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Psicología

La psicología ha llegado a la conclusión de que las personas de entre 55 y 75 años tienen una mayor tolerancia al silencio en comparación con las generaciones posteriores

  • Laura Mesonero
  • Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.

En un mundo donde el silencio es más bien escaso y el ruido lo llena todo, los momentos de calma parecen haberse convertido en una excepción. Las notificaciones del móvil, los vídeos constantes, la música de fondo y la necesidad de estar siempre conectados han cambiado la forma en la que muchas personas se relacionan con los momentos de calma. Sin embargo, hay una generación que parece vivir el silencio de una manera completamente diferente.  

La psicología ha observado que las personas de entre 55 y 75 años suelen mostrar una mayor tolerancia hacia el silencio que las generaciones más jóvenes. No se trata únicamente de una cuestión de personalidad, sino también del mundo en el que crecieron.

Quienes nacieron entre las décadas de 1950 y 1970 vivieron una infancia en la que los estímulos eran muy distintos: no existían los móviles, ni las redes sociales ni el flujo constante de información que hoy protagonizan nuestro día a día.

Para ellos, el silencio no era una ausencia incómoda que había que llenar, sino una parte más del día. Las tardes sin pantallas, los trayectos sin auriculares y los momentos sin ruido de fondo formaban parte de la rutina. Y esa relación con la calma parece haber dejado una huella profunda en su manera de entender el descanso y la tranquilidad.

Un cerebro acostumbrado a la calma

Los expertos explican que el sistema nervioso se adapta al entorno en el que una persona crece. Durante la infancia, el cerebro aprende qué cantidad de estímulos considera normal y segura. Por eso, quienes desarrollaron sus primeros años de vida en ambientes menos saturados de sonidos y estímulos digitales construyeron una relación diferente con la ausencia de ruido.

Para esta generación, estar en silencio no significa que falte algo. Al contrario, puede ser interpretado como un estado de descanso, reflexión y bienestar. Un momento en el que la mente puede organizar pensamientos sin la necesidad constante de reaccionar ante estímulos externos.

La diferencia con generaciones más jóvenes es evidente. Muchos niños y adolescentes actuales han crecido rodeados de pantallas, vídeos, música y avisos constantes. Su cerebro se ha acostumbrado a recibir información de manera continua, por lo que cuando llega el silencio puede aparecer una sensación extraña, como si algo estuviera incompleto.

El silencio también tiene beneficios para la mente

La ciencia lleva años estudiando qué ocurre en el cerebro cuando desaparecen los estímulos externos. Los periodos de calma favorecen procesos relacionados con la memoria, la concentración y la regulación emocional.

Durante los momentos de silencio, el cerebro puede activar mecanismos asociados con la reflexión interna, la creatividad y el procesamiento de experiencias. Además, reducir la exposición continua al ruido puede ayudar a disminuir los niveles de estrés y favorecer una mayor capacidad de atención.

No es casualidad que muchas prácticas relacionadas con el bienestar, como la meditación o ciertos ejercicios de relajación, tengan precisamente el silencio como uno de sus elementos principales. 

¿Por qué a algunas personas les cuesta tanto estar en silencio?

La psicología habla de una mayor dificultad para tolerar la baja estimulación en personas acostumbradas a recibir recompensas inmediatas y constantes. El teléfono móvil, las redes sociales o el entretenimiento continuo ofrecen pequeños estímulos que mantienen al cerebro activo.

Cuando estos desaparecen, algunas personas sienten inquietud y buscan rápidamente algo que ocupe ese espacio: encender la televisión, poner música o revisar el teléfono. No es necesariamente una elección consciente, sino una respuesta aprendida tras años de exposición a ese tipo de estímulos.

Una herencia de otra época

La relación con el silencio de las personas de entre 55 y 75 años no significa que una generación sea mejor que otra, sino que demuestra cómo el contexto puede moldear la forma en la que funciona nuestro cerebro.

Quienes crecieron antes de la era digital no tuvieron que aprender a disfrutar de la calma: simplemente formaba parte de su vida. Hoy, en cambio, muchas personas buscan recuperar ese equilibrio a través de pausas voluntarias, momentos sin tecnología y espacios de desconexión.

El silencio, que durante mucho tiempo fue algo cotidiano, se ha convertido en una herramienta cada vez más valorada para cuidar la salud mental. Y quizá la generación que creció sin notificaciones tenga algo importante que recordar al resto: que no siempre es necesario llenar cada momento, porque a veces la tranquilidad también habla.