Los investigadores no dan crédito: descubren el motivo por el que sepias y calamares sobrevivieron a los dinosaurios
Encuentran restos de peces que caminaban fuera del agua hace 400 millones de años
Esta insólita flor le lleva la contraria a Darwin y cuestiona la teoría evolutiva
Hay animales que reducen su cerebro para sobrevivir y los humanos podrían beneficiarse
El fin del periodo Cretácico trajo consigo la aniquilación casi total de la vida oceánica superficial por el impacto del meteorito Chicxulub. No obstante, las sepias y calamares regatearon como si fuesen Messi e Iniesta a la gran extinción y se terminaron salvando. Y desde luego, este hecho evolutivo desconcertó a la comunidad académica internacional por mucho tiempo.
A través de meticulosos análisis moleculares combinados con el estudio del registro fósil, los especialistas han identificado los cambios anatómicos precisos de estos cefalópodos coleoides. Precisamente, fue esta metamorfosis biológica la que les otorgó una ventaja evolutiva sin precedentes frente a las amenazas de aquel mar prehistórico.
¿Por qué las sepias y calamares sobrevivieron a los dinosaurios?
La clave del éxito biológico de estos moluscos radica en su huida hacia las profundidades del océano y la pérdida de su pesada concha externa. Esta modificación estructural facilitó el desarrollo de una agilidad extrema para evitar las zonas devastadas por el cataclismo.
Un estudio liderado por científicos internacionales y publicado en la revista científica Nature detalla todo el proceso. Al despojarse de esa rígida coraza calcárea, los organismos adquirieron una propulsión a chorro mucho más eficiente y veloz frente a cualquier amenaza acuática.
El texto de la investigación señala un comportamiento inusual: «La capacidad de descender a las zonas abisales resultó la única vía de escape viable frente a la hecatombe de la superficie». De esta forma, reescribieron por completo su destino genético.
Al simplificarse el esqueleto, las sepias y calamares formaron estructuras mucho más ligeras. En el primer grupo surgió el característico hueso interno blando, mientras que el segundo grupo desarrolló una pluma flexible o gladio que potenció por completo sus maniobras evasivas.
Y así, fue como se dio un resorte evolutivo en la genética de las sepias y calamares
El equipo investigador también detectó que la separación de estos linajes ocurrió mucho antes de la colisión del asteroide fatal. Esta divergencia silenciosa operó a modo de preparación oculta en su ADN hasta que las condiciones planetarias extremas forzaron su expansión masiva.
En la misma línea, esa variabilidad genética acumulada en el tiempo permitió la consolidación de tres rasgos anatómicos decisivos para el futuro marino, detallados a continuación:
- Una musculatura especializada para la propulsión instantánea.
- Un sistema de camuflaje basado en cromatóforos epidérmicos hiperactivos.
- Una estructura ocular sumamente avanzada adaptada a la oscuridad total.
Una vez disipada la toxicidad superficial, esta base morfológica impulsó una radiación adaptativa de proporciones históricas. Los fósiles de transición descubiertos exhiben esas etapas intermedias donde se prueba un perfeccionamiento progresivo de la destreza natatoria general.
El nautilio, otro cefalópodo que sobrevivió
El nautilo figura como otro cefalópodo ancestral que superó la mortandad masiva, pero lo logró a través de una táctica zoológica opuesta. A diferencia de nuestros moluscos de cuerpo flexible, este espécimen mantuvo su enorme caparazón protector intacto durante toda su existencia.
Pese a su invulnerabilidad externa aparente, esta protección física bloqueó severamente la evolución del nautilo en las épocas posteriores al choque del asteroide. Los animales con caparazón se estancaron en escasos nichos muy específicos y cerrados.
Por el contrario, la desnudez exterior favoreció el despliegue de redes neuronales intrincadas. La agilidad motriz constante demandó un cerebro capaz de procesar información visual a gran velocidad y de coordinar movimientos musculares exactos en fracción de milisegundos.
Semejante demanda neurológica gestó una complejidad cognitiva sin equivalente en otras ramas de invertebrados marinos. Y desde luego, este crecimiento intelectual posicionó a los descendientes ágiles en la cúspide de la depredación submarina donde las especies acorazadas padecían una notoria inferioridad funcional.
Es lo que quedó: el legado de la gran extinción en nuestros mares
Actualmente, las cuencas oceánicas del mundo atesoran una pluralidad biológica formidable heredada de aquellos sobrevivientes primigenios. Y es que en este sentido, la asombrosa plasticidad exhibida por estos invertebrados establece un precedente ineludible para la comprensión de las crisis biológicas planetarias de la historia.
La aparente fragilidad de su anatomía blanda se tornó su mayor seguro de vida biológico en el momento de mayor apocalipsis global. Los escurridizos depredadores modernos perfeccionaron al máximo aquellas tácticas ancestrales de mimetismo y huida para gobernar el abismo acuático.
Tras sobrevivir más de 100 millones de años a los embates climáticos severos, la historia de estos cazadores tentaculados continúa nutriendo el saber humano. Su monitoreo permanente otorga valiosos indicios sobre la adaptación de la fauna oceánica frente a los desequilibrios ambientales drásticos.
Y para cerrar, parece ser que los mitos sobre la inmutabilidad de los seres de las profundidades han caído bajo el rigor académico moderno. Todo, gracias a que los últimos mapeos cromosómicos dictaminaron que una reorganización completa de su ADN regulatorio blindó su continuidad ecológica frente al peor desastre de la Tierra.
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