sevilla.

Ortega Cano

Ortega Cano en una exposición de Rocío Jurado. / Gtres

Un póster gigante de su foto de novios, otro de idéntico tamaño con un retrato en primer plano de la cantante… Carteles de sus conciertos más especiales, alguna bata de cola, fotos de su álbum familiar de especial ternura para el torero como aquella en la que Rocío Jurado cogía embelesada en brazos a su nieto David con apenas meses de edad, o esa otra en la que la cantante reposaba su cabeza en el hombre su suegra, doña Juana. Recuerdos que habían formado parte de la vida del matrimonio y otros que, pese a lograrlos el torero por sus méritos propios en las plazas de toros, también se habían incorporado a los escenarios de felicidad conjunta. Un sinfín de enseres que una mañana de febrero del citado 2014 Ortega Cano desempolvó junto a su hija Gloria Camila y los envió al sitio donde él quiso que estuvieran: en la sede del museo en la que los seguidores de la artista irían, algún día, a rendir homenaje a su memoria. Ese día sigue sin llegar pero eso ya no depende de la voluntad de Ortega Cano.

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