Ana Aznar, psicóloga: «Un niño que crece sin normas es un niño desprotegido»
"La falta de límites no genera niños más libres, sino más inseguros"
Educar a un hijo se ha convertido para muchos padres en una experiencia atravesada por la culpa, la presión y la sensación constante de no estar haciéndolo suficientemente bien. Frente a una época saturada de consejos, influencers y modelos imposibles de perfección doméstica y emocional, Ana Aznar plantea una idea profundamente liberadora: educar bien no consiste en decir a todo que sí, sino también en saber decir que no. De hecho, aunque lloren, protesten o den un portazo, oír «no», tener horarios y reconocer una estructura les da algo más profundo que libertad: les da seguridad.
La doctora en Psicología y profesora universitaria ha expuesto en El Foco algunas de las claves centrales de su libro Educar también es decir no, una reflexión sobre los límites, la autoridad, la sobreprotección y la necesidad de devolver a la crianza algo de sentido común. Su punto de partida es claro: demasiada información no siempre ayuda. A veces, desorienta.
«Tanta información puede ser mala», advirtió. A su juicio, estar informado ayuda a criar con más seguridad, pero no toda voz merece el mismo crédito. «Hay voces con autoridad de psicólogos, expertos, pediatras y luego hay otras voces como las influencers… que están muy bien, pero hay que tomarlas como anécdotas, como experiencias, pero no como voces con autoridad».
En un momento en que las redes sociales han convertido la crianza en un escaparate de vidas aparentemente impecables, Ana Aznar es tajante al advertir del daño que pueden hacer ciertos mensajes. «Hay mucha barbaridad», dice sin rodeos. Y explica que parte de su trabajo en redes consiste precisamente en «desmentir bulos». Uno de los ejemplos que menciona resume bien el clima de la época: «No es porque echan de menos a su madre, es porque echan de menos el iPad». Su respuesta es inmediata: «No podemos culpar de todo a las pantallas».
El núcleo de su planteamiento está en los límites. El título del libro no es una provocación, sino una defensa de la autoridad bien entendida. «Los niños necesitan límites», afirma. Y los define de una manera muy gráfica: «Los límites son la estructura que tú le pones a un niño para que el niño en esas estructuras pueda crecer seguro».
En su visión, un niño sin normas puede parecer más libre durante un tiempo. En realidad, está más solo. La ausencia de límites no ensancha su mundo: lo desordena. Más aún: puede acabar formando adultos incapaces de habitar la realidad cuando esta no se adapta a sus deseos. «Los niños y adultos que no han oído nunca el no, que no les han puesto límites, son gente que al final tienen problemas para autorregularse». Y recuerda algo esencial: la autorregulación no es una habilidad secundaria, sino una de las grandes bases de la vida adulta. «La gente que no sabe autorregularse tiene más problemas en la vida, problemas de relaciones, problemas en el trabajo, problemas consigo mismo».
No es una intuición aislada. La gran psicóloga del desarrollo Diana Baumrind ya mostró hace décadas que los mejores resultados no suelen darse ni en la rigidez autoritaria ni en la permisividad, sino en un modelo que combina afecto, exigencia y límites claros. Más tarde, autores como Laurence Steinberg reforzaron esa idea: la autoridad bien entendida no asfixia al niño, le da estructura. Por eso, uno de los grandes errores de esta época es intentar evitar a los hijos toda frustración. La intención nace del amor, pero el resultado puede ser profundamente contraproducente. «Intentar que nuestros hijos no sufran está muy bien, nace del amor, pero les tenemos que dejar que se equivoquen, que fracasen, que se frustren». La clave no es suprimir el dolor, sino acompañarlo.
Aznar defiende también algo que hoy suele resultar antipático: el aburrimiento no es un enemigo, sino una necesidad. «Fundamental», respondió cuando se le preguntó si está bien que los niños se aburran. En una infancia hiperprogramada entre colegio, extraescolares y pantallas, reivindicó el valor del juego y del tiempo no dirigido. «El niño tiene que aburrirse y el niño tiene que aprender a jugar solo». Y fue aún más lejos: «El juego se definió como el trabajo del niño».
Su crítica a la sobreintervención de muchos padres es especialmente lúcida al hablar de los llamados padres «carpinteros» y padres «jardineros». Los primeros intentan tallar al hijo según una idea preconcebida; los segundos acompañan su crecimiento sin invadirlo. Para ella, el problema aparece cuando los padres dejan de acompañar para empezar a dirigir la vida del niño. «Todo lo que el niño pueda hacer solo, no te metas, déjale que lo haga, porque al final si lo que le estás diciendo es tú no eres capaz».
En esa misma línea, desmonta una de las frases más repetidas de la crianza contemporánea: que los hijos son nuestros amigos. «Los padres tienen que ejercer como padres». En su opinión, confundir cercanía con renuncia a la autoridad deja al niño desprotegido. «Un niño que crece sin normas y sin padres es un niño desprotegido».
La entrevista también aborda la delicada cuestión del divorcio y los conflictos familiares. Su enfoque evita tanto el dramatismo fácil como el simplismo. «El divorcio en sí mismo no es malo para el niño. Lo que es malo para el niño es el conflicto entre los padres». Incluso el conflicto puede ser útil si se gestiona bien, porque enseña al niño algo real sobre la vida.
Otro de los momentos más sólidos de la conversación llega al hablar de la infancia difícil. Frente a las visiones deterministas, Ana Aznar dejó una de las reflexiones más esperanzadoras de la entrevista: «La infancia no determina la vida». Influye, sí, pero no condena. En esa tarea de compensar, recordó, otros adultos pueden ser decisivos: abuelos, profesores, familiares, referentes.
Su mensaje final es probablemente el más importante de toda la entrevista, precisamente porque desmonta la obsesión de esta época: la perfección. «Que se olviden perfectos». La razón es simple. Educar no consiste en no equivocarse jamás, sino en construir una relación sólida, estable y honesta. Una relación en la que también cabe pedir perdón. «Cuando te equivocas, reparas y le enseñas». Porque, al final, lo que de verdad sostiene a un niño no es la perfección de sus padres —que no existe—, sino algo más humilde y más difícil: «una relación sólida con él». Y esa relación, concluyó, «se consigue con amor y límites».
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