Rebecca Horn, un cisne rojo capaz de humanizar a las máquinas
Rebecca Horn, un cisne rojo capaz de humanizar a las máquinas y al contrario, hacer que el humano supiera que en realidad no deja de ser una máquina casi perfecta, fue una de las mujeres que la vida quiso presentarme y dejar que nos conociéramos lo suficiente, mutuamente.
Ambos vivíamos en Pollença a principios del milenio y la casualidad quiso que tuviéramos un amigo genio, Josep Montes Baquer, el alma sabía que soportó a Salvador Dalí durante sus genialidades estúpidas que, sin embargo, él supo entender. De Josep les hablaré un día como es debido, pero no puedo dejar de añorarle en los comienzos de esta crónica que me devuelve a los momentos más interesantes de una vida, la mía, dedicada a escuchar, sin saber que un día podría hablar de todos esos personajes para ensalzarlos. Rebecca llegó para quedarse en mí, como artista y como mujer que quería dejar lo mejor de sí misma en los que la tratábamos.
Y éramos muchos los mallorquines que formábamos parte de un círculo extenuante porque ninguno era banal, ni poco elevado. Lo común no entraba en esa casa que habitaba Rebecca en lo alto del Calvario de Pollença, pegada al oratorio que se encargaba de cuidar como una extensión de sí misma.
Ella creía que ese lugar recibía una energía poderosísima, la misma que descubrieron los caballeros templarios que la recibieron como don divino, capaz de transformar vidas y acercarlas más a Dios. Pollença, aunque no lo sepa, sigue siendo del Temple, pues toda su cultura se basa en esa orden hospitalaria que echó raíces en ella.
Rebecca practicaba un ritual que compartíamos con ilusión. Dejaba botellas de agua durante la noche en el centro del oratorio convencida de que tras esa purificación y carga energética sería sanadora para los elegidos que éramos invitados a consumirla. A mí me sentaba divinamente, me ponía de tan buen humor, me relajaba tanto que parecía que había consumido alguna de las sustancias que destrozan vidas.
En este caso era todo lo contrario, Rebecca y todo su entorno, sabio y saludable, nos regalaban lo único que importa realmente, tener a ratos lo mejor de la buena vida. Si algo la representaba era esa mujer vestida de sedas que nos recibía en su casa cada fin de año para regalarnos una cena deliciosa, beber de esa agua especialísima con el respeto que la gran dama del arte contemporáneo exigía. Si repetías más de dos vasos te miraba con desaprobación. De lo que es sagrado no se abusa parecía querer decir.
Era tan generosa que año tras año tras la cena nos ofrecía un café y con los posos que dejaba en nuestras tazas volcados sobre un precioso papel nos leía el futuro y los firmaba como una de sus obras más preciadas. Me los robaron un matrimonio de sinvergüenzas sin saber lo que hacían, pues, según Rebecca, quien profanaba su obra acababa teniendo un futuro terrible, ellos y las siete generaciones siguientes.
Rebeca adoraba a Buda, tenía uno en su salón con vistas al pinar trasero de la casa, donde en verano florecían cientos de agapantos. Allá meditaba y allí hablaba de la Kabala, de la Torá y de sus mensajes. El que roba un regalo que ha sido ofrecido desde al amor pierde la vida y sufrirán hasta siete generaciones. Ojo, menuda maldición. Rebecca conocía el futuro y te lo mostraba, no solo contándolo la noche de fin de año.
Su obra lo dice todo, lo canta sin cantar. Amaba la música, amaba el mensaje de paz que nos conmueve al escucharla, como ha conmovido la belleza que ha creado Rosalía cantando, componiendo, creando, haciendo una obra de arte, una performance para la posteridad con el mismo mensaje que ya quiso dar a conocer el cisne de cabello rojo que habitaba una de las colinas de Pollença. No había tenido una vida fácil, ni tampoco la quiso. Le gustaba luchar, aportar desde la diferencia, adoptar lo que le parecía necesario enriquecer y lo hacía con la elegancia de un susurro que se vuelve eco, la vida y obra como testimonio de la tensión entre cuerpo, máquina, deseo y memoria.
Rebecca creció en una Alemania marcada por la derrota y la devastación, y en su juventud comprobó que el lenguaje, el alemán, el francés, el inglés… no bastaba para contener lo que quería decir. Ella misma me confesó que el dibujo le ofreció una vía de escape: «No tenía que dibujar en alemán, francés o inglés, sólo tenía que dibujar». Y vamos si dibujaba, hasta con el café de la premonición. Me regaló una imagen de la Virgen del Carmen.
Un suceso drástico marcó su poética en 1964, manipulando resinas y fibra de vidrio sin protección, sufrió una grave intoxicación pulmonar que la confinó en un sanatorio y la obligó a reconsiderar los materiales, el cuerpo, la fragilidad. Aquel encierro se volvió germen: postrada, aislada, comenzó a dibujar cuerpos que se extienden, se apelotonan, se transforman; a imaginar extensiones, prótesis, cuerpos que cohabitan con objetos, máquinas que respiran, cuerpos que respiran máquinas. El dolor devino revelación y ésta en genialidad. Regalaba amor, sin manifestarlo. Regalaba conocimiento sentándote a su mesa junto a los más grande. Te convertía en parte de su vida haciéndote encargos o pidiendo ayudas fáciles de cumplir.
El último fin de año que pasé con ella su regalo fue una granada pintada en oros y azules sobre su cascara. Los dos frutos que guardaba en mi habitación permanecieron inexplicablemente frescos durante años.
En 2015 sufrió un derrame cerebral en su casa junto al oratorio que tanto amó. Su señora de servicio la encontró en el suelo de la cocina, luchando desde hacía años por sobrevivir. Y fue en Pollença, que no la recuerda hoy ni lo hará nunca, con calle, jardín o plaza, o con una placa cerca de un árbol que recordara a la que fue una de las más grandes de la historia del arte, que honre en el que fue su pueblo elegido la vida de una artista que hizo del cuerpo su taller, de la máquina su pincel y del arte su acto de interrogación.
Horn no murmuró, sino que resonó. El 6 de septiembre de 2024, con 80 años, falleció en Bad König (Alemania). Sus amigos la recordamos y la agradecemos.
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