El Real Madrid se encuentra en un momento de reflexión profunda tras los últimos acontecimientos en Champions y los movimientos que ya se vislumbran en el horizonte del banquillo. La noticia de que Unai Emery figura como el técnico mejor valorado por el club en caso de que Álvaro Arbeloa no alcance los objetivos previstos es solo la punta del iceberg de una crisis que trasciende la figura del entrenador. El problema del Real Madrid no reside en la pizarra, sino en una configuración de plantilla y una gestión de jerarquías que parecen haber tocado techo.
Llevo tiempo insistiendo en que el foco debe ponerse en la plantilla: en su actitud, en su complementariedad y, sobre todo, en su jerarquía. Hemos visto cómo entrenadores con métodos distintos han sucumbido ante las mismas dinámicas. Xabi Alonso se vio debilitado cuando intentó aplicar una meritocracia real, encontrándose con reacciones inadecuadas de jugadores como Vinícius que el club no atajó con firmeza. Ahora, Arbeloa ha optado por una estrategia opuesta: defensa pública a ultranza, reducción de cargas tácticas y jerarquías inamovibles.
Sin embargo, estamos comprobando que ninguna de las dos vías termina de funcionar. Blindar a ciertos jugadores como «insustituibles» (Vinicius, Bellingham, Mbappé) genera un agravio comparativo que fractura la competitividad interna. Lo vimos con Arda Güler, cuya reacción de incomprensión al ser sustituido siempre a él refleja el hartazgo de quienes sienten que el rendimiento diario no pesa lo mismo para todos. Un equipo donde el estatus prima sobre el nivel actual no es un equipo sano ni capaz de generar una competencia real.
Debemos dejar de repetir automáticamente que tenemos a los mejores jugadores del mundo sin razonar si ese nivel se está validando en el presente. El fútbol no se puede «criogenizar» en las sensaciones de éxitos pasados. Si bien es indiscutible que piezas como Courtois o Mbappé mantienen una regularidad competitiva, hay otros integrantes de la plantilla cuyo rendimiento actual dista mucho de las expectativas.
Individualmente, muchos fichajes han tenido todo el sentido del mundo y han demostrado un potencial enorme, pero la suma de talentos no siempre garantiza un bloque cohesionado. Unai Emery, un técnico intervencionista y metódico, se enfrentaría a los mismos problemas que Alonso o Arbeloa si el club no decide reforzar posiciones deficitarias y, sobre todo, si no respalda la libertad del entrenador para tomar decisiones drásticas sin que ello suponga perder el control del vestuario.
El partido ante el Benfica fue un síntoma claro de esta degradación. El Madrid se adelantó con fortuna en un encuentro donde el rival ya merecía más, pero fue incapaz de gestionar esa ventaja. En lugar de manejar los tiempos, bajar el ritmo y encapsular el resultado —habilidades que antes definían a este equipo en Europa—, el Madrid se vio superado en la mayoría de los duelos y perdió el control emocional de la situación.
Dará igual quién se siente en el banquillo, ya sea Emery o cualquier otro perfil de élite, si no hay un cambio estructural en cómo se concibe el peso de los jugadores frente a la autoridad del técnico. El Real Madrid necesita recuperar una jerarquía basada en el rendimiento y la complementariedad, dejando atrás un modelo de protección a las estrellas que está asfixiando la capacidad de reacción del equipo.