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Final Copa del Rey 2026: Atlético (3) 2-2 (4) Real Sociedad

La Real Sociedad rinde al Atlético y reina en la locura de la Copa

Los donostiarras se erigen como campeones tras la tanda de penaltis

Se adelantaron dos veces, fueron empatadas en ambas y resistieron en el tramo final

«Lo normal es que gane el Atlético, al 80% de que pase», le decía un padre txuri urdin a su hijo Aitor, de 12 años, de camino a La Cartuja. «Siempre podrás decir que viniste a la final», continúa. El pequeño asentía sin saber muy bien de qué le estaban hablando. Se encargó la Real Sociedad de explicárselo tras firmar un ejercicio soberbio en La Cartuja. De determinación primero, al adelantarse hasta dos veces con goles de Barrenetxea y Oyarzabal; y de resistencia después, cuando el Atlético empató ambas y rozó el tercer gol. El color especial de Sevilla  es azul y blanco. Conquista la Real Sociedad su cuarta Copa del Rey. La Copa de Matarazzo, la de un entrenador que cogió un equipo sin alma y lo hizo campeón. Título para la Real Sociedad y éxtasis para el pequeño Aitor.

Se especulaba con los planes de Matarazzo y Simeone, que jugaron una partida de póker durante la previa con respuestas cortas y rostros de pocos amigos. El protocolo cuando se avecina tormenta. Ninguno daba media miga de pan al horno de las incógnitas, que pasaban por portería para los donostiarras y sobre la posición de Llorente para los rojiblancos. Conviene no dejar huella en el camino.

Más cuando es uno de esos a cara o cruz como la final de Copa del Rey, un torneo de emergencia para unos y puerta principal para otros, según la perspectiva. También es el día más bonito del año en el fútbol español, o eso dicen. Aunque, disculpen la pretenciosidad, pero lo será para el equipo que gana. El que pierde no quiere oír hablar de belleza ni hermandad de aficiones. Huye de romanticismos y con razón. Del subcampeón no se acuerda nadie.

Volviendo a la partida de póker, esta saltó por los aires en favor de Matarazzo a los 13 segundos de partido cuando Marrero, su elección en la portería, pegó un patadón que desembocó en golpe al corazón rojiblanco. Nahuel Molina midió mal el salto; el bote superó a Giuliano y Guedes centró al aire casi por obligación. Ahí remató Barrenetxea, que apenas supera los 175 centímetros, como si fuera Santillana. Claro que Musso, brillante en el último mes, andaba algo adelantado y fue tarde cuando quiso retroceder.

Nadie contaba con ello. Ni los más optimistas de la Real Sociedad, ni los más pesimistas del Atlético, a los que le recorrió un déjà vu. Barcelona 2010. Lugar y fecha de su última derrota en una final de Copa. Aquella defunción también comenzó con gol en el primer ataque rival. El verdugo, por si les invade la curiosidad, fue el Sevilla. Barrenetxea dinamitó los planes de unos y otros con el gol más rápido en la historia de una final de Copa. Lo de pupuas es una etiqueta de la que es difícil desprenderse.

Ni la mejor década de la historia del Atlético puede del todo con ella. Simeone pedía calma y Lookman balones. Fue el más enérgico y al que menos le duró el shock. Amagaba a Aramburu por un lado, salía por otro y buscaba línea de fondo. La responsabilidad ofensiva cayó sobre él y el nigeriano, de espalda ancha, soportó y triunfó. Se acomodó el balón a su pierna menos hábil y ajustó al palo. Imposible para Marrero. Comenzaba otra final. Se vislumbraba un paso adelante del Atlético que dejara el gol encajado en una temprana falta de desconexión.

Se negó a ello la Real Sociedad, imperial como brazo ejecutor. Matarazzo había llevado la partida de póker a su terreno con el posicionamiento y la omnipresencia de Barrenetxea, multiplicado para la ocasión. La presión adelantada complicó la salida de balón rojiblanca, que poco a poco fue menguando en su redención. Sufrió un apagón cuando Musso fue a despejar un balón y se llevó por delante a Guedes. Acción residual, dicen algunos por aquello de que el delantero remató y fue fuera. Lo que se quiera argumentar.

La realidad manda y Oyarzabal se erigió como jefe al transformar el penalti justo antes del descanso. Un golpe psicológico. De esos de los que cuesta levantarse. La Real Sociedad recrudeció su plan y fue ganando guerrillas al Atlético. Un balón dividido, un saque de banda, segundas jugadas… Todo se teñía de azul y blanco. Simeone colaboró con la pigmentación al retirar a Lookman por Sorloth. Respiro para Aramburu que pasaba a defender más posicionalmente.

Se arropó la Real cerca de Marrero y el partido cambió de deporte. Mutó en balonmano. Con la Real Sociedad en forma de balcón y el Atlético buscando un hueco mientras el balón viajaba de un costado a otro dibujando una semicircunferencia. Andaba atascado el Atlético. No se encontraba. Y el tiempo entró en su fase relativa. Muy rápido para el Atlético y extremadamente lento para la Real Sociedad. Hasta que Julián Álvarez, al que se le había nombrado poco durante el partido, decidió recordar su nombre.

Se la pasó por detrás con la derecha y castigó con la izquierda. Gol de esos que se apellidan azo. Golazo. Se desató entonces el rock and roll rojiblanco, que una vez afinados los acordes, buscaba su bis. Nico rozó el gol. Cardoso lo falló con todo a favor y la Real ganó tiempo para reconectarse. Prórroga. La segunda función debería llegar ahí, en el tiempo muerto. Julián Álvarez, solista del grupo, se topó con el larguero, la Real con el error y los penaltis decidieron. Marrero, esa incógnita en el póker de Matarazzo, decidió la partida al detener los penaltis a Sorloth y Julián Álvarez. Al final Sevilla no fue Barcelona para el Atlético, se pareció más a Milán y aquella fatídica tanda de penaltis que costó una Champions.