La psicología sugiere que las personas que no hablan en conversaciones de grupo no son retraídas, sino que están procesando información y prestando atención de forma más profunda que los que hablan mucho
Qué dice la psicología de aquellas personas que apenas hablan en reuniones familiares o de amigos
La psicología concluye que las personas de entre 55 y 75 años tienen una mayor tolerancia al silencio
Según la psicología, las personas que nacieron entre 1960 y 1970 desarrollaron una especie de resiliencia que hoy pasa desapercibida
Seguro que alguna vez has estado en una comida con la familia, o en una reunión de trabajo o en una charla con amigos y hay quien no para de hablar, pero también está esa persona, que puede ser tú mismo, que no suele hablar nada, o que de hecho, se pasa el rato escuchando. Puede que de ella se piense que es alguien demasiado tímido y retraído, pero la psicología explica que este tipo de personas suelen mantener el silencio cuando hay más personas porque para ellos es un modo más profundo de prestar atención.
Sin embargo, el efecto que se da o que se transmite es el de la timidez o que si la persona no habla, es porque no está dentro de la conversación, como si estuvieras a otra cosa o simplemente no tuvieras interés. Pero la realidad no siempre es tan simple. De hecho, cada vez más estudios apuntan a lo mencionado, a que muchas de esas personas no están desconectadas, sino justo al revés ya que están procesando todo lo que ocurre con más profundidad de lo que parece desde fuera. Y eso cambia bastante la forma de entender ese silencio.
La psicología explica el porqué de las personas que no hablan en conversaciones de grupo
Hay una diferencia clara en cómo reaccionamos cuando alguien habla. Algunos responden al momento, casi sin pensarlo, como si la conversación fuera una cadena en la que todo tiene que fluir rápido. Otros, en cambio, necesitan unos segundos más, o incluso algo más de tiempo.
De este modo, mientras la conversación sigue avanzando, esa persona está dándole vueltas a lo que se ha dicho, intentando entender bien el contexto, valorando si tiene sentido o no, pensando qué hay detrás de ese comentario y, sobre todo, qué merece la pena aportar. No se trata de decir algo por decir, sino de que tenga cierto peso.
El problema es que, cuando llega a una conclusión, el grupo ya ha cambiado de tema. Y claro, desde fuera parece que no ha participado, pero no es falta de interés sino que va a otro ritmo, y este no siempre encaja con conversaciones rápidas o con grupos donde todo el mundo compite por hablar primero.
El cerebro no funciona igual en todos los casos
Algunos estudios llevan años señalando que existen diferencias reales en cómo procesa la información el cerebro. Investigaciones publicadas en el American Journal of Psychiatry ya observaron que las personas más introvertidas presentan mayor actividad en zonas relacionadas con el análisis interno, la planificación y la toma de decisiones.
Más adelante, otros trabajos, como los recogidos en el Journal of Neuroscience por investigadores de Harvard, apuntaron a que este tipo de perfil suele tener más materia gris en áreas vinculadas al pensamiento abstracto, es decir, que no reaccionan menos, reaccionan de otra forma. Y muchas veces más despacio porque están filtrando más información antes de decir nada.
No es falta de ideas sino que es selección.
Sin embargo la sociedad actual va muy rápida y quien habla primero suele marcar la conversación o por ejemplo en un grupo de WhatsApp, si tardas en responder, parece que no estás y redes sociales, lo que cuenta es la reacción inmediata. De este modo, poco a poco se ha ido instalando la idea de que quien responde rápido es más seguro, más resolutivo o incluso más inteligente. Y eso no siempre es verdad. Pero en ese contexto, quien necesita unos segundos para pensar pierde sitio sin querer. No porque no tenga nada que aportar, sino porque el momento ya ha pasado.
Mientras unos hablan, otros están viendo más cosas
Esto es algo que suele pasar desapercibido, pero es bastante revelador. Mientras hay gente que encadena intervenciones, la persona que está callada muchas veces está captando detalles que otros ni notan. No sólo escucha lo que se dice, también cómo se dice. Detecta cambios de tono, pequeños silencios incómodos, comentarios que han pasado por encima sin que nadie los recoja. También suele fijarse en quién interrumpe, quién evita ciertos temas o qué ideas se quedan a medio desarrollar porque la conversación ha ido demasiado deprisa.
De hecho, si luego hablas con esa persona a solas, muchas veces te sorprende. Ha entendido mejor lo que ha pasado que quienes llevaban la voz cantante. Tiene una visión más completa, más ordenada y, en muchos casos, más útil.
En conclusión, no hablar mucho en grupo no es un fallo que haya que corregir sí o sí. Simplemente es otra forma de funcionar. Hay personas que brillan en conversaciones rápidas, que piensan mientras hablan y se sienten cómodas en ese ritmo. Y otras que necesitan parar, ordenar ideas y responder cuando lo tienen claro.
También influye el contexto. En una conversación uno a uno, en un entorno más tranquilo o incluso escribiendo, ese perfil suele expresarse mucho mejor. No es que participe menos, es que lo hace en otro formato. El problema viene cuando sólo se valora una forma de participar, la más visible o la más inmediata.
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