Los expertos en psicología coinciden: una sola frase puede detener una discusión antes de que las cosas se salgan de control
Frenar con esta frase una discusión puede evitar que las cosas se descontrolen
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No todas las discusiones tienen por qué acabar mal ya que estar en desacuerdo forma parte de cualquier relación y, en ocasiones puede ser incluso positivo, si pensamos que sirve para replantearse una idea o llegar a una solución mejor. El problema llega cuando dejamos de hablar sobre lo que ha ocurrido y empezamos a atacarnos. Subimos el tono, sacamos reproches o asuntos del pasado y escuchamos sólo lo necesario para poder rebatir a gritos lo que nos están diciendo. En ese momento, resolver el motivo que inició la conversación pasa casi a un segundo plano.
El psicólogo organizacional Adam Grant lleva años hablando del valor del desacuerdo y de lo fácil que resulta caer en el pensamiento de grupo cuando nadie cuestiona nada. Evitar cualquier conflicto no parece, por tanto, la solución. Lo importante es saber reconocer cuándo una conversación está tomando otro camino y tratar de reconducirla. Y para ello, recomienda una frase: «Me gustaría que nos centráramos en aquello en lo que estamos de acuerdo».
Los expertos en psicología coinciden: una sola frase puede detener una discusión
En plena discusión solemos hacer justo lo contrario. Nos fijamos en cada diferencia, buscamos el punto débil del argumento del otro y tratamos de explicar por qué nuestra postura es la correcta. Y cuanto más se prolonga el intercambio de palabras, más fácil resulta acabar hablando de asuntos que ni siquiera estaban sobre la mesa cuando empezó. Por ello, buscar algo en lo que ambos coincidan cambia el punto desde el que se está hablando. Pongamos como ejemplo una pareja que discute sobre los gastos de casa. Quizá uno quiera ahorrar más y el otro considere que ya están haciendo suficientes esfuerzos. Pueden pasar media hora discutiendo sobre cada compra o empezar por reconocer algo bastante más básico: los dos quieren tener unas cuentas que les permitan vivir tranquilos. El desacuerdo continúa, pero ya existe un objetivo compartido desde el que negociar.
Decir «me gustaría que nos centráramos en aquello en lo que estamos de acuerdo» tampoco equivale a ceder. Nadie tiene que abandonar su opinión ni aceptar algo que considera injusto. La intención es dejar durante un momento de acumular razones contra el otro y averiguar si existe algún punto desde el que sea posible seguir hablando. Eso sí, importa cómo se diga. Pronunciar la frase con ironía, condescendencia o como una orden para que alguien se calme probablemente añadirá otro motivo de enfado. Tiene sentido cuando existe una intención real de escuchar y buscar una salida al problema.
Por qué conviene evitar el «tú siempre» y el «tú nunca»
Algunas expresiones consiguen que una conversación se complique en cuestión de segundos y acabe en discusión. «Tú nunca me escuchas», «siempre haces lo mismo» o «eres un irresponsable» son buenos ejemplos. El asunto concreto desaparece y quien recibe esas palabras puede interpretar que el ataque va dirigido directamente contra él. Una alternativa son los denominados mensajes en primera persona. En vez de «tú nunca me escuchas», podemos explicar «siento que no me estás escuchando». Si el problema es un compromiso que no se ha cumplido, «me preocupa porque habíamos quedado en otra cosa» plantea el mismo malestar de una manera distinta a «eres un irresponsable».
No es simplemente una cuestión de hablar de forma más educada. Sino que cuando alguien siente que está siendo juzgado, lo normal es que quiera defenderse. Y mientras piensa en cómo hacerlo, difícilmente estará prestando demasiada atención a la preocupación que intentamos transmitirle. Otro recurso útil consiste en comprobar qué hemos entendido antes de responder. Una frase como «si te he entendido bien, lo que más te ha molestado es…» da la oportunidad de corregir una interpretación equivocada y de alguna manera no alargará la conversación más de la cuenta.
Escuchar para entender y no sólo para responder
Cuando estamos enfadados es fácil creer que sabemos exactamente por qué actúa así la persona que tenemos delante. El problema es que esas suposiciones no siempre son correctas. Preguntar qué le preocupa o qué necesitaría para solucionar la situación puede aportar bastante más que intentar adivinar sus intenciones.
También podemos expresar lo que creemos que está sintiendo, pero dejando margen para equivocarnos. «Tengo la impresión de que te ha molestado que pareciera que no estaba tomando en serio lo que decías» abre una conversación muy diferente a asegurar «estás enfadado porque no te hice caso». En el primer caso existe la posibilidad de que nos corrijan y nos expliquen qué ocurre realmente.
Todo esto pierde sentido si el único objetivo sigue siendo ganar. En una discusión con la pareja, un familiar, un amigo o un compañero de trabajo, conseguir tener la última palabra puede proporcionar cierta satisfacción durante unos minutos y dejar el problema exactamente donde estaba. Incluso puede añadir uno nuevo. Por eso la frase «me gustaría que nos centráramos en aquello en lo que estamos de acuerdo» funciona más como un cambio de dirección que como un truco psicológico. No promete terminar una pelea de inmediato. Lo que propone es abandonar durante un momento la búsqueda de quién está en lo cierto para encontrar algo que ambas partes quieran solucionar.
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