Curiosidades
PSICOLOGÍA

Según la psicología, los adultos que tienen dificultad para confiar en otros no son antipáticos, en realidad están repitiendo patrones emocionales de la infancia

A quien le cuesta fiarse de los demás no siempre le mueve solo el deseo de evitar decepciones. Desde la psicología se señala que esa actitud puede estar ligada a experiencias anteriores en las que mostrar sentimientos, pedir ayuda o depender de otra persona generó inseguridad. En algunos casos, el origen se remonta a la infancia; en otros, a traiciones o situaciones vividas ya en la edad adulta.

El peso de los primeros vínculos

Una de las referencias para entender este fenómeno es la teoría del apego, desarrollada a partir de los trabajos del psiquiatra John Bowlby y la psicóloga Mary Ainsworth. Según este enfoque, las primeras relaciones moldean lo que esperamos de los demás en términos de seguridad y cercanía emocional. Un niño que recibe respuestas razonablemente constantes a sus necesidades tiende a confiar más en la disponibilidad de quienes le cuidan.

Por el contrario, una crianza marcada por el miedo, la imprevisibilidad o la falta de acogida puede favorecer patrones de apego inseguro. Un metaanálisis publicado en junio de 2026 en la revista científica Trauma, Violence, & Abuse, que reúne 211 estudios con 82.376 participantes, halló una correlación positiva entre el maltrato sufrido en la infancia y dos rasgos del apego adulto: la ansiedad y la evitación. La asociación fue más intensa en los casos de maltrato emocional. Se trata, en cualquier caso, de una relación estadística: estos patrones pueden influir en las relaciones futuras, pero no determinan de forma definitiva cómo amará o confiará una persona.

Desear la cercanía y, a la vez, huir de ella

Durante el crecimiento, el niño aprende a reconocer sus emociones y también a observar cómo reaccionan los adultos cuando necesita ayuda. Si sus necesidades se ignoran con frecuencia o reciben respuestas que le asustan, la intimidad puede empezar a vivirse como algo imprevisible.

En determinadas circunstancias, esto contribuye al llamado apego desorganizado, caracterizado por reacciones contradictorias entre la necesidad de acercarse y el miedo al vínculo. En la edad adulta, alguien puede anhelar relaciones profundas y, al mismo tiempo, sentir el impulso de alejarse cuando otra persona muestra interés. Ese comportamiento, por sí solo, no demuestra un estilo de apego concreto, ya que experiencias distintas pueden provocar reacciones parecidas.

La dificultad para confiar tampoco implica siempre aislarse. Hay quien mantiene amistades y pareja, pero desconfía de las muestras de cariño sin motivo aparente, evita compartir lo que siente por miedo a ser juzgado, espera constantemente una decepción, se distancia cuando la relación se vuelve más íntima, interpreta pequeños conflictos como señales de abandono o no consigue pedir ayuda cuando la necesita. Ninguno de estos signos basta para establecer un diagnóstico: hay que tener en cuenta el contexto, la frecuencia y el malestar que generan.

No siempre hay un trauma detrás

Una persona puede volverse cautelosa tras sufrir faltas de respeto, promesas incumplidas o relaciones dañinas sin haber vivido un trauma infantil. Además, desconfiar en ciertas situaciones puede ser una forma legítima de protegerse. El problema aparece cuando el miedo se mantiene intenso incluso en relaciones respetuosas e impide construir los vínculos que se desean. Por eso, no conviene dar por hecho que toda dificultad emocional esconde un origen en la niñez.

Reconstruir la confianza poco a poco

La confianza suele crecer de manera gradual, a través de experiencias coherentes y de relaciones en las que se respetan los límites. No hace falta revelar información íntima de inmediato para mostrarse abierto. Entre las pautas que pueden ayudar figuran comprobar si los actos de los demás se corresponden con sus palabras, compartir sentimientos progresivamente con personas fiables, distinguir los riesgos reales de las preocupaciones anticipadas, fijar límites claros sin renunciar a todas las relaciones, hablar de lo que incomoda antes de suponer malas intenciones y buscar ayuda psicológica cuando el miedo afecte a la vida diaria.

La psicoterapia puede servir para identificar los patrones aprendidos y ensayar otras formas de gestionar la cercanía, los conflictos y las inseguridades.