OKDIARIO con Nadia Murad, la joven esclavizada por la yihad sexual: «El Daesh no ha logrado callarme»
Nadia Murad fue vendida por el Daesh como esclava sexual (sabaya) por no convertirse al Islam. A pesar de ello y de su aspecto frágil y menudo, no le tiembla la voz al afirmar: «El Daesh no ha logrado callarme. El Daesh no ha logrado destruirnos».
Se refiere a su pueblo, la comunidad yazidí, una comunidad religiosa del norte de Irak que contaba con más de medio millón de miembros», explica.
La vida de Nadia Murad Basee Tah cambió forzosamente el 3 agosto de 2014 a manos del ISIS. La organización terrorista islámica entró aquel día en su aldea, Kocho (Irak), para masacrar a 3.000 hombres, ancianos, niños y discapacitados; secuestrar a 6.500 mujeres y desplazar a más de 400.000 personas. Seis de sus hermanos fueron ejecutados y el resto de su familia, desaparecidos.
Ella se transformó en mercancía con 19 años y fue vendida a sus «dueños» -terroristas del Daesh que jamás mostraron ninguna compasión con ella- que pusieron precio a su cuerpo, 20 dólares, y la violaron sistemáticamente «siguiendo las indicaciones de un manual para la yihad sexual» confeccionado para someterla a ella y al resto de las que, como ella, corrieron tan macabra suerte.
Logró escapar y ahora vive como refugiada en Alemania, amenazada de muerte por el Daesh. En su libro «Yo seré la última» cuenta su desgarradora historia: «He escrito por necesidad. Contar mi experiencia no es agradable. Pero lo hago porque después de tantos años llamando a puertas institucionales, denunciando lo sucedido, seguimos sin poder regresar a nuestro hogar en condiciones de seguridad».
Ha conseguido una histórica resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para la conformación de un equipo de investigación para recabar pruebas de los crímenes cometidos por DAESH.
Nadia no quiere venganza, lucha porque quienes mataron a su familia y la torturaron se enfrenten a un tribunal para responder de sus crímenes. «Lo hago con la esperanza de que la experiencia que yo he vivido, no se repita nunca más con ninguna otra mujer en el mundo», sentencia.
Se lamenta porque la mayoría de los yazidíes viven desprotegidos e inseguros en campos de desplazados, las fosas comunes siguen abiertas y lo más grave y doloroso es que «todavía hay cientos de mujeres y niños cautivos en paraderos desconocidos».
«Lo peor de este genocidio es que sigue en marcha. Hemos perdido nuestra patria y nadie, absolutamente nadie, más allá de las buenas palabras ha pedido responsabilidades judiciales a Daesh por vender a personas, fusilar sin piedad a cientos de hombres y violar a mujeres».
Antes soñaba con ser peluquera. Coleccionaba fotos de peinados y maquillaje de las novias de su región, Sinjar. Ahora sueña con dejar de ser activista, que algún día se haga justicia y regresar a su hogar, aunque nunca «dejaré de estar firmemente comprometida con los derechos humanos». Su valentía y determinación la han hecho merecedora del premio Sàjarov.
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