Curiosidades
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La reflexión de Alejandro Magno que deberíamos aplicar hoy en día: «No distingo a los hombres entre griegos y bárbaros, como hacen las personas de mente cerrada»

  • Ángel Pérez
  • Soy Ángel Pérez, periodista titulado por la Universidad Europea y con un máster de Periodismo Deportivo en la Universidad Villanueva.

Más de dos mil años después, algunas reflexiones de la Antigüedad siguen invitándonos a pensar sobre la sociedad en la que vivimos. Una de ellas se atribuye a Alejandro Magno y cuestiona la costumbre de dividir a las personas en función de su origen, una idea que todavía hoy plantea una interesante lección sobre los prejuicios y la tolerancia.

Las claves de esta reflexión se basan en la unidad humana y no definir por etiquetas geográficas o culturales; la apertura mental para rechazar el racismo, la xenofobia y los nacionalismos extremos; un liderazgo inclusivo para integrar diferentes puntos de vista y una empatía global para facilitar la cooperación internacional y el respeto mutuo en un mundo lleno de divisiones.

Alejandro Magno también buscaba recordar el mérito sobre el lugar de nacimiento, que había que superar el prejuicio intelectual, ser más pragmático colaborando con aquellos que piensan diferente. Todas estas ideas tenían que pasar de generación en generación y siguen vigentes hoy en día.

Alejandro Magno. Imagen generada con IA.

Quien fue Alejandro Magno

Alejandro Magno nació en Pella y fue rey de Macedonia desde el año 336 a. C. hasta su muerte. Llegó a recibir clases del famoso filósofo griego Aristóteles, quien le llegó a enseñar ciencia, literatura y filosofía. Era hijo del rey Filipo II y de la reina Olimpia de Epiro y subió al poder a los 20 años, tras el asesinato de su padre. En diez años de campañas militares, llegó a crear uno de los imperios más grandes de la Edad Antigua.

Cruzó el Helesponto para invadir el Imperio persa con 400.000 hombres, les venció en batallas clave como Gránico, Issos y Gaugamela, se coronó faraón de Egipto y fundó la ciudad de Alejandría. En el año 323 a. C. murió en Babilonia después de una fiebre repentina (algunos apuntan a enfermedades como la malaria, que se prolongó durante varios días). Tras su fallecimiento, sus generales se enfrentaron por el control de los territorios conquistados.