Su doble discurso

La única coleta que Pablo Iglesias no se corta: la del capital

De profesor universitario a líder político y ahora impulsor de un negocio mediático propio

Canal Red, taberna, chalé en Galapagar y camisas de Silbon: la nueva etapa de Iglesias

Pablo Iglesias, ajustándose la coleta antes de una sesión en el Congreso en Madrid. (Foto: Gtres)
Pablo Iglesias, ajustándose la coleta antes de una sesión en el Congreso en Madrid. (Foto: Gtres)
  • Rosa Torres
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Durante años, la coleta de Pablo Iglesias no fue solo un rasgo estético, sino un símbolo político perfectamente reconocible, una forma de condensar en una imagen todo un discurso de ruptura con las élites y de reivindicación de lo popular, una declaración silenciosa que funcionaba tanto en los platós como en el Parlamento y que reforzaba la idea de que aquel profesor de Ciencias Políticas no venía a integrarse en el sistema, sino a cuestionarlo.

El propio Iglesias lo resumía con aparente naturalidad cuando reconocía que antes compraba en supermercados como Alcampo y que fue después, al rodearse de «gente con un mínimo sentido de la estética», cuando empezó a cambiar ciertos hábitos. Una frase que, vista con perspectiva, dice más de lo que parece, porque en ella ya se intuye una transición en la que la estética deja de ser una herramienta política para convertirse en un marcador de entorno, de estatus y de adaptación.

Pablo Iglesias, durante un acto público en Madrid en 2015. (Foto: Gtres)

Pablo Iglesias, durante un acto público en Madrid en 2015. (Foto: Gtres)

El primer giro llegó en el verano de 2020, cuando la coleta dio paso a un moño alto con la excusa de la ola de calor y los tirones infantiles de sus hijos. Un año después, el cambio se completó con un corte de pelo convencional tras su salida de la política institucional, como si aquella etapa necesitara cerrarse también desde lo visual.

Y, sin embargo, la escena clave ha llegado después. En el podcast Es la idea, la pareja de Irene Montero explicó hace unos días que, en cuanto dimitió, fue al barbero con una orden clara: «córtame la coleta”» Una decisión que marcaba distancia con su pasado político, aunque con un detalle revelador: decidió guardarla. Incluso llegó a deslizar, medio en broma medio en serio, que le gustaría subastarla algún día y vendérsela a algún millonario, como quien colecciona una pieza histórica, con la idea de utilizar ese dinero para hacer política.

Pablo Iglesias y su look de pelo corto. (Foto: Gtres)

Pablo Iglesias y su look de pelo corto. (Foto: Gtres)

Pero, su salida de la política institucional no ha supuesto una retirada, sino un cambio de escenario.

Su propio negocio mediático

La posible llegada de Canal Red a Movistar Plus+ apunta precisamente en esa dirección. No es solo un salto técnico, es la consolidación de un ecosistema mediático propio que ya no depende del circuito tradicional y que aspira a competir en visibilidad con millones de abonados potenciales. Las protestas en redes han existido, pero, de momento, no han tenido consecuencias reales.

Nada de esto ha sido improvisado. Antes hubo La Tuerka y Fort Apache, formatos que funcionaron como laboratorio de una idea muy clara: la pantalla no solo sirve para opinar, también sirve para construir comunidad y, con el tiempo, para sostenerse económicamente.

Taberna Garibaldi. (Foto: Gtres)

Taberna Garibaldi. (Foto: Gtres)

A ese entramado se suma el Diario Red y proyectos como la Taberna Garibaldi, financiada también mediante crowdfunding. Un espacio que algunos describen con ironía como un bar donde todo es proletario salvo los precios, pero que, más allá de la caricatura, refleja algo más interesante: la capacidad de convertir un discurso político en una estructura económica viable.

El chalé de Galapagar que cambió el relato

Mientras tanto, su vida personal ha seguido un camino muy distinto, más reconocible y, para muchos, difícil de encajar con su discurso inicial. El chalé de Galapagar, adquirido en 2018 por una cifra superior a los 600.000 euros, con una parcela de unos 2.000 metros cuadrados y una vivienda de alrededor de 270, se convirtió en el ejemplo más evidente de ese cambio. Sobre todo porque apenas tres años antes el propio Iglesias advertía de que era «peligroso» que los políticos vivieran en chalés, una afirmación que la hemeroteca se ha encargado de recordar con insistencia.

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A ello se suma la escolarización de sus hijos en un centro privado o los viajes a destinos como Menorca, elementos que dibujan una normalidad muy alejada de aquella austeridad reivindicada en sus inicios. También su evolución estética, de las camisetas con mensaje a una imagen más cuidada con prendas nuevas de Silbon, refuerza esa sensación de distancia.

Pablo Iglesias e Irene Montero

Pablo Iglesias e Irene Montero en un fotomontaje de Look

Pero quedarse solo en la incoherencia sería simplificar. Lo relevante es el desplazamiento. El exvicepresidente segundo del Gobierno ha pasado de construir un símbolo a levantar un espacio propio desde el que seguir influyendo, con sus propias reglas y sus propios canales.

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