Curiosidades
FRASES PARA REFLEXIONAR

La importante reflexión de Haruki Murakami, escritor: «El odio es una sombra negra y alargada. En muchos casos, ni siquiera quien lo siente sabe de dónde le viene»

Haruki Murakami es uno de los escritores más leídos del mundo. El japonés autor de Norwegian Wood, Kafka en la orilla o 1Q84 lleva décadas construyendo una obra en la que las emociones humanas más difíciles de nombrar encuentran palabras precisas y sorprendentemente exactas. Su escritura tiene la capacidad de decir en una sola frase lo que otros necesitan páginas para rodear sin llegar a tocar. Una de sus reflexiones más poderosas sobre las emociones humanas lo demuestra con claridad: «El odio es una sombra negra y alargada. En muchos casos, ni siquiera quien lo siente sabe de dónde le viene».

Dos frases. Y sin embargo, hay dentro de ellas suficiente verdad como para sostener una conversación muy larga.

Una imagen que lo explica todo

La metáfora que elige Murakami no es casual. Una sombra tiene características muy específicas que la hacen especialmente adecuada para describir el odio. Es oscura, se proyecta lejos del objeto que la genera, cambia de forma y tamaño según la luz y la hora del día, y siempre acompaña a quien la proyecta aunque este no la mire. No se puede coger ni destruir directamente. Solo desaparece cuando cambia la luz.

El odio funciona de manera parecida. Se extiende más allá de su origen, distorsiona la percepción de todo lo que toca y acompaña al que lo siente aunque este intente ignorarlo. Y como una sombra, su tamaño no siempre corresponde al tamaño real del objeto que lo provoca. Una pequeña ofensa puede proyectar un odio desproporcionado. Una herida antigua puede alargar una sombra que oscurece el presente mucho tiempo después de que la causa original haya desaparecido.

Lo que ni siquiera quien lo siente sabe

La segunda parte de la frase es la más reveladora. Murakami no se limita a describir el odio desde fuera, como algo que se observa en los demás. Lo lleva al interior de quien lo experimenta y señala algo que resulta incómodo de reconocer: en muchos casos, la persona que odia no sabe realmente por qué lo hace.

La psicología lleva décadas estudiando este fenómeno. El odio raramente es una respuesta directa y proporcional a una causa concreta. Con más frecuencia es el resultado de capas acumuladas de experiencias, frustraciones, miedos y heridas que no han sido procesadas. Se proyecta sobre personas o grupos que se convierten en el receptáculo de algo que en realidad tiene un origen mucho más personal y mucho más antiguo.

El que odia a un colega puede estar odiando en realidad a alguien de su infancia. El que odia a un grupo puede estar canalizando una inseguridad profunda sobre su propia identidad. El que siente un odio que no puede justificar con argumentos racionales es, con frecuencia, alguien que no ha mirado todavía con suficiente honestidad hacia adentro.

Por qué Murakami lo entiende tan bien

La obra de Murakami está poblada de personajes que caminan sobre capas de emoción que ellos mismos no comprenden del todo. Sus protagonistas sienten cosas que no saben nombrar, buscan respuestas a preguntas que no saben formular y se mueven a través de un mundo interior que es tan real como el exterior pero mucho más difícil de cartografiar.

Esa sensibilidad especial hacia lo que ocurre debajo de la superficie de las emociones es lo que hace que una frase como esta tenga el peso que tiene. No es un aforismo construido para sonar bien. Es la destilación de una forma de mirar a los seres humanos que Murakami ha practicado durante décadas a través de sus personajes y su escritura.

Una reflexión que invita a mirarse

Lo más valioso de esta frase no es lo que dice sobre el odio ajeno, sino lo que invita a hacer con el propio. Si ni siquiera quien lo siente sabe de dónde le viene, la respuesta no puede ser simplemente ignorarlo o justificarlo. Tiene que ser algo más parecido a la curiosidad honesta: preguntarse qué hay detrás, rastrear la sombra hasta encontrar el objeto que la proyecta.

No es un proceso cómodo. Pero es, según toda la evidencia disponible, el único que funciona. Las sombras no desaparecen mirando hacia otro lado. Desaparecen cuando cambia la luz desde la que se proyectan.