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Jesucristo, según el Evangelio de Mateo: «Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá»

Las palabras de Jesús, según el Evangelio de Mateo, marcan la dirección a seguir por todos aquellos que tienen fe.

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  • Francisco María
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A veces nos movemos por la inercia de resolverlo todo solos, cargando con una mochila invisible de dudas y silencios. Hay algo muy humano en ese temor a pedir ayuda: parecería que admitir una falta de recursos se traduce a ser débil. Pero en el capítulo 7 del Evangelio de Mateo, Jesús presenta una dinámica totalmente diferente para cómo relacionarse con la trascendencia y nuestras necesidades.

No habla de un monólogo mudo ni de un esfuerzo titánico por descifrar el destino en solitario; propone un movimiento activo, una triada de verbos muy sencillos que sacuden la pasividad: pedir, buscar, llamar.

El verbo pedir

El primer verbo, pedir, encierra una vulnerabilidad incómoda. Nos educaron para ser autosuficientes, para medir nuestro valor según lo que somos capaces de producir o solucionar sin molestar a nadie. Pero la propuesta mateana rompe esa coraza. Pide que expongas lo que te falta ante una fuente capaz de proveer.

No se trata de una fórmula mágica ni de una carta comercial de deseos egoístas, sino de reconocer con honestidad la propia limitación. Quien pide acepta que hay un vacío y que las respuestas no siempre brotan del propio esfuerzo intelectual. Es un acto de absoluta franqueza interior.

Sin embargo, la demanda verbal no flota en el vacío; requiere un paso inmediato que involucra el movimiento físico y mental: buscar. La búsqueda implica caminar, descartar caminos erróneos, soportar la fatiga del trayecto y afinar la mirada. Nadie encuentra lo que no se atreve a rastrear. Esa exploración exige constancia.

Obstáculos en el camino

Hay una tensión evidente entre el deseo inicial y el hallazgo final, un trecho donde la impaciencia suele hacer estragos. Quien busca aprende a convivir con la incertidumbre temporal, entendiendo que el sentido de las cosas pocas veces se revela de manera instantánea o evidente a primera vista.

Y cuando el camino parece cerrarse contra un muro infranqueable, aparece la tercera acción: llamar. Este gesto posee una carga doméstica y directa muy potente. No es golpear con furia ni exigir que derriben la puerta; es el toque persistente de quien confía en que al otro lado hay alguien dispuesto a escuchar.

Una puerta cerrada suele intimidar, frena los impulsos y genera sospechas sobre lo que aguarda al otro lado. Golpear esa madera o metal exige coraje. Supone arriesgarse al rechazo o al silencio prolongado, soportando el eco de los propios pasos en el rellano.

Lo fascinante de esta enseñanza recogida por Mateo no reside únicamente en los mandatos, sino en la promesa contundente que los acompaña. Quien ejerce el verbo con autenticidad recibe; el que busca con perseverancia consigue aquello que anhelaba; al que insiste con los nudillos contra el dintel se le concede el paso. Lejos de plantearse como un mero intercambio comercial, la dinámica funciona porque transforma al propio sujeto en el proceso.

Transformación y evolución personal

Analizar este pasaje desde una perspectiva estrictamente terrenal y antropológica nos devuelve a cuestiones universales. Las grandes transformaciones personales rara vez ocurren por generación espontánea. Exigen una declaración de intenciones, un mapa mental y la disposición a irrumpir en espacios que creíamos vedados.

Cuántas veces renunciamos a proyectos, reconciliaciones o aprendizajes profundos simplemente porque nos faltó la valentía de dar el primer paso o la constancia para persistir cuando el entorno guardaba silencio. La instrucción bíblica, despojada de dogmatismos, funciona también como un manual de resiliencia existencial.

La promesa de que «se os dará» choca frontalmente con la frustración cotidiana de tantas oraciones o peticiones que parecen desatendidas. La experiencia demuestra que las respuestas adoptan formas desconcertantes. A veces lo que se recibe no es la solución esperada, sino la fortaleza para soportar la carencia. A veces la puerta abierta revela un paisaje completamente distinto al que habíamos imaginado al otro lado del umbral.

La necesidad de energía vital

Detenerse en estas líneas de Mateo permite entender que la espiritualidad que propone no es estática ni contemplativa en exceso. Demanda energía vital. Exige que el individuo se levante de su apatía y formule su necesidad en voz alta, aunque sea en la intimidad de sus pensamientos. Esa verbalización ordena el caos mental. Al poner nombre a lo que falta, el problema deja de ser un monstruo difuso para convertirse en un objetivo delimitado. La petición clarifica el horizonte.

Quizás el mayor desafío de este pasaje sea mantener la fe en el proceso cuando los resultados se demoran. Vivimos anclados en la urgencia, acostumbrados a obtener respuestas en milisegundos a través de pantallas luminosas. Enfrentarse al tiempo de la promesa requiere otro pulso biológico. Nos enseña a habitar la espera sin caer en el cinismo. Porque el que realmente busca sabe que el valor del hallazgo reside, en buena medida, en el desgaste acumulado durante el trayecto.

Conclusión

Al final, estas pocas palabras registradas en el texto antiguo actúan como un espejo de nuestras propias resistencias. Nos recuerdan que la puerta sigue ahí, cerrada o entreabierta, esperando a que nos decidamos a interrumpir el silencio. No se trata de acumular méritos, sino de recuperar la capacidad de asombro y la disposición a recibir.