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Mientras el mundo mira hacia Ceuta, Chile construye una barrera fronteriza de 500 km con Perú y Bolivia para frenar la inmigración

Un escudo fronterizo de aproximadamente 500 kilómetros y que cubre zonas críticas en la frontera norte con Perú y Bolivia

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Mientras la atención mediática nacional e internacional sigue centrada esta semana en la presión migratoria que sufre la frontera de Ceuta, desde lo sucedido a finales del mes de julio cuando 72.000 personas entraron desde Marruecos a la ciudad autonómica, la situación da que pensar y muchos se fijan en lo que pasó en otros puntos del mundo. En concreto, en Chile que meses atrás puso en marcha uno de los planes de control fronterizo más ambiciosos de la región. Fue en marzo cuando el Gobierno del nuevo presidente José Antonio Kast inició la construcción de barreras físicas en la frontera con Perú y Bolivia, con un objetivo claro: frenar la inmigración irregular.

No fue una medida menor ni algo simbólico. Apenas llevaba unos días en el cargo cuando Kast se desplazó hasta el norte del país, a la zona de Chacalluta, en Arica, para escenificar el inicio de las obras. Allí, con retroexcavadoras ya trabajando, dejó claro que la idea iba más allá de una intervención puntual y que se trataba de una construcción de más de 500 kilómetros conocida como «Escudo fronterizo» y que no sólo consistió en abrir zanjas en determinados puntos, sino intentar cerrar una frontera que en los últimos años se ha ido volviendo cada vez más porosa, sobre todo en regiones como Tarapacá o en el entorno de Colchane.

Chile ha construído una barrera fronteriza de 500 km con Perú y Bolivia

Una de las primeras imágenes que se difundieron fue la de las excavadoras abriendo surcos en la tierra. Eso fue lo más visible, pero no fue lo único. El Ejecutivo dejó claro que la zanja era solo una parte. Según lo que se ha ido explicando desde marzo, el plan incluye también otros elementos: vallas en algunos tramos, sistemas de vigilancia y más presencia sobre el terreno. Todo combinado. Las zanjas, eso sí, tienen su función. Se habla de varios metros de profundidad, pensadas sobre todo para impedir el paso de vehículos en zonas donde ya se habían detectado rutas habituales de tráfico de personas.

A partir de ahí, la idea es añadir capas. Tecnología, vigilancia, personal. No hay un único elemento que lo resuelva todo, sino una suma de medidas que, en teoría, deberían dificultar los cruces irregulares. Se estima que la construcción de esta barrera acabará en 2028.

Un despliegue largo con cientos de kilómetros de frontera

El plan entonces es el de construcción a lo largo de dos años ya que la extensión de la barrera no es menor. Según el ministro del Interior, Claudio Alvarado, el objetivo es que este sistema de barreras y control se extienda a lo largo de unos 500 kilómetros en la frontera norte. Es una distancia considerable, especialmente si se tiene en cuenta el tipo de terreno. Las primeras actuaciones se han concentrado en zonas más conflictivas, como Colchane. Allí es donde en los últimos años se ha notado más presión migratoria, con entradas por pasos no habilitados y rutas que han ido cambiando con el tiempo.

Además, no es una frontera sencilla de controlar ya que tiene zonas abiertas, caminos informales y un terreno que juega en contra. De ahí que el planteamiento del Gobierno sea ir avanzando poco a poco, ampliando el despliegue según lo que se vaya encontrando.

El trasfondo para crear esta barrera

Todo esto se enmarca en un debate que en Chile lleva tiempo encima de la mesa. Según las estimaciones oficiales, hay más de 300.000 extranjeros en situación irregular en el país. Al mismo tiempo, la percepción de inseguridad ha ido creciendo en los últimos años, aunque las cifras sigan siendo más bajas que en otros países de la región.

Kast ha ligado ambas cosas en varias ocasiones. Lo hizo en campaña y lo ha mantenido después. Su discurso pasa por reforzar el control de las fronteras como forma de frenar determinados delitos. De hecho, en el inicio de las obras habló directamente de construir un «Chile soberano». Una expresión que ha repetido varias veces y que resume bastante bien el enfoque del Gobierno en este tema.

Un cambio de enfoque en la política migratoria

El plan también marca un cambio respecto a etapas anteriores. Si antes el foco estaba más en la gestión de los flujos o la cooperación con otros países, ahora la prioridad pasa por reforzar el control físico de la frontera. Eso no implica que el problema desaparezca por sí solo, pero sí refleja una forma distinta de abordarlo. El llamado «Escudo Fronterizo» seguirá desarrollándose en los próximos meses, con nuevas actuaciones previstas en distintos puntos del norte del país. Desde el Gobierno defienden que este refuerzo permitirá reducir los cruces irregulares, aunque su impacto real dependerá de cómo evolucione la situación sobre el terreno. De momento, el proyecto avanza como una de las principales apuestas del Ejecutivo en materia de seguridad.