Subida de temperaturas

El calentamiento global podría restar hasta 25 años de vida útil a las infraestructuras del planeta

El trabajo, firmado por investigadores españoles y chinos, mide el daño térmico global

El calentamiento ya ha provocado la demolición prematura del 8,67% de los puentes atirantados

La UE pide a España que se prepare: hasta 3,3 grados de calentamiento global que afectará a estructuras

  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

Cuando se inaugura un puente, la ingeniería promete que aguantará, por norma general, al menos un siglo. Sin embargo, en distintos puntos del planeta, estas estructuras de hormigón y acero están fallando décadas antes de lo previsto.

El fenómeno no es una hipótesis lejana: ya está ocurriendo. En junio de 2026, una ola de calor histórica obligó a cerrar por completo la autopista A2 alemana en dirección a Berlín tras sufrir un «blow-up» del asfalto, mientras Leipzig suspendía todo su servicio de tranvías al fundirse el material sellante de las vías.

En Bélgica, el operador ferroviario SNCB canceló cerca de 100 trenes diarios y limitó la velocidad en la línea de alta velocidad hacia Francia por riesgo en la catenaria. Según un informe de la Comisión Económica para Europa de la ONU, estos episodios son solo un anticipo de lo que el calentamiento provocará en las infraestructuras del continente en las próximas décadas.

Menos años de vida útil

Un estudio elaborado por investigadores de la Universitat Politècnica de València (UPV) y el Hunan Institute of Science and Engineering (China) estima que el calentamiento global podría reducir entre 18,52 y 25,15 años la vida útil de las infraestructuras globales hacia 2100.

El trabajo, publicado en la revista Thermal Science and Engineering Progress y firmado por Zhiwu Zhou, Faxing Ding, Julián Alcalá y Víctor Yepes, presenta un nuevo modelo que evalúa el efecto de las temperaturas extremas sobre la durabilidad de las infraestructuras.

Un modelo pionero

El modelo cruza por primera vez el deterioro térmico estructural con su impacto en las emisiones de carbono. Permite anticipar en qué regiones del mundo el estrés térmico acumulado adelantará la fecha de caducidad de puentes, carreteras y otras infraestructuras críticas.

Víctor Yepes, investigador principal, explica que el trabajo «sintetiza una investigación profunda sobre el impacto del calentamiento global en la infraestructura crítica, en particular en los puentes atirantados de hormigón».

El estudio «revela una presión dual: el calentamiento acelera la degradación estructural y, simultáneamente, amplifica las emisiones de carbono incorporadas debido a la necesidad de demoliciones prematuras y reparaciones no planificadas», apunta el investigador.

Puente Nan’ao en China.

El coste del carbono oculto

El equipo concluye que el 8,67% de los puentes atirantados a nivel mundial ha entrado ya en una fase de demolición prematura durante su etapa operativa. Esto ha generado emisiones excedentes de más de 100.000 toneladas de carbono.

Esa cifra equivale, según Yepes, a 2,70 veces la producción de carbono proyectada en la fase de diseño original de esas estructuras. El estudio introduce además un indicador propio, la «deriva de carbono», que combina tiempo, geografía y rendimiento estructural para medir la huella climática real de una obra.

Los autores hablan de una paradoja de la reconstrucción: el calor daña el puente, la reparación obliga a emplear más cemento y ese cemento genera, a su vez, más emisiones que retroalimentan el calentamiento que originó el daño.

Cuatro puentes, cuatro climas

Para desarrollar y validar el modelo, el equipo analizó cuatro puentes chinos sometidos a condiciones muy distintas: el puente de Nan’ao (Shantou, Guangdong), el del río Meixi (Chongqing), el de Wuhekou (Huai’an, Jiangsu) y el de Xiaoxihu, sobre el río Amarillo (Lanzhou, Gansu).

Julián Alcalá, también investigador de la UPV, señala que «los casos abarcan desde climas monzónicos subtropicales hasta un clima continental templado, lo que permite comprobar cómo los gradientes térmicos afectan de forma desigual a la durabilidad estructural».

El caso del puente de Nan’ao resulta especialmente llamativo: diseñado para un siglo de servicio, la evaluación de su vida útil por fatiga bajo estrés térmico extremo y ciclos de congelación-deshielo arroja una cifra muy inferior a los cien años previstos en el proyecto original.

Construcción de un puente sobre un río en China.

La paradoja geográfica

Frente a lo esperable, las regiones más calurosas del planeta no son las más vulnerables. El modelo geoespacial identifica las zonas de clima templado marítimo y continental como las de mayor riesgo estructural, debido a la alta variabilidad de sus ciclos térmicos.

En China, los datos muestran que la temperatura desciende entre 0,579 y 0,613 °C por cada 100 metros de altitud. Esa fluctuación, sumada a los cambios estacionales, intensifica los ciclos de hielo-deshielo y provoca una fatiga del hormigón más agresiva que un calor constante.

«Esta situación exige una recalibración urgente de los códigos de diseño para garantizar la sostenibilidad y la resiliencia de la infraestructura global», añade Alcalá.

La física del deterioro

El calor induce lo que los investigadores llaman deterioro termomecánico: un proceso de ablación interna que oxida los microcristales de carbono del hormigón y genera microfisuras invisibles a simple vista.

Con el tiempo, ese desgaste debilita la adherencia entre el acero de refuerzo y el hormigón, lo que reduce la capacidad de carga de la estructura de forma desigual hasta provocar el fallo. Cada tonelada de cemento empleada en las reparaciones emite, además, cerca de 0,9 toneladas de CO2.

Hacia una infraestructura resiliente

Los investigadores proponen incorporar sustitutos del clínker (es el ingrediente principal y la base fundamental para la fabricación del cemento), como la arcilla calcinada, las cenizas volantes o la escoria de alto horno, capaces de reducir las emisiones del hormigón entre un 14% y un 22%. También apuestan por la nanotecnología, con nano-CaCO3 en proporciones en torno al 2% para reforzar la matriz del material.

Para evitar estos riesgos, el equipo aboga por incorporar escenarios climáticos futuros al diseño, mantenimiento y refuerzo de las infraestructuras, con el fin de anticipar daños y reducir costes y emisiones derivados de intervenciones prematuras. La investigación se enmarca en el proyecto RESILIFE, dirigido por Víctor Yepes como investigador principal en la UPV.