Opinión

Paredes, el odiador

Las redes sociales tienen muy pocas virtudes, pero alguna poseen. Entre ellas, la de impedir que ciertos gestos desaparezcan en el sumidero de la memoria. Antes uno discutía sobre una jugada o una escena porque el recuerdo siempre es un tramposo. Hoy no. Hoy las imágenes permanecen. Quedan archivadas para siempre, esperando el momento en que alguien vuelva a contemplarlas. Y ahí estará, durante mucho tiempo, el rostro desencajado de Leandro Paredes al concluir el partido frente a España: una expresión donde ya no había fútbol, sino odio; donde ya no quedaba competición, sino resentimiento.

El fútbol es un deporte de contacto. Se golpea, se protesta, se exagera y hasta se pierde la cabeza durante noventa minutos. Todo eso forma parte del paisaje. Lo que no forma parte del juego es seguir buscando bronca cuando el árbitro ya ha señalado el final. Ahí la tensión ha terminado. El marcador ya ha dictado sentencia. Lo único que queda es la dignidad del vencedor y la del derrotado. O debería quedar.

Porque hay una diferencia esencial entre competir y odiar. Competir exige carácter; odiar solo requiere dejarse arrastrar por los instintos más primarios. El deportista acepta que unas veces gana y otras pierde. El odiador, en cambio, necesita un enemigo permanente. No le basta con derrotar al rival: necesita humillarlo, intimidarlo, prolongar la batalla cuando ya no existe batalla alguna.

Paredes pertenece a esa estirpe. No la de los grandes futbolistas, desde luego, sino la de quienes entienden el deporte como una extensión del callejón, del codazo, de la amenaza y del «a ver si tienes valor». Un jugador correcto, incluso útil para algunos entrenadores, pero infinitamente más famoso por sus broncas que por su talento. Hay carreras que se construyen con goles; otras, con gestos. Y algunos terminan siendo recordados precisamente por aquello que jamás debieron hacer.

No sé si corresponde intervenir a la FIFA, a la Conmebol o a quien tenga competencia disciplinaria. Me da casi igual el nombre del organismo. Lo que importa es el mensaje. Si el fútbol profesional presume de educar, de inspirar a millones de niños y de representar valores universales, no puede aceptar con naturalidad escenas que glorifican el matonismo. Porque el matón siempre encuentra admiradores entre quienes confunden la violencia con el coraje.

Lo peor es que esta actitud no nace de la nada. Existe toda una estética del barrabravismo convertida en identidad futbolística. Una liturgia donde el insulto vale más que el argumento, la amenaza más que el talento y el odio más que el juego. Después llegan los tertulianos de guardia, los patrioteros de micrófono y los fabricantes de épicas de saldo para justificar lo injustificable. Como si la agresividad fuese un patrimonio nacional y no una miserable deformación del deporte.

Argentina ha regalado al mundo a Di Stéfano, Kempes, Passarella, Maradona o Messi. Una tradición futbolística inmensa que no merece quedar representada por quienes hacen del rencor una forma de competir. Precisamente porque su historia es tan grande, resulta aún más decepcionante comprobar cómo algunos de sus protagonistas actuales parecen empeñados en sustituir el talento por el matonismo.

Confieso que espero con impaciencia el próximo gran torneo. Y sí, deseo que Argentina caiga eliminada cuanto antes. No por el país ni por la inmensa mayoría de sus aficionados, sino por librarnos durante unas semanas del estruendo de quienes convierten cada victoria en un ejercicio de soberbia y cada derrota ajena en una ocasión para el insulto. El fútbol ya tiene demasiados problemas como para soportar, además, a sus odiadores profesionales. Y Paredes, por desgracia, ha decidido ocupar un lugar de honor en esa triste galería.