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Cuerpo humano

Cuántas bacterias tiene el cuerpo humano: más que células propias

Cuántas bacterias tiene el cuerpo humano: la cifra real, dónde se concentran, para qué sirven y por qué hay más bacterias que células propias en nuestro organismo.

¿Qué pasaría si desaparecieran todas las bacterias?

Bacterias y cambio climático

Virus y bacterias

  • Francisco María
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Nuestro cuerpo es una maquinaria perfecta que la componen órganos, músculos, huesos y billones de células que se mueven en sincronía. Esta imagen es precisa pero engañosa. No se cuenta con toda la información posible. En cada individuo conviven cantidades descomunales de microorganismos, y entre estos se destacan las bacterias.

Están presentes en la piel, al interior de los dientes, a nivel de la lengua y en diversas áreas del aparato digestivo. La mayor concentración se encuentra en el intestino grueso. No hablamos de visitantes ocasionales.

Cuántas bacterias tiene el cuerpo humano: la cifra exacta

La cifra que suele utilizarse como referencia ronda los 38 billones de bacterias en un adulto. La relación real se aproxima más a 1,3 bacterias por cada célula humana. Y ni siquiera ese dato debería interpretarse como una medida exacta aplicable a cualquier persona.

Contar las bacterias del cuerpo no es como contar glóbulos rojos en una muestra de sangre. Los investigadores trabajan con estimaciones basadas en el volumen de distintos órganos, la densidad de microorganismos y otros cálculos biológicos. El peso corporal, la edad, la anatomía y el tránsito intestinal pueden modificar el resultado.

Hay un detalle que ayuda a entender lo variable de estas cifras. Una parte enorme de las bacterias vive en el colon y acaba siendo expulsada con las heces. Después de ir al baño, el número total de microorganismos del cuerpo puede descender de forma apreciable. Horas más tarde, las poblaciones vuelven a cambiar.

Pese a sumar decenas de billones, su peso conjunto es relativamente pequeño. Las bacterias son microscópicas y la microbiota representa solo unos cientos de gramos. Su influencia biológica no tiene mucho que ver con el peso. Una cantidad minúscula de microorganismos puede desarrollar una actividad química enorme.

Dónde se concentran más bacterias en el cuerpo humano

Si hubiera que señalar la gran capital bacteriana del organismo, sería el intestino grueso. Con bastante diferencia.

El colon reúne condiciones difíciles de mejorar para muchos microorganismos: temperatura estable, humedad, poco oxígeno y un flujo continuo de sustancias procedentes de la alimentación. Parte de la fibra y otros compuestos que no hemos digerido completamente llegan hasta allí y sirven de alimento a distintas especies bacterianas.

El resultado es una comunidad extraordinariamente compleja. Conviven cientos de especies y las proporciones cambian de una persona a otra. Incluso dos hermanos que comparten casa y comen de manera parecida pueden presentar diferencias considerables en su microbiota intestinal.

La boca tampoco se queda precisamente vacía. La superficie de un diente, la lengua o el espacio situado bajo la encía son ambientes distintos. Cambian la cantidad de oxígeno, la humedad y los nutrientes disponibles. Por eso determinadas bacterias se adhieren con facilidad al esmalte y otras prefieren rincones menos expuestos.

Para qué sirven las bacterias del cuerpo humano

La relación con nuestras bacterias no se limita a tolerarlas. Muchas realizan funciones de las que obtenemos un beneficio directo.

En el intestino, algunos microorganismos se alimentan de partes del alimento que las enzimas humanas no pueden descomponer completamente. La fibra es uno de los ejemplos más reconocidos. Por esa fermentación, los ácidos grasos con cadena corta resultantes son una sustancia que las células intestinales pueden aprovechar. Además, son partícipes en la conservación de la barrera del intestino.

Otras bacterias intervienen en el metabolismo de vitaminas y numerosos compuestos químicos. La actividad es constante. Mientras dormimos, trabajamos o comemos, la microbiota continúa transformando moléculas.

Cuestión de espacio

También hay una cuestión de espacio, bastante sencilla de visualizar. Cuando una comunidad estable ocupa una zona y consume los nutrientes disponibles, deja menos oportunidades a microorganismos potencialmente peligrosos. Es algo parecido a encontrar todos los asientos ocupados al entrar en una sala. Los patógenos pueden llegar, pero instalarse y multiplicarse resulta más complicado.

La microbiota mantiene igualmente una relación estrecha con el sistema inmunitario. Desde los primeros años de vida, el organismo entra en contacto con microorganismos y aprende a responder ante ellos. No todas las bacterias deben desencadenar una reacción defensiva intensa. El sistema inmune necesita reconocer amenazas reales sin atacar continuamente a los habitantes habituales del cuerpo.

Diferencia entre bacterias buenas y bacterias malas en el organismo

Dividir las bacterias entre “buenas” y “malas” resulta cómodo. También es una simplificación.

Existen bacterias claramente patógenas capaces de provocar infecciones y otras cuya presencia se relaciona con funciones beneficiosas. Entre ambos grupos hay una zona bastante más gris. Muchas especies viven normalmente en el organismo sin causar daño y solo generan problemas bajo determinadas circunstancias.

El lugar importa mucho. Una bacteria tolerada en el intestino puede provocar una infección si alcanza otro tejido.

A menudo, lo relevante no es detectar una bacteria concreta, sino entender qué está ocurriendo en el conjunto de la comunidad. Una microbiota con cierta diversidad y estabilidad suele resistir mejor las alteraciones. El equilibrio, aunque la palabra pueda sonar algo imprecisa, es fundamental.

Qué pasa cuando el equilibrio bacteriano del cuerpo se rompe

Cuando una comunidad microbiana cambia de manera importante y pierde su organización habitual se utiliza el término disbiosis. Puede aparecer después de una infección, por modificaciones intensas de la dieta o como consecuencia de determinados tratamientos.

Los antibióticos son el ejemplo más evidente. Son imprescindibles para tratar muchas infecciones bacterianas y han salvado millones de vidas. Al mismo tiempo, no siempre distinguen entre la bacteria que está causando el problema y otras especies sensibles que viven normalmente en el intestino.

Tras un tratamiento, la microbiota puede quedar temporalmente alterada. Algunas poblaciones se recuperan pronto. Otras necesitan semanas o meses y, en ciertos casos, la composición anterior no se restablece exactamente igual.

Somos humanos, claro. Pero nuestra biología diaria también depende de una multitud microscópica con la que llevamos toda la vida conviviendo. Y quizá esa sea la parte más interesante: buena parte de lo que ocurre dentro del cuerpo no lo hacemos completamente solos.