La misteriosa desaparición de la biblioteca secreta de los Austrias en el incendio del Alcázar de Madrid
Entre los grandes misterios de la historia de España, está la misteriosa desaparición de la biblioteca secreta de los Austrias.
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La Nochebuena de 1734 el viejo Alcázar de Madrid acabó envuelto en llamas. El fuego arrancó en los aposentos del pintor francés Jean Ranc y se propagó sin control durante cuatro días enteros. Casi todo el mundo recuerda aquel desastre por la pérdida devastadora de cuadros de Velázquez, Tiziano o Rubens. Una lástima absoluta. Pero entre aquellos muros de piedra y roble pereció también algo mucho más difícil de cuantificar: la Torre Alta, la biblioteca privada y secreta que los Austrias habían custodiado durante generaciones con celo casi obsesivo.
Aquella colección no era una biblioteca al uso. No buscaba impresionar a las visitas ni acumular tomos lujosos alineados en estanterías de caoba. Era, sencillamente, el cerebro estratégico de un imperio.
El gabinete privado de los reyes eruditos
Para entender la magnitud del desastre hay que fijarse en Felipe II. El rey no solo acumulaba papeles con minuciosidad de burócrata, sino que sentía una fascinación desmedida por el conocimiento práctico.
Mientras El Escorial guardaba los grandes volúmenes oficiales, teológicos y científicos pensados para la posteridad, el Alcázar de Madrid albergaba en sus estancias altas una colección reservada al uso exclusivo del monarca y sus consejeros de máxima confianza.
Allí no entraba cualquiera. Los estantes de la Torre Alta contenían mapas de las rutas de navegación transoceánicas, registros de navegación recibidos recientemente de las Indias y mapas náuticos intrincadamente creados por los cosmógrafos de la Casa de la Contracción.
En esa época un mapa exacto del Pacífico o del Estrecho de Magallanes era tan valioso estratégicamente como un cañón o un código.. Se guardaban bajo llave por pura supervivencia política.
Otras materias más oscuras
A eso se sumaba el interés de los Austrias por materias bastante más oscuras. Textos de astrología, tratado de alquimia, geometría sagrada, cábala y traducciones prohibidas por el Santo Oficio convivían sin problemas con los informes de diplomáticos y espías.
Felipe III y Felipe IV mantuvieron esa costumbre de enriquecer el fondo con legajos raros que les traían de regalo embajadores o eruditos que buscaban el favor de la corte. La biblioteca funcionaba como un centro de inteligencia vivo, donde la ciencia pura, la astrología y los secretos de Estado se solapaban de forma constante.
Las cuatro jornadas que redujeron el saber a cenizas
El incendio estalló en plena Misa del Gallo. El clamor de las campanas de alarma se confundió en un primer momento con los repiques festivos de las iglesias cercanas, lo que retrasó trágicamente la reacción de la guardia. Cuando quisieron darse cuenta, las llamas ya devoraban el entramado interior del viejo castillo medieval.
El pánico se apoderó del palacio. Frailes de San Gil, soldados y criados se lanzaron a los pasillos para salvar lo que podían. Sin embargo, el criterio de rescate fue improvisado y desesperado. La prioridad casi absoluta se la llevaron las joyas de la Corona y los grandes lienzos. Las Meninas escaparon de milagro de aquel infierno de humo.
Los libros no tuvieron tanta suerte. Repartidos en galerías de madera secada por siglos de calefacción de braseros, los volúmenes de la Torre Alta sirvieron de combustible perfecto. Hay testimonios que cuentan cómo hojas de pergamino envueltas en llamas volaban sobre los tejados del Madrid de los Austrias como mariposas de fuego.
¿Destrucción real o pillaje en la confusión?
Durante mucho tiempo la versión oficial dio por sentado que la biblioteca secreta había quedado reducida a polvo. La realidad, cuando se examinan las fuentes con algo de ojo crítico, resulta bastante más turbia.
Semanas después de sofocado el incendio, los empleados de la Casa Real recogieron miles de volúmenes empapados por la nieve y embarrados en las inmediaciones de la plaza y el Campo del Moro. Una buena parte se llevó a toda prisa al convento de los Carmelitas Descalzos y acabó integrando, con el tiempo, los fondos iniciales de la Real Biblioteca Pública. Sin embargo, el desorden generalizado abrió una ventana perfecta para el pillaje.
En medio de aquel caos de cuatro días con puertas abiertas y guardias desbordados, bastantes cajas con manuscritos raros cambiaron de manos. Es fácil imaginar a diplomáticos extranjeros o a simples avispados llevándose legajos bajo la capa.
Con el paso del tiempo, diversos códices que lucían en sus encuadernaciones el súper libro real de los Austrias comenzaron a asomar en subastas y colecciones privadas de París, Londres o Roma. No todo se lo tragó el fuego; una parte importante sencillamente se dispersó.
El enigma de los catálogos perdidos
El gran problema para los historiadores actuales no es solo que se quemaran los libros, sino que nos quedamos sin saber exactamente qué había en aquellas estanterías. A diferencia de la gran biblioteca escurialense, minuciosamente catalogada por el padre José de Sigüenza, el gabinete del Alcázar no disponía de un registro público accesible. Se llevaba en privado por motivos evidentes de seguridad.
Años más tarde, sobre las cenizas del viejo castillo, los Borbones levantaron el actual Palacio Real de estilo francés. Una mole brillante y simétrica que tapó para siempre los secretos y las sombras de aquella torre donde los reyes leían a la luz de las velas.
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