74 Festival Internacional de Cine de San Sebastián (SSIFF)

La cara más perturbadora de Naomi Watts: la ‘Yegua’ nazi de Majdanek que cambió la historia de EEUU y estremece al Festival de San Sebastián

Naomi Watts interpreta a Hermine Braunsteiner en 'La esposa perfecta', proyectada en la Sección Oficial del SSIFF

Naomi Watts aborda el Holocausto en San Sebastián: "Me daba miedo este papel, debemos estar vigilantes para que no vuelva a ocurrir"

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Hermine Braunsteiner en una imagen recatada de los campos de concentración y Naomi Watts en 'La esposa perfecta'. (Neon)
Paula M. Gonzálvez

Parece mentira que una cara tan amable como la de Naomi Watts pueda resultar tan perturbadora. La actriz, premiada con el Premio Donostia por una carrera brillante que «cambió David Lynch», al que se lo agradeció, ha dado de nuevo una lección magistral en las pantallas del Festival Internacional de Cine de San Sebastián con La esposa perfecta (The Housewife). Watts es el alma de la película, aunque en este caso esa «alma hermosa» a la que se refería Lynch es sólo la fachada de una energía mucho más oscura.

La película se ubica en el Queens de 1964. Un joven periodista de The New York Times, Joseph Lelyveld (Tye Sheridan), sigue la pista facilitada por el cazanazis Simon Wiesenthal sobre un antiguo oficial del Tercer Reich oculto en Nueva York. Sin embargo, al cruzar el umbral del hogar familiar de Russell (Luke Evans), el supuesto nazi, el reportero no encuentra a un criminal despiadado a simple vista, sino a una pulcra y atenta ama de casa de modales impecables: Hermine Ryan (Naomi Watts).

Lo que hace escalofriante a La esposa perfecta, además de la doble personalidad de la que dota Naomi Watts a su personaje, es la historia real tras la ficción. La cinta se inspira en Hermine Braunsteiner, conocida en los campos de concentración de Majdanek y Ravensbrück como Kobyła, término polaco que significa yegua. Sus víctimas la apodaron así por su brutalidad y su afición a pisotear a las prisioneras.

Tras la guerra, Braunsteiner se casó con un estadounidense, obtuvo la ciudadanía y camufló sus atrocidades tras la rutina de un amable barrio residencial. Su caso sentó un precedente histórico en Estados Unidos: Hermine Braunsteiner se convirtió en la primera ciudadana estadounidense naturalizada en ser extraditada a Alemania, para que se le juzgara en el país germano por crímenes contra la humanidad.

Bajo los mandos de Ben Shirinian, que debuta en la dirección de un largometraje con esta película, Naomi Watts perturba con su dibujo de la aterradora distancia entre una fachada impecable y los crímenes de un pasado inconfesable. La actriz mantiene al público en tensión, a la espera de que su apacible gesto y sonrisa se diluyan y abran paso a un brote de salvajismo, el de su verdadera naturaleza.

La actriz ejecuta un prodigioso ejercicio de transmutación psicológica y maestría escénica, con los que desafía las leyes de la física emocional a través de dos momentos cumbre donde su máscara se quiebra de forma instantánea. Con precisión quirúrgica y en apenas un parpadeo, desmantela una fachada de calculada docilidad para revelar, en un abismo de décimas de segundo, la naturaleza voraz de una psique diametralmente opuesta.

El primero de estos vuelcos ocurre en la sobriedad del tribunal: al sostener la mirada de una superviviente del campo de concentración donde ella misma sirvió, el rostro de Watts sufre un sismo silencioso; la falsa fragilidad de la mujer desvalida se evapora por completo, y deja al descubierto la gélida y altiva soberbia de la antigua guardiana nazi. No hay transición aparente, ni puentes dramáticos que suavicen la caída: un sutil repliegue en la comisura de los labios o la súbita frialdad que congela su mirada bastan para que el espectador asista a una metamorfosis total, donde la vulnerabilidad más conmovedora da paso a una inquietante lucidez.

Esa misma ferocidad latente emerge de manera doméstica y visceral en la intimidad de su hogar, cuando la dócil ama de casa desaparece por completo; basta que la mirada del periodista se pose sobre una medalla para que emerja instantáneamente Kobyla.

Naomi Watts ofrece una interpretación milimétrica y compone un personaje de apariencia pulcra pero aterradora. El desconcierto no deja adivinar dónde acaba la vecina modélica y dónde empieza la criminal de guerra. A su lado, Tye Sheridan cumple bien como el reportero cuya ética se tambalea, respaldado por apariciones contundentes como la de Lena Olin en el papel de una superviviente del Holocausto a la que le bastan pocas escenas para arrastrar la emoción.

Es en su primera hora donde la película alcanza sus mejores momentos. Ben Shirinian maneja con solvencia este thriller psicológico donde la tensión se construye en los pequeños detalles: la simetría de un peinado, un silencio incómodo o una mirada demasiado calculada. A medida que el guion de Alyssa Hill abandona la intimidad del hogar para adentrarse en los trámites judiciales de la extradición y los conflictos del periodista, la película se vuelve un drama procesal, un giro que le hace perder fuerza.

Sin embargo, La esposa perfecta es una interesante reflexión sobre la banalidad del mal y sobre cómo la complicidad y el autoengaño pueden instalarse en cualquier entorno cotidiano. Es, por encima de todo, la pareja ideal de Naomi Watts para este Festival de San Sebastián: un vehículo interpretativo para la actriz que justifica plenamente el reconocimiento recibido con el premio Donostia.

Al mismo tiempo, es una prueba más de la magnitud del Holocausto como el episodio más oscuro de la Historia, un genocidio de una dimensión tan grande que sigue dando lugar a que, más de 80 años después de la liberación de los campos de concentración y exterminio, sigan surgiendo historias desconocidas para el gran público. A esto también hizo alusión la actriz australiana en su comparecencia en el Festival de San Sebastián: «Me daba miedo interpretar este papel, a nivel mental fue complicado. Éste es un momento de mucho temor en el mundo y debemos estar vigilantes para que no vuelva a ocurrir».

Tras su paso por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, el estreno de la película en salas está previsto para este último trimestre de 2026.