Las legislaturas de la impunidad
El diario El Socialista, órgano del PSOE, publicaba el 24 de marzo de 1936 una viñeta de rabiosa actualidad. Era la imagen de un juez junto a un embudo metido en un recipiente rotulado con la palabra «Lex». La viñeta tenía por título El enemigo de la República número 1 y estaba firmada por Arrirubi.
El PSOE del Lenin español, Francisco Largo Caballero, arremetía así contra el poder judicial por no actuar como los socialistas esperaban, es decir, domesticado bajo sus riendas.
Es un antecedente sin duda escalofriante de los ataques del partido de Pedro Sánchez contra la Justicia, razonando fuera del tiesto, como dirían Les Luthiers, para tratar de blindar su impunidad ante los procesos por corrupción que afectan a su familia, su Gobierno y su formación.
La «España en blanco y negro» con la que los socialistas identifican a la oposición es, en realidad, la que ellos postulan y promueven: una España sin ley, donde campen la impunidad para el delito y la arbitrariedad para el poder.
El fundido a negro del Estado de derecho a que aspira el PSOE se viene gestando desde tiempo atrás, como el apagón, con sucesivas desconexiones de los principios que garantizan la libertad, la igualdad y la convivencia democrática.
No me refiero sólo a la operación que supuestamente habría dirigido Santos Cerdán bajo las órdenes del «número uno» con el fin de amedrentar al más puro estilo mafioso a jueces, fiscales y agentes, para tratar de detener las causas contra el entorno de Sánchez.
El acoso propio de la Camorra que ha sufrido la juez Beatriz Biedma, que ha instruido el caso del «hermanísimo», alias David Azagra, incluso con seguimientos a ella y a sus hijas cuando llevaba a estas al colegio, es una de las páginas más negras y miserables del PSOE en nuestra democracia.
Pero todo esto no se entiende sin la voluntad de Pedro Sánchez de dinamitar, desde su primer día en La Moncloa, el equilibrio de poderes para subyugarlos a todos con un único fin: establecer en torno suyo un espacio al margen de la Constitución y de la ley, un territorio de opacidad donde no exista la rendición de cuentas ni el control y la fiscalización por parte de los órganos e instrumentos establecidos constitucionalmente.
Su renuncia a celebrar el debate sobre el estado de la nación, su negativa a comparecer en el Senado, su resolución de no presentar los presupuestos generales como si el dinero recaudado a los contribuyentes fuera un botín o su desprecio al Parlamento con su ordeno y mando a base de decretazos son todos ladrillos del muro que Pedro Sánchez ha ido levantando para garantizar su impunidad, la de su partido y la de los suyos, en el ejercicio arbitrario del poder en defensa de los intereses exclusivos de su clan.
A ello se suma su propósito de destruir la neutralidad institucional para asegurar la parasitación de todos los resortes del Estado con el objetivo de utilizarlos como si fueran una extensión de las cloacas de Ferraz. También su propósito de eliminar la acusación popular o de adjudicar a los fiscales la instrucción de las causas.
Esta concepción totalitaria del poder con ribetes mafiosos no ha ido germinando en Sánchez a medida que pasaban los años de su mandato. Se trata de una concepción intrínseca al personaje que explica todas las mentiras y trampas del sanchismo siempre al filo del delito, empezando por la famosa urna detrás de la cortina en aquel turbulento comité federal del PSOE.
La ley de Amnistía, la rebaja de la consideración penal de la malversación o la eliminación del delito de sedición son mucho más que un reflejo oportunista de Sánchez para ganarse el apoyo parlamentario con objeto de poner en marcha su mandato. Obedecen a la misma lógica que los acuerdos con Bildu para la excarcelación exprés de lo más sanguinarios etarras.
Sánchez ha alfombrado de impunidad su camino hacia La Moncloa, pero también su estancia en ella. Antes de repartir el botín, ha decidido repartir impunidad entre sus socios, no sólo para él mismo, su familia, su Gobierno y su partido. Impunidad se llama el proyecto de Sánchez en el que han colaborado con entusiasmo todos sus aliados. Bajo ese proyecto se cobija la idea de la destrucción de la España constitucional para dar a nacer una criatura bajo el mismo estigma que la idea que lo alumbró.
La «España plurinacional» que ahora vuelven a predicar con fuerza el PSOE y sus socios es, en realidad, la España de la impunidad para todos los que decidan arrimar el hombro en este proyecto contra la alternancia democrática, a favor del saqueo de la caja única y la perpetuación de una nación empobrecida, con una población dependiente de las dádivas de este poder que la esquilma.
El mayor símbolo de la España del sanchismo es esa caja fuerte del despacho de Rodríguez Zapatero en Ferraz, frente a la sede del PSOE, con un contenido con apariencia de tesoro pirata. Que la trama que lideraba el ex presidente del Gobierno se hubiera podido enriquecer, según el juez Calama y los investigadores, a cuento de la miseria y el hambre de un pueblo sojuzgado por el nuevo socialismo en que milita ahora el PSOE, es el mayor retrato de la España negra con la que sueña Sánchez.
Lo último en Opinión
Últimas noticias
-
Inda: «Tras conocerse el sumario del ‘caso Leire’, sería un acto de prevaricación no citar como testigo o imputado a Sánchez»
-
Trump se suma al casting que busca nuevo James Bond: se hace un automeme como agente 007
-
Las últimas palabras de Shakira sobre Piqué que hacían presagiar una reconciliación: «Siempre lo guardaré en mi corazón»
-
Madrid da la bienvenida al verano: los planes imprescindibles para disfrutar de junio
-
Trump abre la puerta a reunirse con el ayatolá Mojtaba Jamenei y confirma que abroncó a Netanyahu