José Saramago, premio Nobel de Literatura portugués: «Lo mejor que me ha pasado en la vida es que me despidieran del trabajo»
José Saramago nació en 1922 en Azinhaga, una aldea portuguesa de campesinos sin tierra a orillas del Tajo. Su familia no podía costearle los estudios, así que empezó a trabajar a los 15 años y fue acumulando empleos. Fue mecánico en un taller metalúrgico, funcionario en la Seguridad Social, empleado de seguros, editor, traductor y, finalmente, periodista.
En noviembre de 1975, a los 52 años, lo despidieron del periódico donde trabajaba como director adjunto. No tenía grandes novelas publicadas ni era conocido fuera de los círculos periodísticos de Lisboa. Ese despido, sin embargo, lo cambiaría todo.
«El despido fue la mejor suerte de mi vida», la frase de José Saramago sobre el momento que lo convirtió en escritor
José Saramago lo repetiría en varias entrevistas a lo largo de su vida: «El despido fue la mejor suerte de mi vida. Me hizo parar y reflexionar. Fue el nacimiento de mi vida como escritor».
En algunas versiones la frase aparece con una forma ligeramente distinta: «Lo mejor que me ha pasado en la vida es que me despidieran del trabajo».
El despido al que se refería ocurrió en noviembre de 1975 y fue consecuencia de un giro político en Portugal. Saramago era, desde abril de ese año, director adjunto del Diário de Notícias, uno de los principales periódicos del país.
Tras el golpe político-militar del 25 de noviembre, que frenó el proceso revolucionario y redujo la influencia del Partido Comunista, el periódico cambió de orientación y Saramago perdió el cargo. Tenía 52 años, era militante comunista desde 1969 y no contaba con ingresos alternativos.
De mecánico a director de periódico: los oficios de Saramago antes de la literatura
Nacido en el seno de una familia de campesinos sin tierra, Saramago tuvo que abandonar los estudios a los quince años por razones económicas. Sus primeros empleos no tenían nada que ver con las letras: fue mecánico en un taller metalúrgico y luego funcionario administrativo en la Seguridad Social.
Con el tiempo se fue acercando al mundo editorial. Trabajó durante doce años como traductor, con obras de Tolstói, Maupassant, Baudelaire y Colette, y también como editor en varias casas editoriales. En paralelo escribía crítica literaria y artículos de opinión.
Con 47 años, en 1969, se afilió al Partido Comunista Portugués, que operaba en la clandestinidad bajo la dictadura de Salazar y Caetano. Cuando llegó la Revolución de los Claveles en abril de 1974, Saramago tenía 51 años y estaba en posición de ejercer el periodismo político activo.
Por qué tenía razón: toda la obra de Saramago llegó después del despido
Para entender la magnitud de la frase, basta con ver en qué año publicó su primera novela relevante. Fue en 1980, con 58 años.
Levantado del suelo, que narra la vida de los campesinos alentejanos bajo el Estado Novo, fue el punto de partida de una obra que no existiría sin el tiempo que el despido le obligó a tomarse. A esa novela le siguieron Memorial del convento (1982), El evangelio según Jesucristo (1991) y Ensayo sobre la ceguera (1995).
Toda su producción literaria de peso quedó concentrada en los años que van del despido al Nobel, que recibió en 1998, a los 75 años. La Academia Sueca destacó su capacidad para «hacer comprensible una realidad huidiza» a través de parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía.
José Saramago fue el primer escritor en lengua portuguesa en recibir ese galardón. Nada de eso habría llegado a publicarse si en noviembre de 1975 no lo hubieran puesto en la calle.
La filosofía detrás de la frase: por qué un despido puede ser el mejor punto de partida
La validez del argumento de Saramago no descansa solo en su caso personal. Hay un mecanismo reconocible en su experiencia: cuando se interrumpe de golpe una rutina laboral instalada durante años, el tiempo que queda no es un vacío, sino un espacio en el que pueden aparecer preguntas que la ocupación diaria mantiene silenciadas.
Saramago llevaba décadas trabajando para otros, en empleos que nunca fueron del todo suyos. Cuando se quedó sin esa estructura externa, tuvo que preguntarse qué quería hacer realmente. La respuesta fue escribir.
Y desde luego, que esa respuesta tardara décadas en llegar no la invalida. Saramago publicó su primera gran novela a los 58 años y ganó el Nobel a los 75. Su trayectoria es un argumento concreto, no una teoría, contra la idea de que la edad cierra puertas o de que las segundas oportunidades llegan solo para los jóvenes.
El escritor lo explicó con una claridad que sus novelas también practican. Los golpes que parecen destruir a veces son los únicos que obligan a construir algo que vale la pena.