La reflexión de Friedrich Nietzsche sobre la sociedad moderna: «El hombre es naturalmente egoísta, y está bien que lo sea»
Neruda: "Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única"
Descartes: "Para investigar la verdad es preciso dudar de todas las cosas"
Borges: "Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida"
Friedrich Nietzsche (1844-1900) nació en Röcken, Prusia, y pasó la mayor parte de su vida entre Alemania, Suiza e Italia. Fue filólogo clásico antes que filósofo, profesor universitario a los (atento al dato) ¡24 años! y autor de algunas de las obras más polémicas de la historia del pensamiento occidental.
Entre sus títulos más célebres figuran Así habló Zaratustra, Más allá del bien y del mal y La genealogía de la moral. En estas obras, Nietzsche elaboró una crítica demoledora de la moral convencional y puso en cuestión valores que Europa daba por inamovibles desde hacía siglos.
La defensa del egoísmo en Nietzsche: qué quiso decir exactamente
La frase atribuida a Nietzsche no aparece textualmente en sus obras, pero sí resume con exactitud una idea central de Más allá del bien y del mal (1886), donde escribió: «A riesgo de escandalizar los oídos inocentes, doy por hecho que el egoísmo pertenece a la esencia de las almas nobles».
Con ello, Nietzsche no estaba defendiendo la codicia vulgar ni el aprovechamiento del prójimo. Para él, el egoísmo del alma noble es la voluntad de desarrollarse plenamente, de afirmar la propia vida sin someterla a normas ajenas. Lo llama, en la misma obra, «la ley primordial de las cosas» y «la justicia misma».
Detrás de esta idea está el concepto del superhombre (Übermensch): el individuo que crea sus propios valores en lugar de seguir los impuestos por la religión, la costumbre o la moral del entorno.
Napoleón, Leonardo da Vinci y Goethe eran para Nietzsche los ejemplos históricos más cercanos a ese ideal de autorrealización.
La moral del rebaño y la crítica de Nietzsche al altruismo
Para entender la postura de Nietzsche, es necesario conocer su concepto de «moral del rebaño» (Herdenmoral). Con este término describió los valores dominantes en Occidente. Por ejemplo, para que se comprenda mejor, la igualdad, la compasión y el sacrificio por los demás, que para él no son virtudes, sino instrumentos de los débiles para frenar a los fuertes.
En La genealogía de la moral (1887), rastreó el origen histórico de esta moral y argumentó que nació del resentimiento. Los que no pueden imponerse por su fuerza diseñan un sistema de valores que condena precisamente la fuerza, la ambición y el instinto de superación.
Fue en ese mismo contexto donde Nietzsche rechazó el altruismo como fundamento moral. Argumentó que no existe la acción genuinamente desinteresada.
Bajo cualquier acto de generosidad se esconden motivaciones propias. Aceptar esa realidad, en lugar de negarla, era para él el primer paso hacia una ética honesta.
Schopenhauer, Kant y Adam Smith: tres respuestas a Nietzsche
La postura de Nietzsche chocó de frente con la de su principal maestro intelectual. Arthur Schopenhauer, a quien el joven filósofo leyó con devoción sin igual, sostenía lo contrario. Que la compasión, y no el egoísmo, es el único fundamento legítimo de la moral.
Para Schopenhauer, solo el sufrimiento ajeno convertido en sufrimiento propio puede guiar una conducta éticamente válida. Nietzsche acabó rechazando esta visión con dureza. La tachó de pesimismo sentimental que eleva la debilidad a virtud.
Kant fue, si cabe, más radical. Su imperativo categórico exige que el individuo actúe solo según máximas que pudiera desear como ley universal, desvinculadas de cualquier interés personal. Para Kant, una acción motivada por el propio beneficio nunca es moralmente buena, aunque sus efectos sean positivos.
La postura más matizada correspondió a Adam Smith, el padre de la economía moderna. Smith no negó el egoísmo como impulso natural, pero sí argumentó que existe en los seres humanos una tendencia innata a la simpatía. La capacidad de ponerse en el lugar del otro que modera y equilibra el instinto de autopreservación.
¿Y qué más agregar? La provocación de Nietzsche, más de un siglo después, no ha encontrado una respuesta definitiva. Nombrar el egoísmo como una virtud sigue siendo, hoy como en ese entonces, la forma más segura de vaciar una sala o de llenarla.
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