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CASA REAL ESPAÑOLA

La historia prohibida de Marivent: el palacio que nunca fue para los Reyes

El Palacio de Marivent es mucho más que la residencia de verano de la Familia Real.

Antes de convertirse en el refugio estival de los Reyes, fue el hogar de un pintor

Se trata de Joan de Saridakis, quien lo donó para que se transformara en un museo abierto al público

  • Marta Menéndez
  • Jefa de Corazón y Crónica Social en COOL. Periodista especializada en celebrities, televisión, moda y realeza, con experiencia en medios como Cadena SER, El Independiente y Diez Minutos. Actualmente cuento las historias detrás de los grandes nombres de la crónica social, con especial foco en actualidad, casas reales y televisión.

Cada verano se repite la misma escena. Las cámaras apuntan hacia una verja blanca situada sobre los acantilados de Cala Major, en Palma. Los fotógrafos esperan la salida de Felipe VI, la Reina Letizia, la princesa Leonor o la infanta Sofía. Dentro, lejos del ruido, la Reina Sofía sigue encontrando refugio en el lugar que considera su auténtico hogar. Marivent se ha convertido desde hace más de medio siglo en el símbolo de los veranos de la Familia Real española, el escenario del tradicional posado estival y el lugar donde el Rey recibe al presidente del Gobierno antes de poner fin al curso político. Sin embargo, hay una historia que casi nunca se cuenta. Porque ese palacio no nació para los Borbones. Ni siquiera nació para ser residencia institucional. De hecho, su propietario dejó escrito, negro sobre blanco, que aquel edificio debía convertirse para siempre en un museo abierto a todos los mallorquines. También dejó otra condición todavía más contundente: si algún día dejaba de cumplir esa función, el inmueble debía volver a su familia. Pero nada de eso ocurrió.

La historia de Marivent es la de un legado incumplido, una batalla judicial que terminó en el Tribunal Supremo, cientos de obras de arte saliendo en camiones delante de los ojos de toda Mallorca y un palacio que quedó completamente vacío antes de volver a llenarse de muebles cuyo coste jamás fue explicado públicamente.

Los Reyes Felipe y Letizia, la princesa Leonor, la infanta Sofía y la Reina Sofía en Marivent. (Foto: Europa Press)

Para entender cómo el edificio más fotografiado de los veranos de la monarquía española terminó convirtiéndose en residencia real hay que retroceder un siglo. Mucho antes de que Juan Carlos I y la Reina Sofía pasearan por sus jardines, el lugar era conocido como Can Saridakis, la casa soñada por un hombre cuya vida parecía sacada de una novela de aventuras. Joan —o Juan— de Saridakis nació en Alejandría en 1877, en el seno de una familia de origen griego. Ingeniero de profesión, desarrolló buena parte de su carrera en Chile, donde hizo fortuna gracias a la explotación minera. Sin embargo, su verdadera pasión nunca fueron los minerales ni la ingeniería. Mientras trabajaba en Sudamérica estudió pintura con el prestigioso artista chileno Pedro Lira y comenzó a reunir una importante colección de obras de arte que crecería durante décadas. Cuando decidió retirarse, él y su primera esposa, la escultora francesa Laura Mounier, recorrieron Europa buscando un lugar donde establecerse definitivamente. Fue Mallorca quien terminó conquistándolos.

A comienzos de los años veinte, la isla vivía un momento de enorme efervescencia cultural. Pintores como Joaquín Sorolla o Santiago Rusiñol habían encontrado allí una fuente inagotable de inspiración y numerosos intelectuales europeos elegían Mallorca como refugio creativo. Saridakis quedó fascinado por la luz mediterránea, pero sobre todo por un espectacular acantilado situado en Cala Major, desde el que se dominaba toda la bahía de Palma. Compró la finca, de más de 33.000 metros cuadrados, y encargó al prestigioso arquitecto mallorquín Guillem Forteza la construcción de la residencia con la que siempre había soñado. Las obras se desarrollaron entre 1923 y 1925 y dieron como resultado una elegante villa de estilo regionalista perfectamente integrada en el paisaje. Construida con piedra de marés, rodeada de pinares y abierta al Mediterráneo mediante amplias terrazas, el propio Saridakis decidió bautizarla como Marivent, la unión de dos palabras que resumían la esencia del lugar: mar y viento. Sin embargo, durante décadas los mallorquines siguieron llamándola simplemente Can Saridakis.

Imagen del Museo Saridakis antes de convertirse en residencia veraniega de los Reyes. (Foto: Arruix Mallorca)

Si el exterior impresionaba, el interior era aún más extraordinario. La residencia albergaba cerca de 1.300 obras de arte, una biblioteca con más de 2.000 volúmenes, esculturas realizadas por Laura Mounier, pinturas del propio Saridakis, cerámicas históricas de Manises y Ribesalbes, muebles de enorme valor artístico y piezas atribuidas a maestros como Sorolla, Delacroix o Picasso. No era únicamente una casa, sino una auténtica pinacoteca privada. Sus salones acogían tertulias culturales y reuniones de artistas, convirtiendo Marivent en uno de los principales focos intelectuales de la Mallorca de la primera mitad del siglo XX.

Consciente del valor de aquella colección y profundamente agradecido a la isla que lo había acogido, Saridakis decidió que, tras su muerte, todo su patrimonio permaneciera unido y pudiera ser disfrutado por los mallorquines. Falleció en 1963 y dos años más tarde su viuda, Anunciación Marconi Taffani, cumplió su voluntad mediante una donación a la Diputación Provincial de Baleares. El contrato era muy claro: el edificio, los jardines y todo su contenido debían destinarse «a perpetuidad» a un museo provincial de arte, así como a actividades culturales y de enseñanza artística.

Los Reyes y sus hijas en los Jardines del Palacio de Marivent. (Foto: Europa Press)

Pero el contrato incluía una cláusula que acabaría siendo clave años después. En él se establecía que, si el palacio dejaba de destinarse a museo y a actividades culturales durante un periodo superior a seis meses, la donación quedaría sin efecto y los herederos de Saridakis podrían reclamar los bienes. No era una simple declaración de intenciones, sino una condición legal impuesta por el mecenas para garantizar que su legado se respetara. Durante un tiempo, esa voluntad se cumplió: el Museo Saridakis abrió sus puertas y permitió al público contemplar la colección de arte reunida por su fundador. Sin embargo, aquel proyecto cultural tuvo una vida muy corta. En 1973, el destino de Marivent cambió para siempre.

Los entonces príncipes Juan Carlos y Sofía todavía no contaban con una residencia fija para sus vacaciones de verano. Mallorca era uno de sus destinos predilectos y diferentes gestiones impulsadas por Nicolás Cotoner, jefe de la Casa del príncipe y profundo conocedor de la isla, acabaron convenciendo a la Diputación para ceder Marivent a la futura Familia Real. El 4 de agosto de aquel año, los príncipes tomaban posesión del edificio mientras el museo cerraba definitivamente sus puertas. El acceso público desapareció y comenzaron diversas obras de adaptación supervisadas por la propia Sofía. Se habilitaron nuevos dormitorios, despachos, una piscina y diferentes espacios pensados para la vida familiar. Aquella decisión marcó un antes y un después. La residencia soñada por Saridakis dejaba de ser un espacio cultural para convertirse en un palacio de uso privado. Y, con ello, comenzaba una batalla judicial que se prolongaría durante años.

Juan Saridakis. (Foto: Auctionet)

Los herederos del pintor entendían que la cesión vulneraba claramente las condiciones impuestas en el contrato de donación. Aunque recuperar el edificio resultaba prácticamente imposible, decidieron acudir a los tribunales para reclamar, al menos, el patrimonio artístico que seguía en su interior. La disputa terminó llegando al Tribunal Supremo, que finalmente dio parcialmente la razón a la familia. La sentencia reconocía el derecho de los herederos a recuperar todos los bienes muebles pertenecientes al legado de Saridakis.

Lo que sucedió después fue una de las escenas más insólitas de la historia reciente de Marivent. Durante 1988 comenzaron a salir del palacio cientos de cuadros, esculturas, cerámicas, muebles históricos y miles de libros cuidadosamente embalados. Cuatro grandes contenedores abandonaron la finca cargados con la colección original del mecenas. Entre las últimas piezas en retirarse figuraba una espectacular lámpara de cristal de Murano que había presidido durante décadas uno de los salones principales. El palacio quedó prácticamente vacío. Paradójicamente, el edificio que había sido concebido para albergar una extraordinaria colección artística se encontraba ahora completamente despojado de ella.

Los Reyes Felipe y Letizia junto a la princesa Leonor. (Foto: Europa Press)

Sin embargo, aquel vacío duró poco. Patrimonio Nacional sustituyó inmediatamente los muebles, cuadros y objetos retirados por nuevas piezas que devolvieran al edificio el aspecto propio de una residencia oficial. Nunca trascendió cuánto costó aquella completa redecoración ni qué criterios se siguieron para seleccionar el nuevo mobiliario, un aspecto que continúa despertando preguntas entre historiadores y especialistas en patrimonio.

Con el paso de las décadas, la historia inicial de Marivent fue quedando eclipsada por la presencia de la Familia Real. Entre sus muros han pasado algunos de los principales líderes internacionales de las últimas décadas, desde Carlos y Diana de Gales hasta Bill Clinton, Mijaíl Gorbachov o los emperadores Akihito y Michiko de Japón. Allí crecieron las infantas Elena y Cristina y el entonces príncipe Felipe, mientras la reina Sofía convertía la residencia en su rincón favorito de España. De hecho, sigue siendo ella quien más tiempo pasa en el complejo mallorquín, mientras Felipe VI y la Reina Letizia utilizan principalmente Son Vent, la vivienda independiente incorporada años después al recinto para garantizar una mayor privacidad.