La anticuaria de Madrid que conquista Hollywood: «Bruce Springsteen nos visitó y Christopher Lloyd compró unos gemelos»
El Anticuario Lagasca de Consuelo Sierra guarda historias protagonizadas por rostros como Bruce Springsteen
Consuelo Sierra fue quien regaló a Víctor de Aldama una pequeña cruz de plata
El Anticuario Lagasca se encuentra en pleno centro de Madrid
En pleno centro de Madrid, entre piezas de otras épocas, joyas, objetos de colección y antigüedades que han pasado de unas manos a otras, se esconde un pequeño rincón con una lista de clientes mucho más llamativa de lo que cualquiera podría imaginar. El Anticuario Lagasca, regentado por la anticuaria y gemóloga Consuelo Sierra, ha recibido a lo largo de los años a rostros muy conocidos de la música, el cine y la cultura. Algunos llegaron buscando una pieza concreta; otros simplemente entraron movidos por la curiosidad. Y hay incluso quien pasó una tarde entera prácticamente al lado de Consuelo sin que ella se diera cuenta de que tenía a una estrella mundial delante.
La historia de este particular anticuario volvió a cobrar protagonismo por la pequeña cruz de plata que Consuelo regaló a Víctor de Aldama, una historia que COOL ya contó tras visitar el establecimiento y hablar con la propia anticuaria. Ahora, la conversación con Consuelo permite descubrir mucho más sobre aquel detalle y, sobre todo, sobre las historias que se esconden detrás de las vitrinas de su tienda. Porque la cruz, en realidad, es una pieza prácticamente insignificante desde el punto de vista económico.
Consuelo explica que llegó a sus manos a través de los habituales circuitos del mercado de antigüedades: subastas de particulares, profesionales y mercados especializados, como los que existen en Madrid o en otras grandes ciudades europeas. Cree que se trata de una pieza de comienzos del siglo XX, realizada en plata y decorada con piedras que, según su valoración, no serían diamantes ni zafiros blancos, sino probablemente vidrio. Su diseño, además, le llamó especialmente la atención: una espada que adopta también la forma de una cruz, algo que fue precisamente lo que la llevó a pensar que podía ser un detalle especial. «Eso fue un poco lo que a mí me movió a decirle: ‘Mire, llévese un detalle de mi tienda’», explica. Y deja claro un asunto que se había puesto en duda en los últimos días: no fue un préstamo. Fue un regalo. «No es un regalo, era un regalo. Esa pieza es suya», sentencia Consuelo, que asegura que Aldama puede conservarla, disfrutarla o utilizarla como considere.
La anticuaria insiste, además, en que el valor económico de la pieza es muy reducido. La cruz pesa alrededor de cuatro gramos y su valor intrínseco estaría ligado fundamentalmente al precio de la plata. «Quizás en 10 euros a mí me daría vergüenza pedir 10 euros», reconoce. Otra cosa sería fabricar una pieza nueva, donde entrarían en juego la mano de obra, el molde y los costes de producción. Pero como objeto antiguo, su valor económico es prácticamente anecdótico. Lo que hizo que Consuelo quisiera regalársela fue precisamente su simbolismo.
Bruce Springsteen miró su escaparate y ella ni se enteró
Una de las anécdotas más curiosas que ha vivido Consuelo tiene como protagonista nada menos que a Bruce Springsteen. Ocurrió hace años, cuando la anticuaria tenía otra tienda en la zona de Puerta de Toledo, dentro de una galería comercial en la que había varios establecimientos. El cantante estadounidense se encontraba en Madrid y terminó acercándose hasta aquel centro comercial. Antes de entrar en uno de los locales vecinos, se quedó mirando el escaparate de la tienda de Consuelo. El problema es que ella estaba trabajando dentro y no reparó en absoluto en quién tenía prácticamente delante.
La revelación llegó al terminar la jornada. Su marido le preguntó qué había hecho durante la tarde y, ante su respuesta, le soltó la sorpresa: «¿Es que no te has dado cuenta de que estaba Bruce Springsteen?». Consuelo recuerda la escena entre risas: «Luego estuvimos toda la tarde riéndonos», cuenta. La anécdota tiene todavía más gracia porque el cantante había estado mirando su escaparate y ella ni siquiera llegó a identificarlo. Una estrella mundial podía estar a escasos metros y, para Consuelo, simplemente había sido otra tarde de trabajo.
El ‘Doc’ de Regreso al futuro también acabó dentro del anticuario
Otro de los grandes nombres internacionales que han cruzado las puertas de su establecimiento es Christopher Lloyd, el actor que dio vida al inolvidable ‘Doc Brown’ de Regreso al futuro. El intérprete viajó a Madrid con motivo de una visita a El Hormiguero, relacionada con el aniversario de sus películas, y terminó entrando en el anticuario. Consuelo recuerda que llegó acompañado por otra persona que parecía tener bastante más interés por las antigüedades. Fue la secretaria de su hermano quien acabó llevándolos hasta la tienda.
«Él hablaba muy poco, no miraba, pero era un mundo como que yo veía que no le atraía mucho», recuerda la anticuaria. Aun así, la visita terminó con un pequeño detalle por su parte. Consuelo conserva incluso una fotografía del momento y recuerda haber preparado el regalo en «una cajita muy mona». Lo que ya no recuerda con exactitud es qué había dentro: «No sé si podían ser unos gemelos o algo así», explica entre risas.
Un miembro de Els Joglars y un cantante que buscaba regalos para su mujer
La lista de clientes conocidos tampoco se limita a Hollywood. A lo largo de los años, el establecimiento ha recibido a distintas personalidades de la cultura española. Entre ellas, uno de los componentes de Els Joglars, compañía teatral fundada en 1962 en Barcelona por Albert Boadella, Carlota Soldevila y Anton Font, que tenía un interés muy concreto por determinados objetos relacionados con el peinado. Consuelo no desvela su identidad, pero sí recuerda que acudía a la tienda para buscar precisamente ese tipo de piezas. En aquella época, además, ella compaginaba el trabajo en el anticuario con la crianza de su hijo, que entonces era pequeño, por lo que era habitualmente su marido quien atendía a este cliente. «Te estoy hablando ya de hace muchos años», recuerda.
También guarda en la memoria a algún cantante que acudía regularmente a comprar regalos para su esposa. Son recuerdos de una época en la que el anticuario funcionaba como un pequeño punto de encuentro para personas con intereses muy concretos y en la que, como explica Consuelo, la relación con los clientes se construía alrededor de las piezas y de la búsqueda de objetos singulares. Una discreción que parece formar parte del propio oficio de anticuaria: conocer quién entra por la puerta, pero saber también qué historias deben quedarse dentro.