Ni aislamiento triste ni vida sin sentido: así es realmente la vida de las monjas de clausura que eligieron no salir al mundo
La mayoría de las personas, al escuchar hablar de las monjas de clausura, suelen experimentar una sensación de asombro o incluso de desconcierto, ya que resulta difícil imaginar que alguien decida voluntariamente apartarse del mundo para vivir en el silencio, la oración y el recogimiento. Pero, ¿cómo es realmente así la vida en los conventos de clausura? Tal vez en el pasado esta imagen respondía más fielmente a la realidad, pero hoy en día las circunstancias han evolucionado.
Aunque las monjas de clausura, también conocidas como monjas contemplativas, continúan desempeñando una función muy específica dentro de la Iglesia católica y dedicando su vida a la oración por la humanidad, su papel ha experimentado ciertos cambios con el paso del tiempo. Muchas comunidades han desarrollado una mayor apertura hacia la sociedad, acogiendo a personas que acuden a los monasterios en busca de orientación, apoyo espiritual o un espacio de escucha y serenidad. Este estilo de vida se caracteriza por la sencillez, la austeridad y la renuncia voluntaria a los bienes materiales.
Así es la vida de las monjas de clausura
Según Holyart.es, el día comienza muy temprano, alrededor de las 5:00 horas, con un tiempo dedicado a la oración personal, la meditación y, en algunas órdenes religiosas, el canto de alabanzas a Dios. A las 8:00 horas se celebra la Eucaristía comunitaria y, media hora después, las hermanas comparten el desayuno. Durante la comida, una de las hermanas realiza una lectura espiritual mientras las demás escuchan en silencio. Por la, tarde, a las 18:00 horas rezan el Santo Rosario en comunidad.
Las religiosas renuncian voluntariamente a formar una familia y a mantener relaciones sentimentales para entregarse plenamente a su vocación religiosa. Ahora bien, aunque viven en clausura, no permanecen completamente ajenas a la realidad social. Habitualmente se mantienen informadas de los acontecimientos más relevantes mediante la lectura de periódicos, especialmente de carácter religioso, así como a través de la radio.
Actualmente, algunos monasterios permiten el contacto con los visitantes a través del locutorio, donde las religiosas ofrecen acompañamiento espiritual y consejo. Junto con la oración personal y comunitaria, la contemplación y la adoración, las monjas realizan diversas labores indispensables para el monasterio, como el cuidado del huerto y los jardines, la cocina y la costura. También se dedican a la elaboración de dulces, artesanías u otros productos que posteriormente venden para el sostenimiento económico de la comunidad.
Requisitos
Para ser admitida en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia es necesario cumplir una serie de requisitos de carácter personal, espiritual y canónico. En primer lugar, la aspirante debe ser católica, soltera y tener una edad comprendida entre los 18 y los 35 años. Además, debe manifestar una auténtica vocación religiosa y el deseo de anunciar, dentro de la Iglesia y en el mundo, el amor misericordioso de Dios mediante el testimonio de su vida, las obras de caridad, la palabra y la oración.
Asimismo, la candidata debe estar libre de los impedimentos establecidos por el Código de Derecho Canónico. El canon 642 dispone que los superiores admitan únicamente a aquellas personas que, además de reunir la edad requerida, posean buena salud, un carácter adecuado y la madurez suficiente para asumir el estilo de vida propio del instituto. Cuando sea necesario, estas condiciones podrán ser verificadas con la ayuda de especialistas, respetando siempre el derecho de la persona a la protección de su buen nombre y de su intimidad, conforme a lo establecido en el canon 220.
Por su parte, el canon 643 establece que no pueden ser admitidas al noviciado las personas que no hayan cumplido los diecisiete años; quienes estén unidas por vínculo matrimonial; quienes pertenezcan a otro instituto de vida consagrada o a una sociedad de vida apostólica, salvo las excepciones previstas por el derecho; quienes ingresen inducidas por violencia, miedo grave o engaño, o sean admitidas en esas circunstancias; y aquellas que hayan ocultado su pertenencia previa a otro instituto de vida consagrada o sociedad de vida apostólica.
Además de lo dispuesto por el Derecho Canónico, las Constituciones y el Directorio de la Congregación exigen que la aspirante goce de buena reputación, mantenga una sólida vida de piedad y acepte interiormente la posibilidad de desempeñar, en el futuro, cualquier trabajo o servicio que le sea encomendado dentro de la comunidad, de acuerdo con el artículo 319 de las Constituciones.
En el momento de su ingreso, la candidata deberá presentar una declaración escrita en la que manifieste expresamente que no reclamará compensación económica alguna por el trabajo realizado durante el tiempo que permanezca en un convento de la Congregación, conforme a lo establecido en el artículo 320 de las Constituciones.
Finalmente, la decisión sobre la admisión de la candidata, así como sobre su proceso formativo y las distintas etapas de este, corresponde a la Madre Superiora General, quien actúa con el consentimiento de su Consejo, según lo dispuesto en el artículo 91 de las Constituciones de la Congregación.
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