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Psicología

Por qué quienes crecieron en los años 1980 y 1990 sufren la ‘falacia de la llegada’: la psicología lo explica

  • Carla Abadía Betrán
  • Carla Abadía Betrán (Huesca, 2003) periodista especializada en SEO. Actualmente, continúa ampliando sus conocimientos en marketing y tiene experiencia en medios de referencia como La Razón, además de participar en diversos proyectos en redes sociales.

Durante décadas, películas, series y anuncios transmitieron una misma idea, después de superar obstáculos y alcanzar un gran objetivo, llega la felicidad definitiva. Conseguir el trabajo soñado, encontrar el amor perfecto o cumplir una meta personal parecía el final natural de cualquier historia de éxito. No todo siempre es así; la psicología lleva años advirtiendo de que esa visión puede generar expectativas poco realistas sobre cómo funciona realmente el bienestar emocional.

¿Qué es la falacia de la llegada?

El término falacia de la llegada fue popularizado por el psicólogo y profesor de Harvard Tal Ben-Shahar para describir la creencia de que la felicidad duradera aparecerá automáticamente cuando alcancemos un determinado objetivo.

Según esta idea, muchas personas viven convencidas de que se sentirán plenamente satisfechas cuando logren un ascenso laboral, compren una vivienda, encuentren pareja o alcancen una determinada situación económica. El problema surge cuando ese momento llega y la sensación de plenitud dura mucho menos de lo esperado.

La influencia de los finales felices

Los expertos consideran que quienes crecieron durante las décadas de 1980 y 1990 estuvieron especialmente expuestos a narrativas centradas en recompensas finales. El cine familiar, las comedias románticas y buena parte de la cultura popular reforzaban la idea de que todos los problemas desaparecen una vez se alcanza la meta.

Aunque estas historias cumplen una función narrativa, pueden contribuir a crear una expectativa poco ajustada a la realidad. La vida no suele desarrollarse en capítulos cerrados ni ofrece momentos de satisfacción permanente.

La duración de la felicidad

El cerebro humano tiene una extraordinaria capacidad para acostumbrarse a los cambios, incluso cuando son muy positivos. Por eso, acontecimientos que inicialmente generan una gran alegría terminan integrándose en la rutina cotidiana. Lo que ayer parecía extraordinario acaba convirtiéndose en algo normal y deja de producir la misma intensidad emocional.

Lejos de ser un defecto, este mecanismo forma parte del funcionamiento habitual de nuestra mente y explica por qué la felicidad suele ser temporal.

El riesgo de perseguir metas equivocadas

Cuando una persona deposita todas sus expectativas en un objetivo concreto, puede experimentar frustración al descubrir que el resultado no produce el bienestar esperado. En algunos casos, incluso puede aparecer una sensación de vacío o desmotivación después de haber conseguido aquello que tanto deseaba.

Los psicólogos señalan que el problema no es tener metas, sino creer que una sola meta resolverá todas las necesidades emocionales de forma permanente.

Disfrutar del proceso

Las personas más satisfechas suelen centrar su atención no solo en los resultados, sino también en el camino que recorren para alcanzarlos. Desarrollar relaciones significativas, aprender nuevas habilidades, encontrar propósito en las actividades cotidianas y valorar los pequeños avances genera una sensación de realización más estable que perseguir únicamente grandes logros externos.

La felicidad no suele encontrarse en una línea de meta definitiva. Más bien aparece en momentos concretos a lo largo del recorrido, y aprender a reconocerlos ayuda a vivir con mayor satisfacción y menos frustración.