La lección magistral de Diógenes de Sínope, filósofo clásico griego, a Alejandro Magno: «Solo quiero pedirte que te apartes del Sol»
Platón: "La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo"
Heráclito de Éfeso: "Estamos más cerca de nosotros mismos cuando alcanzamos la seriedad del niño al jugar"
Homero en la Ilíada: "Los hombres se cansan antes de dormir, de amar, de cantar y de bailar que de hacer la guerra"
El filósofo griego Diógenes de Sínope no tenía casa, ni bienes, ni cargo público. Vivía en una tinaja de barro en la plaza de Corinto, ajeno a las normas que regían la vida del resto de los ciudadanos. Aquel pensador, tan pobre como libre, fue precisamente quien protagonizó uno de los cruces de palabras más recordados de la Antigüedad.
Su fama de excéntrico ya recorría toda Grecia cuando, un día cualquiera, el ejército de Alejandro Magno entró en la ciudad camino de nuevas conquistas. El joven rey, curioso por conocer al único hombre que no había salido a rendirle pleitesía junto al resto de la población, se plantó frente a él y le hizo una oferta que pocos mortales habrían rechazado.
¿Qué le pidió Diógenes de Sínope a Alejandro Magno cuando este le ofreció cualquier cosa?
La escena, recogida por el Museo Larreta de Buenos Aires, fue tan sencilla como demoledora. Alejandro se acercó a la tinaja donde descansaba el filósofo y le dijo: «Pídeme lo que tú quieras, puedo darte cualquier cosa que desees».
Diógenes, sin levantarse ni mostrar el menor asombro, respondió con una sola frase: «Solo quiero pedirte que te apartes del Sol».
Como uno se podrá imaginar de antemano, la petición no tenía nada que ver con el oro ni con el poder: Diógenes solo pedía que el conquistador dejara de bloquear la luz que le calentaba la piel.
Aquella respuesta impresionó tanto a Alejandro que, según recoge la misma fuente, llegó a admitir: «Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes». Esto nos deja la fuerte imagen del emperador más poderoso de su tiempo, superado en ingenio por un hombre sin nada.
Sobre Diógenes de Sínope: el filósofo que decidió no necesitar nada
Antes de convertirse en leyenda, Diógenes de Sínope tuvo una vida marcada por el escándalo. Nació hacia el año 412 antes de Cristo en Sínope, una ciudad del Mar Negro, y tuvo que huir a Atenas después de que su padre fuera encarcelado por falsificar moneda.
Allí, desposeído de todo, empezó a frecuentar los círculos filosóficos de Antístenes, discípulo de Sócrates y fundador de la escuela cínica.
Aquella corriente defendía la autarquía (la autosuficiencia personal) y la ataraxia (la ausencia de perturbación) como caminos hacia la felicidad, por encima de cualquier convención social.
Diógenes llevó esos principios al extremo: vivía en una tinaja, caminaba descalzo, comía lo que le ofrecían los vecinos y dormía en los pórticos de los templos, sin propiedad alguna que defender.
A su vez, aquella independencia radical también lo llevó a rechazar las fronteras.
Cuando le preguntaban de dónde era, respondía que no pertenecía a ninguna ciudad ni a ningún pueblo concreto, sino que era «ciudadano del mundo», una expresión que convirtió a Diógenes de Sínope en el primer referente del cosmopolitismo, siglos antes de que la palabra existiera como concepto político.
La lección que sigue incomodando dos mil años después
Lo más revelador de aquel encuentro no está en lo que Diógenes pidió, sino en lo que no pidió. Tenía delante al hombre que dominaba medio mundo conocido y ni se molestó en levantarse.
No buscaba oro, ni tierras, ni protección: ya tenía lo único que de verdad necesitaba, y por eso nada de lo que Alejandro podía ofrecer significaba una mejora real en su vida.
Desde luego, la escena resulta incómoda precisamente porque invierte el orden habitual de las cosas: quien tenía el ejército, el oro y los territorios salió de aquel encuentro sintiéndose inferior.
En una sociedad que mide el éxito por lo que se acumula, la actitud de Diógenes de Sínope recuerda que la independencia real empieza el día en que deja de necesitarse aprobación, ni siquiera la de un rey.
Buscar un hombre con una linterna en pleno día: la otra gran anécdota de Diógenes de Sínope
El episodio con Alejandro Magno no fue el único que marcó la leyenda de Diógenes de Sínope. Se cuenta que paseaba de día por las calles de Atenas con una lámpara encendida en la mano, como si buscara algo en plena claridad.
Cuando los curiosos le preguntaban qué buscaba, respondía con una frase que resumía su desprecio por la hipocresía de la época: «Busco un hombre».
Aquella mordacidad quedó también en otro cruce con el propio Alejandro. Cuando el rey se presentó diciendo «Soy el gran rey Alejandro», Diógenes respondió sin inmutarse: «Y yo, el perro Diógenes».
Recordemos que el nombre «Diógenes de Sinope» se asocia directamente con el perro porque él mismo adoptó ese animal como símbolo de su vida.
En la misma línea, Diógenes fue el máximo representante de la escuela cínica, una palabra que proviene del griego kynikós y significa literalmente «perruno».
Porque, como ya se dejó en claro, el filósofo eligió vivir en la calle y sin posesiones porque admiraba la honestidad natural de los perros, quienes viven de forma simple, son fieles a sus amigos y ladran sin hipocresía ante las falsas normas de la sociedad.
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