El sacrificado oficio que aún existía en la posguerra española y era fundamental en la industria de la construcción
La triste costumbre de la posguerra española que ya nadie hace
Durante la posguerra se veían por todas partes, pero hoy casi nadie hace esto
El oficio esencial para la supervivencia que estuvo en el punto de mira
La posguerra española se caracterizó profundamente por la escasez de materiales industriales y pofr la necesidad de reconstruir infraestructuras y viviendas en numerosas localidades. En ese contexto, la actividad económica dependía en gran medida de trabajos manuales ligados al entorno natural y al aprovechamiento directo de los recursos disponibles.
Muchos de estos oficios, transmitidos de forma familiar, mantuvieron en funcionamiento sectores esenciales durante la posguerra. Entre ellos destacó una actividad estrechamente vinculada a la construcción tradicional y a la producción de un material básico para morteros, revestimientos y otros usos arquitectónicos.
¿Qué oficio de la posguerra fue indispensable para la industria de la construcción?
El oficio al que hacemos referencia es el de calero, un trabajo que consistía en producir cal a partir de piedra caliza mediante un proceso de cocción en hornos tradicionales. Recordemos que durante siglos, la cal fue uno de los principales materiales de la construcción, utilizado antes de la expansión del cemento moderno.
En la posguerra, cuando los recursos industriales eran limitados, esta actividad adquirió una importancia especial. La cal se empleaba como argamasa mezclada con arena, para unir piedras o ladrillos, pero también para revestir paredes, blanquear fachadas o elaborar pinturas tradicionales.
El trabajo del calero no se limitaba únicamente a la cocción de la piedra. El oficio incluía varias tareas relacionadas con todo el proceso productivo, detalladas a continuación:
- Extracción de piedra caliza.
- Transporte de la materia prima hasta los hornos.
- Control del proceso de cocción.
- Distribución del material obtenido.
En muchas zonas rurales, especialmente en áreas con abundancia de roca caliza, esta actividad representaba una fuente importante de ingresos para numerosas familias.
¿Cómo eran los hornos de cal utilizados en la posguerra?
La producción de cal se realizaba en estructuras conocidas como hornos de cal o caleras. Estas construcciones solían consistir en un pozo excavado en el terreno, con varios metros de profundidad y paredes recubiertas de arcilla para conservar el calor durante la cocción.
Los hornos se instalaban en lugares donde existían las dos materias primas necesarias para la producción: la piedra caliza y el combustible vegetal, normalmente leña.
Por esta razón, era frecuente encontrar caleras en zonas de sierra o cerca de canteras naturales. El transporte de la piedra se realizaba habitualmente con carros tirados por animales, como bueyes o mulas.
La preparación del horno requería una técnica concreta. Los trabajadores colocaban las piedras formando una estructura en forma de bóveda que permitía mantener el conjunto estable durante el proceso de calentamiento. Una vez completada esa primera disposición, el resto del horno se rellenaba con más piedra y combustible.
Este sistema permitía alcanzar las temperaturas necesarias para transformar la caliza en cal mediante un proceso conocido como calcinación.
Obtener la cal, todo un proceso artesanal
La producción de una hornada de cal implicaba un trabajo prolongado y organizado. En primer lugar, era necesario limpiar el horno de restos de cocciones anteriores y revisar el revestimiento de arcilla para evitar pérdidas de calor.
Posteriormente se cargaba el horno con piedra caliza y combustible. Esta fase podía durar varios días dependiendo del número de trabajadores disponibles.
Cuando todo estaba preparado, comenzaba la fase de cocción, que normalmente se prolongaba durante tres días y dos noches. Durante ese tiempo, el fuego debía mantenerse constante para alcanzar temperaturas cercanas a los 900 o 1.000 grados, necesarias para transformar la piedra.
Los operarios se turnaban para vigilar el horno y alimentar el fuego de forma regular. Entre sus tareas se encontraban estas:
- Añadir leña al horno.
- Controlar la temperatura interior.
- Retirar cenizas acumuladas.
Durante las primeras horas de cocción era habitual que el horno produjera grandes columnas de humo blanco, causadas por la evaporación del agua contenida en la piedra. Con el paso del tiempo, el color del humo cambiaba y las piedras del interior adquirían un tono más claro.
Una vez finalizada la cocción, el horno se sellaba parcialmente para que el interior se enfriara lentamente. Este proceso podía prolongarse durante varios días.
Cuando la estructura ya estaba fría, se abría el horno y se retiraba la piedra calcinada. Si las piezas resultaban ligeras y se rompían con facilidad, significaba que el proceso se había realizado correctamente.
El abandono de los hornos de cal en la segunda mitad del siglo XX
El oficio de calero comenzó a desaparecer progresivamente a partir de la segunda mitad del siglo XX. La expansión de la industria del cemento y la mecanización de los procesos productivos redujeron la necesidad de fabricar cal mediante métodos tradicionales.
Entre las décadas de 1960 y 1970, muchos hornos dejaron de funcionar y fueron abandonados. Las estructuras que durante generaciones habían formado parte del paisaje rural quedaron en desuso o acabaron deteriorándose con el paso del tiempo.
Hoy en día, los restos de algunas caleras todavía pueden encontrarse en distintos puntos de España. En ciertos casos han sido restauradas o señalizadas como elementos del patrimonio etnográfico, recordando la importancia que tuvo este trabajo en la historia de la construcción.
Ejemplo de lo mencionado son las Caleras de la Sierra de Morón de la Frontera, en Sevilla, donde se conserva la producción artesanal de cal y su valor cultural; y los Hornos de Cal de La Guirra, en Fuerteventura, protegidos como Bien de Interés Cultural.
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