Viktor Frankl: «Cuando ya no podemos cambiar una situación, solo tenemos un desafío»
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- Laura Mesonero
- Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.
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De forma inevitable, a lo largo de la vida nos encontramos con situaciones que nos llevan al límite. Momentos profundamente incómodos que, cuando pasa el tiempo y los miramos con perspectiva, incluso nos hacen preguntarnos cómo fuimos capaces de soportar tanto dolor. Una ruptura inesperada, una pérdida que llega demasiado pronto, una despedida cuando todavía no estábamos preparados o una traición que rompe todos nuestros esquemas.
Hay experiencias que no elegimos y que, sin embargo, nos toca atravesar. Y aunque la teoría parece sencilla, enfrentarse a ellas puede convertirse en una de las tareas más difíciles emocionalmente. Sin embargo, como ocurre con casi todo aquello que nos sucede, la psicología y la psiquiatría han estudiado durante años cómo afrontar estas circunstancias con mayor fortaleza, cuidando nuestra salud mental y encontrando una manera de seguir avanzando.
No se trata de negar el dolor ni de fingir que nada ocurre, sino de aprender a convivir con aquello que no podemos cambiar. Entre quienes más han reflexionado sobre esta cuestión se encuentra Viktor Frankl, neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco, fundador de la logoterapia, una corriente basada en la búsqueda de sentido. Con una sola frase fue capaz de resumir una de las ideas más poderosas sobre la capacidad humana para resistir: «Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos».
La única libertad que nadie puede quitarte
La frase de Frankl encierra uno de los pilares fundamentales de su pensamiento: no siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí podemos decidir la actitud con la que respondemos.
Para el psiquiatra, esta era la última libertad humana. Una libertad que permanece incluso cuando las circunstancias externas desaparecen o escapan completamente de nuestro control.
«No podemos controlar todo lo que nos ocurre, pero sí podemos decidir cómo respondemos», defendía Frankl. Y precisamente ahí encontraba la dignidad del ser humano: en la capacidad de transformar la manera en la que afrontamos aquello que la vida nos pone delante.
Esta idea no significa aceptar pasivamente el sufrimiento ni resignarse. Frankl insistía en que siempre debemos intentar cambiar aquello que esté en nuestras manos, pero cuando llega un punto en el que la realidad no puede modificarse, queda una última posibilidad: trabajar sobre nosotros mismos.
Un hombre que descubrió el sentido incluso en el horror
Viktor Frankl no llegó a estas conclusiones únicamente desde la teoría. Su pensamiento nació de una de las experiencias más traumáticas que puede vivir un ser humano.
Nacido en Viena en 1905, estudió medicina y psiquiatría y desarrolló la logoterapia, una forma de terapia basada en una idea esencial: las personas necesitan encontrar un sentido para poder seguir adelante.
Pero durante la Segunda Guerra Mundial fue deportado junto a su familia a campos de concentración nazis. Sobrevivió a Auschwitz y a otros campos, aunque perdió a su mujer, a sus padres y a su hermano.
Después de aquella experiencia, lejos de quedarse únicamente en el sufrimiento, Frankl salió con una convicción todavía más fuerte: incluso en las situaciones más extremas, una persona conserva la capacidad de elegir su respuesta interior.
Fue precisamente esa reflexión la que plasmó años después en su obra más conocida, El hombre en busca de sentido, donde explicó cómo incluso en las circunstancias más crueles el ser humano puede encontrar una razón para continuar.
El sentido como motor para seguir viviendo
La logoterapia de Frankl parte de una idea diferente a otras corrientes psicológicas de su época. Según él, las personas no se mueven únicamente por buscar placer o evitar el dolor, sino por encontrar un significado a su existencia.
Para Frankl, tener un motivo es lo que permite resistir incluso cuando la realidad es complicada.
Ese sentido no tiene que ser algo extraordinario. No hace falta cambiar el mundo, alcanzar grandes logros o hacer algo que pase a la historia. Puede encontrarse en cosas mucho más sencillas como cuidar de alguien, ser un buen amigo, realizar un trabajo con dedicación, crear algo, amar o comprometerse con aquello que importa.
Cambiar desde dentro cuando fuera nada cambia
La reflexión de Frankl no es solo una idea filosófica, sino también una herramienta práctica para afrontar momentos difíciles.
Cuando una situación escapa completamente a nuestro control, la lucha contra la realidad suele aumentar el sufrimiento. En cambio, aceptar que no podemos modificar ciertos acontecimientos permite dirigir la energía hacia aquello que sí depende de nosotros: nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestra manera de interpretar lo ocurrido.
Preguntarse “¿qué puedo hacer hoy con lo que tengo y con quien soy?” es, para muchos expertos, una forma de recuperar parte del control perdido.
Aunque no elimina el dolor, pero cambia la relación que tenemos con él.
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